El reflejo de Oriente. El espejo Makyo Segunda generación #3
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Segunda generación #3

Hablan de los fondos antiguos de Intramuros.

Hay pérdidas documentadas; una historia de la Catedral refiere la de papeles guardados en la sala capitular durante el terremoto del treinta de noviembre de 1645.

El hombre le indica esa referencia y Kavi copia el título para consultarlo.

Pero nadie le ha demostrado que el libro que pregunta de Dilao estuviera en aquella sala.

La guerra de 1945, que aparece tantas veces en sus lecturas, tampoco le permite reunir todos los papeles de la ciudad en un solo incendio.

La respuesta no le proporciona el lugar siguiente al que ir.

Lo acepta peor de lo que deja ver. Ha conseguido retroceder hasta una mujer nacida en 1815 y ya siente la impaciencia de querer atravesar el espacio que la separa de las fechas más antiguas de su cuaderno.

Da las gracias. Antes de salir comprueba que no haya dejado ninguna ficha bajo el apoyo.

En la calle vuelve a ponerse la mochila.

La correa ha quedado retorcida y tarda varios pasos en comprender por qué le roza.

Cuando la endereza, levanta la vista hacia el hueco de cielo que dejan dos fachadas y permanece un momento allí, sin buscar el teléfono.

Las nubes tienen bordes blancos sobre un fondo que empieza a cerrarse; todavía queda sol en la parte alta de una pared y, debajo, las ventanas se han vuelto más oscuras, como si alguien hubiera reducido la luz desde dentro.

Un vehículo pequeño se detiene para descargar.

El hombre que espera en la puerta recoge una caja, retrocede y deja sitio al siguiente, y Kavi se mueve con ellos unos metros, de estorbo en estorbo, hasta encontrar un tramo de acera donde puede seguir sin pedir disculpas.

Tiene sed. La boca sabe a la misma agua tibia de la mañana.

Le sorprende sentirse bien dentro de aquel cansancio.

Los nombres que lleva en el cuaderno no han hecho la ciudad más suya: ni entiende las conversaciones al pasar ni sabe todavía dónde tomar un vehículo sin equivocarse de dirección.

Pero ha estado cerca de algo durante unas horas, lo bastante cerca para advertir cómo dos personas respondían de otra con recuerdos distintos, y esa proximidad lo acompaña mientras busca una botella fría.

Al abrirla, el plástico cede bajo la presión de sus dedos; bebe con los ojos cerrados y no piensa en las declaraciones hasta que termina.

En el alojamiento abre la ventana hasta donde permite el pestillo.

Le llega el olor de una cocina, después el ruido de un motor que permanece encendido sin que pueda ver el vehículo.

El edificio de enfrente tiene balcones cerrados de maneras distintas: en uno hay cajas, en otro ropa colgada detrás de una malla; un paño azul se hincha con el aire y vuelve a pegarse a la barandilla, dejando entrever cada vez un interior más oscuro.

Kavi se quita los zapatos. La franja de piel comprimida por el calcetín tarda en perder su relieve.

Deja la llave junto a las monedas y enciende la lámpara de la mesa.

El interruptor se esconde detrás de la pantalla, pero ya lo encuentra sin inclinarse; también sabe qué lado de la silla conviene evitar porque engancha el bolsillo del pantalón.

El cuarto va adquiriendo una distribución que no eligió al llegar.

Le produce una ternura inesperada esa vida provisional suya, capaz de hacerse habitual en menos de una semana, y enseguida piensa en el jueves, en tener que recogerlo todo cuando por fin ha dejado de abrir el cajón equivocado.

Apaga la luz del techo. La ventana gana profundidad y por unos segundos puede ver la habitación ajena donde se mueve el paño azul.

Llama a Elena. Le cuenta el documento y tiene que empezar de nuevo porque ha dicho Dominga antes de mencionar el matrimonio de 1836. Ella lo deja corregirse.

—Has encontrado a alguien más —dice después.

—A dos personas hablando de alguien más.

—Eso también.

Kavi se ríe, esta vez sin demora. Le pregunta si ha comido.

Elena dice que sí y le devuelve la pregunta; él mira el envoltorio de la bolsa, que acaba de sacar de la mochila, y reconoce que tiene hambre otra vez.

Durante un momento la conversación puede seguir sin que ninguno aporte una prueba.

Le gusta oírla tan cerca, y le cuesta despedirse aunque sabe que podrá volver a llamar.

Quisiera estar al otro lado de la mesa, dejar que ella tomara una hoja y ver qué línea escogía primero.

Después comprueba la referencia sobre la Catedral.

Registra la pérdida de 1645 con el conjunto al que se refiere y la fuente que permite fecharla.

Conserva aparte la búsqueda de Dilao. No arrastra una relación entre ambas para cerrar el espacio de la pantalla.

El trabajo queda menos simétrico; al levantarse, todavía se vuelve para mirarlo.

Sale sin la carpeta. En Binondo, al pasar por una tienda de especias, le vuelve Trương Định, la calle de Saigón que ha recorrido tantas veces en las conversaciones de su familia.

Busca durante unos minutos una entrada que se parezca a la del templo que le describían.

No la encuentra por estas calles. En la tienda alguien habla desde el fondo en una lengua que Kavi no reconoce.

Se queda junto a los sacos, respirando el olor cálido de las semillas, mientras una mujer termina de doblar la boca de una bolsa.