El reflejo de Oriente. El espejo Makyo Segunda generación #2
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Segunda generación #2

La búsqueda nominal remitió de Yap a Gatmaitan.

Sobre el mostrador apareció una copia de la hoja del índice: el apellido nuevo, la referencia de un procedimiento de 1905 ante la Court of Land Registration, una finca en Bulacán.

Más abajo, una anotación remitía a una resolución de 1936.

Kavi siguió la columna con los ojos hasta asegurarse de que las dos fechas pertenecían a la misma entrada.

Aún debían localizar el expediente al que remitían; esa hoja no bastaba para tenerlo preparado.

—¿Puedo ver la resolución?

La mujer le indicó lo que debía solicitar. Él miró el calendario del teléfono.

—Me voy el jueves.

Ella esperó. Kavi volvió a mirar el papel; decir cuándo se iba no había acortado el trámite.

Pidió permiso para fotografiar la copia del índice.

La mujer apartó otra hoja antes de asentir.

Kavi encuadró la página entera, comprobó que se leyera el margen y tomó una segunda imagen porque en la primera su sombra cruzaba la referencia.

Salió con aquella fotografía y la petición registrada.

No sabía quién había obtenido la finca, quién la había perdido ni por qué la anotación final estaba separada de la primera por treinta y un años.

Tampoco sabía todavía si el apellido lo llevaba hasta las personas que buscaba.

De regreso escribió a Elena que había una pista de tierras en Bulacán. Borró «de la familia» antes de enviar el mensaje. No volvió a añadirlo.

Este martes, al salir de Santo Tomás, compra agua y algo de comer antes de dirigirse a Intramuros.

Cuenta las monedas en la mano; una cae entre sus zapatos y tiene que agacharse mientras el vendedor sostiene la bolsa.

Come sin abrir el cuaderno. La segunda mitad le sabe mejor, cuando ha dejado de calcular cuánto tardará en llegar.

Lleva en una carpeta la carta al archivero y la autorización para consultar unas informaciones matrimoniales concretas.

Ha releído las condiciones. No le gusta admitir cuánto teme que, después de tantos mensajes, aparezca en el mostrador una diferencia mínima entre lo pedido y lo autorizado.

La inquietud no procede del archivo: la reconoce de otras mañanas en que un viaje entero dependía de que dos personas hubieran entendido igual una frase.

En Intramuros camina el último tramo. Los muros interrumpen la vista y vuelven a abrirla en esquinas donde la luz ocupa casi toda la calle; junto a una fachada hay una humedad oscura, confinada a la zona baja, y encima el revestimiento se aclara hasta confundirse con el resplandor que viene del cielo.

Kavi busca la sombra sin pegarse demasiado a las puertas.

Ve una persiana entreabierta, el cable que entra por un agujero sin rematar, unas plantas puestas donde recibirán agua cuando llueva; más allá, la piedra de una cornisa retiene en sus huecos una suciedad antigua que no llega a borrar el dibujo.

Las superficies le resultan próximas y extrañas a la vez.

Conoce el modo en que la luz resbala por una pared encalada de Sevilla, pero aquí la claridad parece llegar también desde el suelo, y al alzar la cabeza siente el calor por debajo de la mandíbula.

Al entrar en el Archivo Arzobispal, en la calle Arzobispo, entrega la carta.

El hombre que lo recibe coteja su nombre y el permiso, le señala dónde dejar las cosas y le recuerda que no puede hacer fotografías.

Kavi lleva el lápiz. No discute la restricción ni confunde la consulta concedida con permiso para llevarse imágenes de todo lo que vea.

El cuadernillo de 1836 es menos grueso de lo que esperaba.

El papel sellado presenta una rigidez desigual junto a los bordes; algunas hojas quieren quedarse levantadas cuando pasa a la siguiente.

Hay tinta oscura en los trazos anchos, un tono más pardo donde la pluma descargó poco, y firmas que cambian el tamaño de la escritura sin cambiar la solemnidad de las frases.

Kavi deja que la hoja se asiente sobre el apoyo.

En la última página distingue el sello del provisorato.

Domingo Yap y Ambrosia de la Cruz.

La pareja que el expediente de 1880 nombra como padres de Rosario.

Tiene que leer las declaraciones, no limitarse a alegrarse por el encuentro de los nombres.

Empieza a copiar y a los pocos renglones vuelve al principio: se ha saltado una palabra de la fórmula.

La añade, aparta un poco el cuaderno y continúa más despacio.

Información matrimonial, 1836. Domingo Yap y Ambrosia de la Cruz.

Fragmentos de las declaraciones copiados por Kavi.

Mariano Tuazon declara que conoce a los pretendientes y a Dominga de la Cruz, madre de la referida Ambrosia; que ésta nació el año de mil ochocientos quince y que la ha conocido desde niña. Preguntado por impedimento de parentesco entre los que pretenden casarse, dice que no sabe de él.

Mariano Tuazon. Rúbrica.

Teresa de los Santos declara que conoce a Ambrosia de la Cruz, hija de Dominga de la Cruz, y que la ha tratado en Tondo en casa de su madre y después en Binondo; que lo declarado lo sabe por el trato que con ellas ha tenido. Dijo no saber firmar e hizo una cruz.

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La cruz ocupa menos espacio que el nombre que otra mano escribió para Teresa.

Kavi se detiene en la frase «en casa de su madre».

No trae calle ni número, tampoco la edad en que empezó aquel trato; aun así, durante unos segundos puede imaginar una proximidad que las casillas de las listas no le habían dado: alguien que sabe dónde encontrar a otra persona sin tener que solicitarla.

Se obliga a volver al texto antes de concederles una habitación.

Las declaraciones no son idénticas. Mariano precisa el año; Teresa sostiene la relación entre las dos mujeres.

Kavi conserva quién dice cada cosa, también la distancia entre conocer a una niña y certificar un nacimiento.

El año de 1815 queda unido a Ambrosia con la voz de un testigo.

No ha aparecido un libro bautismal debajo del cuadernillo.

Pasa las hojas restantes. Se pregunta por las conversaciones que precedieron a la comparecencia, por el trabajo que alguien tuvo que dejar para venir a declarar; las preguntas sobre impedimentos continúan sin recoger nada de eso.

Tampoco encuentra aquí las cantidades que Domingo gastó para celebrar el matrimonio.

Hay nombres y fórmulas suficientes para seguir una línea materna una generación atrás.

El dinero que ha visto esta mañana, tan meticulosamente distribuido entre los contribuyentes, no comparece en los fragmentos que está copiando.

Kavi siente una alegría que lo obliga a detenerse.

Desde Rosario puede llegar a Ambrosia, y de Ambrosia a Dominga; no por la semejanza de los apellidos ni porque una historia resulte convincente, sino por personas que las nombraron una en relación con otra.

Lo cuenta con los dedos bajo la mesa y le avergüenza un poco ese gesto de niño.

Querría llamar a Elena antes de terminar, decirle solo los nombres, sin la explicación que ya está componiendo para que ella no entienda más de lo que tiene.

No llama. Vuelve a cotejar la transcripción. En una palabra ha escrito el presente donde el testigo hablaba en pasado. La corrige y anota la página.

El archivero se acerca cuando devuelve el cuadernillo.

Kavi pregunta por libros más antiguos, por la posibilidad de retroceder desde las informaciones hasta los registros parroquiales.

El hombre le explica dónde continuar: habrá que acudir a las parroquias correspondientes y comprobar cada serie. No todo lo que busca se conserva aquí.

Kavi menciona Dilao. No ofrece un nombre nuevo, ni une a esas mujeres con el fundidor cuyo asiento conoce. El archivero le pide que separe las búsquedas.

—Una cosa es que no lo tengamos y otra que podamos decirle cuándo se perdió.