Segunda generación
La raya permanece mientras el nombre se desplaza. Kavi vuelve el mando, recupera el renglón y lo hace pasar otra vez por debajo: el trazo que parecía cancelar a una persona está en la lente del lector.
Son las nueve del martes, dos de junio. En la Biblioteca Miguel de Benavides, dentro del campus de Santo Tomás, acaba de recibir el primero de los tres rollos solicitados.
Tiene una mañana para consultarlos y una cita por la tarde en Intramuros.
La empleada se acerca cuando lo ve inclinarse demasiado.
—Mueva la imagen hacia el borde.
Él obedece. La letra sale de la raya.
—Había borrado a alguien —dice.
Ella mira la pantalla, después la lente.
—Aquí hace eso.
Kavi tarda un instante en sonreír. Ha llegado con la preocupación de no tener tiempo y ha dedicado los primeros minutos a una tachadura que no existe.
Fuera, los árboles del campus conservaban entre las hojas una claridad distinta de la de España Boulevard: más repartida, con pequeños golpes de sol en los troncos y una sombra tan movida que caminar por ella no bastaba para librarse del calor.
Había seguido un paso abierto entre edificios, dejando atrás las voces próximas a una entrada, y durante unos metros oyó sus propios zapatos sin el acompañamiento continuo de los motores.
Un muchacho transportaba una maqueta dentro de una caja que no podía cerrar; otro sostenía la puerta para que pasara y los dos discutían en voz baja, sin que ninguno soltara lo que tenía entre las manos.
Kavi se detuvo a dejarlos hacer. El cartón rozó el marco, una pieza tembló y permaneció en su sitio.
La satisfacción de aquel pequeño tránsito le duró hasta el mostrador.
Allí tuvo que mostrar la confirmación recibida.
La solicitud era suya, cursada antes del viaje, y no llevaba el nombre de ninguna institución filipina que respondiera por él; había explicado el proyecto, precisado los materiales y vuelto a contestar cuando le pidieron aclaraciones.
Ahora bastaban la identificación y el permiso concedido.
Guardó el pasaporte con un alivio que le pareció excesivo.
En Sevilla podía pasar semanas entrando en un edificio sin sentir que cada mañana le estaban admitiendo de nuevo.
El carrete lleva una etiqueta manuscrita. Una cifra está repasada; la última se vuelve contra la anterior y Kavi la comprueba antes de copiarla. Para esta consulta le han servido microfilmes. Los originales no llegarán después, como una recompensa por haber sabido leer las imágenes.
En el primer rollo encuentra cuentas de una cofradía.
Le habían parecido un rodeo al preparar la visita; ante las páginas comprende por qué le señalaron la serie.
Hay nombres repetidos, cantidades que cambian, aportaciones de una sola vez y otras que vuelven durante meses.
Una mujer ocupa un renglón entre dos hombres.
Kavi sigue las fechas esperando que una nota la sitúe en una casa o junto a alguien conocido, pero lo que aparece después de su nombre es otra cantidad.
Copia el encabezamiento y el entorno del asiento.
No puede llevársela a una familia solo porque pague cerca de ella.
Unos fotogramas están velados. El blanco empieza en el margen y avanza hasta comerse la mitad de una palabra; en la imagen siguiente conserva otra forma, un borde oblicuo que deja al descubierto precisamente lo que antes ocultaba.
Kavi intenta completar la lectura con ambas y consigue una sílaba, nada más.
Le duelen los ojos cuando cambia la distancia de la pantalla al cuaderno.
En el original habría podido buscar una sombra en el surco de la pluma, distinguir la tinta de una mancha, mover ligeramente la cabeza para ver dónde termina un doblez.
Aquí solo puede volver a pasar por el mismo blanco.
Descansa la mano sobre el muslo. El aparato continúa emitiendo un ruido tenue que solo reconoce como ruido cuando deja de avanzar la película; detrás de él, alguien pasa hojas con rapidez y se detiene, vuelve a pasarlas en sentido contrario, mientras Kavi mira la parte del renglón que conserva el nombre sin conservar la aportación.
Le gustaría saber si aquella mujer pagó mucho o poco, si dejó de pagar porque se marchó, porque murió, porque necesitó el dinero para otra cosa.
Se permite pensarlo sin escoger una respuesta.
En la imagen contigua hay una suma corregida: primero una cifra, luego otra, y la diferencia ocupa un espacio tan pequeño que puede ocultarla la sombra de su dedo.
Se aparta para verla entera. El cansancio le había hecho buscar personas como si las cantidades fueran el ruido que había que atravesar para encontrarlas.
El segundo rollo reúne listas de contribuyentes.
«Mestizo de sangley», lee en una cabecera; más adelante, «indio».
La repetición de las columnas le permite avanzar con rapidez hasta que encuentra «natural» y tiene que frenar: en ese renglón la palabra introduce un lugar.
Ha preparado un cuadro donde las tres podían acabar demasiado cerca.
Levanta el lápiz. Le molesta haber cometido un error tan cómodo.
Las casillas de su ordenador admiten una palabra sin preguntar qué hacía en la página, quién la escribió ni para qué necesitaba distinguir a esa persona de la siguiente; él ha trabajado mucho para que esas preguntas quepan también, y aun así basta una mañana de cansancio para empezar a prescindir de ellas.
Anota la cabecera completa. En la pantalla vuelve a aparecer una cantidad, después una señal de pago.
Aquel término interviene en la cuenta: no puede copiarlo como si el hombre se hubiera presentado diciendo así me llamo.
En el tercer rollo busca los padrones y las relaciones del gremio de mestizos de Binondo.
Hay una sucesión de nombres con correcciones en el margen.
Se detiene ante Yap, continúa por la línea y encuentra un nombre distinto del que esperaba.
La decepción llega antes de que termine de leer.
Comprueba el año, la vecindad, la función de la lista; luego anota al homónimo, porque haber dejado de interesarle no lo vuelve invisible.
Junto a la palabra que clasifica a aquel contribuyente pone la fecha y la referencia.
En su trabajo la categoría quedará unida a ese asiento.
Tendrá que volver al papel cada vez que quiera usarla.
Cuando aparta los ojos son casi las doce.
Lleva tres horas con la espalda inclinada y no ha encontrado una partida nueva para la familia.
Tiene, en cambio, varias páginas que le impedirán afirmar deprisa lo que había venido a averiguar.
Desearía alegrarse de eso con la misma facilidad con que lo explicaría en una memoria.
Se estira bajo la mesa, encuentra con la rodilla el borde del mueble y reprime una palabra francesa.
Guarda las notas. El teléfono se ha quedado fuera de la sala; las reproducciones que necesita se piden por el servicio. Al señalar los fotogramas duda ante uno, vuelve a mirarlo y lo incluye. Si prescinde del encabezamiento ahora, acabará necesitando regresar a él cuando ya esté lejos.
El viernes veintinueve había pasado una parte de la tarde ordenando las imágenes y las transcripciones que Elena le había enviado.
En la mesa del alojamiento, una botella dejaba un cerco húmedo que él apartaba sin secar, hasta que el agua alcanzó la esquina de una ficha.
La levantó, buscó un papel absorbente y se irritó con ella como si la ficha hubiera avanzado sola.
Rosario Yap. Domingo Yap. Ambrosia de la Cruz.
El reconocimiento de 1861 le daba a Rosario; la anotación del expediente de 1880 nombraba a sus padres, Domingo, ya difunto, y Ambrosia.
Kavi había preparado antes del viaje una consulta de documentación matrimonial, pero solo ahora podía completar los nombres.
Los envió con las fechas a partir de las cuales convenía buscar.
El lunes llegaría la autorización específica para el cuadernillo identificado, que podría ver el martes.
Para el lunes tenía, además, una gestión relacionada con las tierras y el apellido Yap.
Aquella tarde del viernes quiso levantarse cuando dejó ordenadas las imágenes y descubrió que seguía sentado, con las manos a ambos lados del ordenador.
El trabajo ya le había dado permiso para irse; no sabía por qué le costaba tanto aprovecharlo.
En Sevilla habría salido a comprar algo, habría tenido que saludar a alguien que lo reconociera, discutir consigo mismo sobre la cena.
Aquí podía permanecer hasta la noche en la habitación sin que nada lo reclamase.
Elena estaba en la misma ciudad, y precisamente por eso le pareció más difícil escribirle: una llamada desde Macao no exigía resolver lo que harían después de despedirse.
La idea le hizo sonreír con fastidio. No había cruzado medio mundo para volverse más ceremonioso. Cerró el ordenador y salió a comer.
El lunes uno de junio llegó a la sede central de la Land Registration Authority, en Quezon City, después de un trayecto que le dejó tiempo para leer dos veces sus preguntas y olvidar, al bajar, dónde había guardado el documento de identidad.
East Avenue y NIA Road se habían convertido en palabras pronunciadas al conductor; desde el vehículo había visto una anchura de calzadas, medianas interrumpidas, edificios detrás de recintos cuyo fondo no alcanzaba a distinguir.
La ciudad seguía más allá de todo lo que podía abarcar desde aquella puerta.
La camisa se le había pegado al respaldo y, al ponerse de pie, una franja de aire le enfrió la espalda.