Protocolo #3
Por primera vez desde el lunes piensa largamente en Carlos sin verlo en el retrato.
Un niño que no sabe que tiene otro hermano.
La idea le produce ternura, y la ternura, una resistencia que reconoce enseguida: le resulta mucho más fácil compadecer a quien encuentra ya colocado entre sus antepasados.
De José tiene una fecha y una escritura; de Carlos, habitaciones a las que ha ido de niña, nombres que alguien pronunciaba con un tono especial y la seguridad de que, si pregunta en su familia, habrá todavía quien quiera contarle algo.
No ha repartido ella esas diferencias. Ha vivido dentro de ellas, y el hallazgo del lunes no le permite salir de pronto y contemplarlas desde un lugar limpio.
Necesita beber. Abre la botella y el agua le sabe a la temperatura del bolso. Sigue en esa acera hasta terminar varios tragos, luego busca un sitio donde comer.
Encuentra una mesa libre cerca de una cocina.
La mujer que la atiende pregunta algo y Elena entiende que quiere saber cuántos serán; levanta un dedo, recibe un cuenco y después una cuchara que no había visto en el borde de la bandeja.
Se disculpa. La mujer señala la cuchara, sonríe y continúa hacia otra mesa.
Durante un rato la atención de Elena queda reducida al vapor que le empaña las gafas y a la necesidad de quitárselas sin meter una patilla en la comida.
Le resulta difícil comer con elegancia y esa dificultad termina por divertirla.
Ha conservado, en medio del calor, una vaga expectativa de saber comportarse en cualquier sitio por haber viajado hasta allí.
Al dejar de intentarlo se acomoda mejor en la silla.
Desde la mesa ve el fondo del local: un ventilador mueve el borde de un calendario; más abajo, una mujer recoge recipientes y los coloca al alcance de otra persona cuyas manos aparecen por un hueco.
Una puerta interior permanece abierta a una zona sin luz.
Elena deja descansar los ojos allí, en esa profundidad que no consigue ordenar, mientras oye cómo alguien enjuaga algo, lo deposita y empieza de nuevo.
No saca el cuaderno. Come hasta que la cuchara encuentra el fondo.
El jueves veintiocho regresa al archivo para cerrar las comprobaciones que dejó pedidas.
El cansancio tiene ya una distribución conocida: un punto en el cuello, los párpados, el roce de una sandalia.
Coteja sus transcripciones, conserva las referencias del conjunto de 1880 y del antecedente de 1860, corrige una cifra que el lunes había escrito demasiado deprisa.
No aparece una escuela detrás de la palabra maestra.
Tampoco se convierte la obligación de veinte pesos en un recibo por volver a leerla.
Sale sin añadir otro hallazgo. Durante el trayecto a Ermita mira por la ventanilla las construcciones que no recordará y lo sabe mientras las mira: una escalera que termina bajo una chapa, la sombra azulada dentro de un taller, una fachada tan estrecha que sus ventanas parecen puestas unas encima de otras para alcanzar sitio.
Le gustaría guardar una ciudad que no tuviera que servir de prueba.
Cuando el coche se detiene, un muchacho lleva un vaso entre otros vehículos y mantiene el líquido por debajo del borde con una atención que ella sigue hasta perderlo de vista.
En el hotel, el aire acondicionado hace vibrar una pieza que Elena no consigue localizar. Ha probado a sujetar la rejilla y a cambiar la velocidad. La vibración vuelve cuando se sienta. Sobre la cama extiende las notas; el pasaporte, que ya no necesita para leerlas, queda dentro del bolso.
Al otro lado del cristal, la noche deja encendidas ventanas a distintas alturas.
Desde aquí no se sabe qué parte del edificio ocupa cada luz: una parece iluminar solamente un muro, otra llega hasta una cortina que alguien recoge por un lado y vuelve a soltar.
Elena se acerca lo suficiente para que su cara deje de reflejarse sobre las habitaciones ajenas.
Más abajo, las personas atraviesan una zona clara y desaparecen detrás de un saliente; siguen oyéndose después de que haya dejado de verlas.
Tiene la impresión física de estar lejos, una distancia que durante el día había repartido entre trámites y recorridos y que ahora se reúne entera en la habitación.
Kavi le escribió ayer que había llegado.
En la pantalla está el mensaje junto al del lunes, cuando ella le dijo dónde se encontraba; aún no se han visto.
Elena lo abre y vuelve a leer dos líneas sin información nueva.
Le apetece oír su voz. También teme que, si llama, la conversación empiece por lo que ha encontrado y no consiga salir de ahí hasta que uno de los dos necesite acostarse.
Escribe el número del protocolo, los folios, la fecha del otorgamiento.
Añade las imágenes de la escritura completa y las del expediente donde aparecen Rosario y sus padres.
Antes de enviar comprueba una vez más las cifras contra el cuaderno.
En una línea aparte escribe algo más. Se queda con el pulgar suspendido y luego borra esa línea entera.
El mensaje sale con las referencias.
Elena deja el teléfono boca arriba. Busca una percha para la camiseta húmeda y descubre que todas están sujetas a la barra; tiene que llevar la prenda hasta el armario y colgarla allí, en un sitio donde tardará más en secarse. Cuando vuelve a la cama, la pantalla se ilumina.