Protocolo #2
Un padrón de capitación. En las columnas figuran un número de inscripción, el nombre, el lugar y la clasificación.
Lee «Yap-Tico», comerciante de Binondo; en la continuación está Domingo.
El domicilio consigna Anloague, sin número de casa.
La línea recibe la misma anchura que las otras, aunque las letras se han estrechado para caber.
Elena la sigue hasta el extremo derecho.
El nombre se parece al de Rosario lo suficiente para tentarla y todavía no lo suficiente para demostrarle nada.
La relación ha llegado hasta allí dentro de un conjunto posterior.
En la imagen siguiente se repite la referencia a ese padrón; una línea por debajo, una anotación fechada en 1880, de letra distinta, identifica a «Rosario Yap, maestra» como hija de Domingo Yap, difunto, y de Ambrosia de la Cruz.
Elena había seguido los nombres sin detenerse en la fecha interior y los había leído como una lista simultánea.
Vuelve atrás para comprobar el año del padrón y conserva las dos imágenes juntas.
—¿Este año corresponde a todo? —pregunta, señalando la descripción.
La empleada se acerca y le muestra dónde termina una pieza y comienza la otra. Elena copia la referencia completa. El número exterior es una manera de pedir el conjunto; no convierte al hombre de 1860 en alguien que seguía pagando veinte años después.
Mira la palabra «maestra». El documento del lunes solo le permitía ver a Rosario en relación con Alejandro y con el niño.
Aquí aparece trabajando, aunque lo haga en una nota añadida a los antecedentes de su padre.
Le gustaría encontrar el nombre de una escuela, una calle, algo que le diese un lugar para esa mañana; la anotación no lo ofrece.
No dice qué enseñaba, cuánto cobraba o quién la había visto dar clase.
Elena escribe la palabra entera y deja sitio debajo.
Ha separado el dato de ocupación y la referencia al padre de la columna que lo clasifica a él.
Sin embargo, al mirar la reproducción completa, comprende el camino por el que ha llegado a la mujer: tuvo que pedirla por un apellido y aceptar que la búsqueda la devolviera entre papeles de chinos, esperar a que una mano posterior anotase una relación que aquella tabla no había sido construida para contar.
Piensa en cuántas veces ella misma habrá seguido el orden de un índice hasta olvidar que alguien eligió sus entradas.
No puede corregirlo cambiando una casilla.
Tampoco quiere llevarse a Rosario de allí y perder el lugar concreto donde ha encontrado su nombre.
Por la ventana de su atención entran ruidos que llevaba un rato sin oír: una silla al arrastrarse, el tono bajo de una pregunta, la respiración de la persona que trabaja cerca.
Tiene hambre. La sensación le resulta inoportuna y se avergüenza un poco de ese juicio, como si para interesarse por una maestra muerta tuviera que dejar de ser alguien que lleva horas sin comer.
Reúne las referencias, entrega lo que debe devolver y pregunta por el jueves.
Al salir compra algo en un local donde puede señalar lo que quiere; cuando se sienta, la bolsa de papel se le pega al brazo húmedo.
El recibo del archivo queda junto al de la comida. Los guarda separados porque el segundo tiene grasa.
El miércoles veintisiete el archivo está cerrado por festivo. Elena sale hacia Binondo sin la carpeta gruesa. Lleva las notas, un plano antiguo reproducido y el teléfono; dentro del bolso queda espacio para una botella.
Se detiene ante la basílica. En la fachada, las divisiones de la piedra le permiten recorrer con los ojos una superficie más quieta que cuanto sucede abajo: una moldura prolonga la sombra de otra, los huecos se oscurecen antes de que el resto del muro deje de recibir luz, y la torre conserva en sus retranqueos un gris que a Elena le gustaría mirar desde más cerca.
Tiene que apartarse porque una familia quiere fotografiarse.
Los ve reunirse, ceder el centro a una mujer mayor y volverse a dispersar en cuanto baja el teléfono.
Uno de los niños continúa sonriendo unos segundos hacia donde ya no mira nadie.
Por Ongpin, la calle se estrecha y ensancha de un modo que no depende solo de las fachadas.
Hay toldos que prolongan una tienda sobre la acera, mercancías que obligan a caminar de lado y escalones desde los que alguien puede observar el paso sin separarse mucho de su mostrador; por encima de esa altura ocupada, las plantas superiores ofrecen persianas cerradas, aparatos de aire acondicionado, ropa cuya sombra se mueve sobre una pared sin que desde abajo se vea el viento.
Elena levanta la cabeza y pierde el paso.
Una mujer le toca el antebrazo para avisarla de un carro que empujan detrás; después sigue andando con sus bolsas, sin esperar a que ella termine de darle las gracias.
Frente a un cambista, las cifras están ordenadas en filas.
Elena se detiene por la necesidad de contar con dinero pequeño, saca demasiado y vuelve a guardar parte mientras el hombre espera.
Él separa los billetes recibidos de los que va a darle, termina la cuenta y acerca el resultado a través del hueco.
Ella se descubre agradecida por poder comprender una operación completa.
Guarda el cambio en distintos compartimentos de la cartera y el hombre ya está mirando a quien viene detrás.
Más adelante busca el arco desde un punto donde la cubierta no quede cortada por un vehículo.
Las curvas de los remates salen por encima de los cables; el color se mantiene fuerte en los planos que la sombra protege y palidece donde recibe la luz de lleno.
Al otro lado, la calle sigue trabajando a una escala más pequeña.
Una puerta se abre detrás de otra persona que espera; un repartidor consigue apoyar dos cajas sin dejar en el suelo la tercera.
Elena fotografía el arco y, al mirar la imagen, descubre que el teléfono ha hecho desaparecer la mayor parte de lo que le interesaba.
No toma otra. Guarda el aparato y continúa.
El nombre de Anloague, en el padrón del padre, le ha llevado a Juan Luna.
Lo lleva anotado, con la referencia del cambio de nombre; no dispone de un número antiguo que pueda transformar sin más en una puerta de hoy.
El plano le ayuda a reconocer relaciones entre calles, distancias que debe corregir al caminar, un ángulo de manzana hacia el que se ha dirigido sin saber qué haría una vez allí.
La casa no la espera. Hay volúmenes nuevos, frentes rehechos, usos que el dibujo antiguo no pudo prever.
No intenta elegir el edificio que mejor admitiría una historia.
En una acera encuentra sitio para detenerse sin estorbar una entrada.
Desde allí puede ver la esquina y una parte de la calle que acaba de recorrer.
El sol alcanza los vehículos por zonas: un parabrisas se enciende al girar y enseguida vuelve a ser transparente; la chapa de una furgoneta refleja durante un instante la camisa roja de un hombre, que desaparece del metal antes de haber terminado de pasar.
En la planta baja de enfrente, la hoja de una puerta se mueve con cada persona que entra.
Arriba hay una ventana cuya parte inferior, opaca por la suciedad o por algo colocado detrás, impide saber si la habitación está ocupada.
Elena se queda mirando esa ventana más de lo que había previsto.
No quiere poner allí a Rosario y, aun así, empieza a imaginar la luz que tendría una mujer sentada cerca, la parte del papel que quedaría en sombra, el modo de apartar un tintero del alcance de un niño; se detiene al comprender que cada detalle ha salido de ella, de otras habitaciones y otras lecturas, y que la facilidad con que podría completarlos no le concede el derecho a dar por vista aquella casa.
Le cuesta renunciar a la escena. Ha viajado también por el deseo de estar bastante cerca como para que algo no necesitara ser imaginado.
Se le acumula humedad bajo los ojos. Saca un pañuelo, se limpia la frente y después las mejillas, con la cara vuelta hacia la calle.
Lleva diez minutos allí. Un hombre abre la persiana del local junto al que se ha parado y Elena se desplaza para dejar libre la entrada.
Él le señala la parte de acera que pronto quedará en sombra.
Ella sonríe, pero no se mueve hacia allí todavía.