El reflejo de Oriente. El espejo Makyo Protocolo
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Protocolo

La calle le ofrece una anchura que desde el coche parecía repartida con más claridad.

Hay vehículos detenidos donde ella esperaba encontrar paso, entradas por las que sale gente sin mirar hacia la calzada y una sombra estrecha al pie de los edificios, interrumpida por los accesos.

En las paredes más próximas distingue chorreaduras que empiezan bajo los desagües y se abren al descender, hasta desaparecer en un color uniforme a la altura de sus ojos; por encima, la luz borra los relieves y deja visibles los cables, que atraviesan esa claridad sin perder el negro.

Todo parece cercano. El ruido, sin embargo, viene de varias distancias y la obliga a volverse hacia cosas que no ve.

Es lunes, veinticinco. La tarjeta del hotel tiene esa fecha impresa junto a su nombre. Elena busca el pasaporte antes de entrar en los Archivos Nacionales de Filipinas.

Le comprueban la reserva y la identificación.

La carta impresa ha empezado a ondularse dentro de la carpeta; la alisa mientras espera, comprende que no va a mejorarla y deja de hacerlo.

Después del registro y del pago, le explican las consultas preparadas.

Hay reproducciones disponibles; para otros documentos será necesaria otra petición.

Elena pregunta por el último año de la búsqueda y la empleada vuelve a la referencia, sin confundir su prisa con una ampliación de lo solicitado.

—Empiece aquí.

En el puesto debe desplazar la silla para que la pantalla no recoja una franja de luz.

Su camiseta se enfría contra el respaldo.

Extiende el cuaderno y saca del bolso un par de guantes que lleva por costumbre; cuando ve cómo va a trabajar, los guarda.

Delante tiene un teclado, no el volumen.

La persona que la acompaña le muestra el avance de las imágenes y espera hasta que Elena consigue volver a la primera sin perder el lugar.

Son imágenes procedentes de microfilme. Los folios tienen bordes desiguales; una zona oscura junto a la costura oculta parte del margen.

Elena acerca la cara al ver una esquina comida y la retira enseguida: la cercanía de sus ojos no va a mostrar lo que no recogió la cámara.

Echa de menos el movimiento necesario para encontrar una luz distinta, la resistencia de una hoja que permite detener la mano antes de romperla.

Aquí puede aumentar hasta que la letra se disuelve en cuadrados. Aprende a quedarse un poco antes.

Los nombres llegan separados por actos que no la conciernen.

Una venta ocupa varias páginas; una obligación termina donde ella esperaba que empezara el asunto.

Conserva el número de cada imagen junto al folio, porque no siempre coinciden.

A su izquierda alguien pregunta cómo regresar a una búsqueda anterior.

Al oír la respuesta, Elena comprueba si ha anotado lo suficiente para volver también ella.

Encuentra Silva en el índice. Sigue la remisión, retrocede un folio porque ha pasado demasiado deprisa y reconoce primero Casilda, el nombre que ya sabe situar en el árbol familiar. Después lee el otro.

Rosario Yap.

No lo copia todavía. Aparta el teléfono, que había dejado encima del cuaderno, y vuelve al comienzo.

Escritura de reconocimiento de hijo natural y obligación de alimentos

En la ciudad de Manila, a doce de febrero de mil ochocientos sesenta y uno, ante mí, el Escribano público y de número D.

Ramón de Osorio, y testigos que se expresarán, compareció D.

Alejandro de Silva y Cañizares, natural de Madrid, vecino de esta ciudad, de treinta y dos años de edad, viudo de D.ª Casilda de Alcázar y Montenegro, oficial segundo de la Secretaría del Gobierno Superior Civil de estas Islas, a quien doy fe conozco, y dijo:

Que de sus relaciones con D.ª Rosario Yap, mestiza sangley, natural y vecina del pueblo de Binondo, soltera, tuvo un hijo que nació el día diecinueve de marzo de mil ochocientos sesenta y fue bautizado en la iglesia parroquial de dicho pueblo con el nombre de José; que al tiempo de su concepción él y la referida D.ª Rosario se hallaban libres de impedimento para contraer matrimonio, habiendo fallecido su esposa en Madrid el nueve de marzo de mil ochocientos cincuenta y ocho, según el testimonio de su partida de defunción que presenta; y que, queriendo cumplir los deberes que la naturaleza le impone, reconoce al referido José por su hijo natural, para que use su apellido y goce de los derechos que las leyes conceden a los de su clase.

Y se obliga a su educación y alimentos, señalándole por ahora veinte pesos fuertes mensuales, pagaderos desde el próximo mes de marzo, cuyas remesas encargará a la casa de D.

Agustín Varela de esta plaza, sin que por este señalamiento quede obligado tercero alguno ni deje de ser del otorgante la obligación que contrae.

Se sacará testimonio de esta escritura para entregarlo a la madre del menor y presentarlo al párroco de Binondo a los efectos de la toma de razón al margen de la partida de bautismo.

Así lo dijo y otorgó. Leída esta escritura, se ratificó en su contenido y la firmó con los testigos D. Diego Montalvo, escribiente, y D. Pedro Santos, dependiente, ambos vecinos de esta ciudad, presentes al otorgamiento. Enmendado: José, vale. Doy fe.

Alejandro de Silva y Cañizares.—Diego Montalvo.—Pedro Santos.

Ante mí, Ramón de Osorio.—[Signo y rúbrica.]

La segunda lectura tarda más. Elena ha pasado el final y vuelve a la primera imagen, ajusta la ampliación para que quepa un renglón completo y comprueba palabras que hace un momento no le presentaban ninguna dificultad.

Treinta y dos. Viudo. El día del nacimiento.

Al llegar a la obligación mensual, hace con el lápiz una marca en su cuaderno y se queda quieta, sin saber aún qué iba a escribir junto a ella.

Carlos había tenido un hermano.

En Madrid, los árboles que conoce dejan debajo de Alejandro una sola descendencia.

Nunca le ha parecido que faltase espacio: Carlos ocupa su rama con una suficiencia que viene de las sucesivas copias, de las hojas dadas por buenas y vueltas a imprimir, del retrato cuya cartela pudo leer mucho antes de que aprendiera a distinguir un grado militar.

Ahora mira a los dos testigos, que también tienen oficio y vecindad.

No sabe quiénes fueron; le irrita que dispongan aquí de un lugar tan preciso mientras ella necesita repetir el nombre de José para impedir que se le convierta en una sospecha.

El documento está registrado, tiene sus folios entre otros folios.

La reproducción ha llegado a ese puesto siguiendo una referencia que otra persona ha comprobado.

Elena puede pedirla de nuevo. Puede dejar la silla y, cuando regrese, el apellido seguirá unido al niño.

Durante unos segundos siente una tranquilidad tan intensa que no se parece al alivio que había imaginado para ningún hallazgo; después aparece la vergüenza de descansar ella gracias a un papel que no sabe si sirvió para que aquel hijo comiera.

Recuerda el despacho del viernes en Velázquez.

Mientras el notario leía, ella había reconocido su propia decisión en unas palabras que no habría elegido para explicársela a su madre; aun así, eran las necesarias para que lo que quería dejase de depender de cómo lo contara después.

Tiene en la mano la pequeña hendidura de una uña, hecha ahora sin darse cuenta.

La mira. Ha necesitado llegar a otra notaría, a otro siglo, para advertir la parte de amparo que esperaba de aquella lectura: salir sabiendo que una conversación familiar ya no podía devolverla al punto anterior.

José también tuvo una escritura. La semejanza la atrae y la incomoda, porque su decisión había sido dejar una herencia y la de aquel hombre reconocer a un niño que no estaba allí para escuchar.

Elena conoce la silla donde se sentó. De José ni siquiera sabe todavía si llegó a leer estos folios.

Baja los ojos al cuaderno, donde el sitio reservado para él sigue en blanco.

En la línea donde se lee José hay una alteración. La ampliación distingue la mancha y la enmienda, no el movimiento de la mano que las produjo. Elena llega al final por segunda vez: «Enmendado: José, vale». El nombre no quedó pendiente de adivinación. Lo salvaron antes de firmar.

Pregunta por la reproducción fotográfica.

Le indican la solicitud y el coste por imagen; vuelve con la autorización y el justificante.

Todavía no levanta el teléfono. Empieza la tercera lectura, esta vez siguiendo la sucesión de los folios, y fotografía cada pantalla cuando ha terminado de comprobarla.

Incluye los márgenes. En una toma se refleja su mano; cambia de ángulo y la repite.

Después anota el escribano, el protocolo, la foliación y la fecha. Solicita, para la sesión que tiene reservada el martes, lo que puedan localizar de Rosario Yap. La empleada le pide el lugar.

—Binondo.

Al decirlo, Elena advierte que hasta ahora ha pronunciado esa palabra sobre un mapa.

Se levanta con el cuello rígido. Afuera, mientras busca agua, empieza a escribir un mensaje a su madre y lo deja para más tarde.

No quiere contarle que ha viajado de una forma que haga del viaje la noticia principal.

El martes vuelve a Paco. La petición ha conducido a un expediente agrupado bajo el año 1880. Elena escribe esa fecha en lo alto de la página y tiene que corregirla en cuanto aparece la primera pieza: el antecedente es de 1860.