El reflejo de Oriente. El espejo Makyo 8 · En estado precario #3
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8 · En estado precario #3

En Anloague no queda un estante en pie. Antes de entrar a recoger, esperan a que se asegure lo que puede caer y a que les permitan acercarse a la habitación del patio.

Rosario avanza por un paso estrecho entre maderas, llevando un cesto vacío que pronto tiene que dejar en el suelo.

Los libros se han abierto al caer: hojas dobladas debajo de las tapas, pliegos desprendidos, un lomo partido por el peso de otro.

Encuentra una cartilla sin cubierta y la reconoce por una mancha de tinta.

Deja lo que estaba a punto de recoger y busca las hojas restantes.

Juana le dice que no puede quedarse todo el día. Rosario contesta que ya lo sabe. Ha encontrado un libro que no es suyo.

La cruz sigue en el clavo de la ventana.

El marco se ha torcido y el cordón, al quedar junto a la madera desnuda, parece más oscuro.

Rosario comprueba con los dedos que está sujeto.

No la descuelga. Bajo el alféizar encuentra la chinela del niño, metida de punta entre dos tablas.

Había decidido que no merecía la pena buscarla; al verla tiene que apoyarse un momento antes de agacharse.

La libreta de hule y el paquete de recibos están en el cajón.

Se lleva los dos sin abrirlos, con el testimonio dentro de la libreta.

Los libros salen en cestos y, durante varios días, Rosario no dispone de una mesa bastante grande para separarlos: los coloca sobre tablas prestadas, los vuelve de canto, extiende las hojas húmedas donde el aire puede alcanzarlas.

Su padre quiere ayudar y apoya una pila contra otra para que no se caiga.

Ella se la retira. Le explica que así tardarán más en secarse y, al oírse, descubre que lo ha dicho con la misma impaciencia con que corregía a las niñas antes del terremoto.

En las relaciones de daños las calles se ordenan una detrás de otra.

Rosario busca la suya antes de empezar por el principio.

Hay casas arruinadas, edificios que deben abandonarse, paredes que todavía se sostienen y requieren examen.

En la hoja que han dejado después de mirar su local encuentra escrito: en estado precario.

Vuelve a mirar hacia la casa. La expresión no dice qué libro puede sacar primero ni dónde podrá recibir mañana a quien venga a devolver uno.

Se habla de que el gobernador se ha trasladado a Malacañang.

A ella le interesa saber qué dependencias vuelven a abrir y en cuál podrá continuar una gestión empezada antes de la sacudida.

Guarda la relación de daños sin copiarla.

Esa tarde abre un cuaderno para apuntar los libros que han vuelto a sus manos y los que faltan.

Al lado de uno escribe el nombre del propietario, no el del autor.

Las clases regresan antes que los estantes.

Primero caben tres niñas alrededor de una tabla; después otras familias preguntan si pueden traer a sus hijas, porque el lugar al que iban todavía no se ha reparado.

Rosario acepta las que puede sentar. No sabe cuánto tardará en tener otra vez una habitación que solo sirva para enseñar.

Al terminar debe recogerlo todo para que se coma en el mismo sitio.

En la primavera de 1864 lee en la Gaceta de Manila el decreto de instrucción primaria publicado el veintisiete de marzo, fechado en Madrid el veinte de diciembre anterior.

Una escuela para niños y otra para niñas en cada pueblo.

Enseñanza gratuita para los pobres. Los requisitos de las maestras ocupan también su lugar en el papel; Rosario pasa a ellos antes de doblarlo.

No basta con que ya la llamen maestra desde la calle.

Reúne sus antecedentes, pide noticias de las pruebas y continúa dando clase mientras espera.

Cuando al fin le señalan día, no lleva la libreta de los préstamos.

Prepara una muestra de letra, repasa las cuentas que enseña y descubre, al dictarle su madre una frase, que los nervios la hacen apretar demasiado la pluma.

Ambrosia quiere repetir desde el principio. Rosario le pide que siga.

En enero de 1865 recibe el nombramiento de sustituta, después de acreditar su aptitud ante la comisión.

La habitación donde empieza tiene paredes apuntaladas.

Los bancos proceden de más de una casa y no ofrecen la misma altura; una niña queda con los pies en el aire, otra tiene que apartarse para que su compañera pueda apoyar el codo.

Rosario las cambia de sitio. Ha comprado un cuaderno rayado y tarda más en trazar la primera columna que en escribir los nombres.

Al pasar lista, una de las nuevas responde por la que falta. Rosario alza la cabeza. La niña dice que su amiga vendrá mañana, que hoy han necesitado que se quedara en casa.

—Entonces mañana la oiré a ella.

Deja el espacio sin marcar. Después escribe en el encerado y se aparta para que todas vean. La tiza es corta; tiene que sujetarla entre las puntas de los dedos. Cuando termina, se lava las manos en la jofaina y vuelve a frotarlas una contra otra. Al abrirlas, el polvo blanco permanece en las yemas.