El reflejo de Oriente. El espejo Makyo 8 · En estado precario #2
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8 · En estado precario #2

—Para poner la nota quiero orden del Provisorato.

—Aquí está la firma del padre.

—La estoy viendo.

El cura vuelve a la salvedad. Enmendado: José, vale. Pasa a otra página y la compara con la que tiene abierta. Rosario se inclina, pero desde allí solo distingue el borde de una anotación.

—¿Está mal la escritura?

—No le he dicho que esté mal. Le digo lo que necesito para hacer el asiento.

Ella le pide que le indique adónde debe dirigirse. El sacerdote le da el nombre de la oficina y devuelve el testimonio. Al cerrar el libro, la tapa golpea la mesa con un ruido que obliga a Rosario a retirar la mano. No había advertido que la tenía tan cerca.

Fuera, en la plaza, se queda un momento mirando la puerta de la iglesia.

Las mujeres que salen se detienen para abrir las sombrillas; una le ofrece sombra mientras buscan con los ojos a alguien.

Rosario agradece el gesto y se aparta en cuanto la otra encuentra a quien esperaba.

Lleva en la mano la misma escritura con la que entró.

Podrá volver, pedir, pagar una diligencia si hace falta.

Por ahora necesita llegar antes de que Ambrosia cambie de lugar todos los libros bajos para que José no los alcance.

En los meses siguientes averigua dónde llevar un escrito y qué papel tendría que acompañarlo.

Una mañana encuentra a la persona que debía firmar una certificación; otra le dicen que vuelva cuando esté quien conoce el antecedente.

No pierde el testimonio. Lo guarda después de cada visita, alisa sus cuatro pliegues y comprueba que se lea el nombre.

Mientras tanto continúa prestando, cobrando, dando clase.

José aprende a pedir un cuento y protesta si ella lo abre por una página distinta de la que recuerda.

También hay tardes en que Rosario deja la libreta cerrada y se sienta junto a la ventana con un libro para ella.

Su madre viene a preguntarle algo y se detiene al verla; Rosario sabe que podría contestar sin perder el renglón, pero le pide un momento.

A veces necesita ese momento para una frase que no entiende a la primera.

Otras quiere solamente que dure, que alguien espere a que ella termine una cosa elegida sin urgencia.

Después pone una señal entre las páginas y atiende la pregunta.

No siempre logra volver al libro aquella tarde.

Le molesta descubrir que a veces, mientras lee, está pendiente de un paso en el corredor con la antigua disposición a cerrar el libro, no porque crea que Alejandro vaya a entrar, sino porque el cuerpo conserva la prontitud de atender a alguien para quien ya no hará falta levantarse.

Entonces se obliga a terminar el párrafo, vuelve a una palabra que había atravesado sin entender y permanece sentada hasta reconocer qué ha sucedido en la página, sin preguntarse todavía cuánto falta para que la llamen, con el placer de seguir una acción que puede interrumpir, retroceder o dejar para mañana sin perjudicar a nadie.

El tres de junio de 1863, cerca de las siete y media, Rosario está recogiendo la mesa.

José ha cumplido tres años y se empeña en llevar un plato que pesa demasiado para sus manos.

Ella le permite sujetarlo por un lado, sin soltarlo del otro.

Van hacia la cocina cuando el plato golpea contra el borde de madera y el ruido se repite, aunque han dejado de andar.

El suelo empuja los pies.

Rosario cree primero que ha cedido la tabla junto a la puerta.

Pero el banco se mueve, retrocede hacia la pared, y la lámpara empieza a golpear su soporte.

En el patio cae algo que no alcanza a ver.

José la llama. Ella suelta el plato, lo coge debajo de los brazos y lo levanta con tanta fuerza que el niño pierde una chinela. No vuelve por ella.

La escalera no está donde espera encontrarla.

Se ha detenido en el mismo sitio de siempre, con el niño contra el pecho, pero los peldaños suben y bajan bajo la abertura y tiene que aguardar un instante para reconocer el primero.

Del cuarto llega el ruido de los libros.

Bajan juntos, ella de lado, apretándolo contra el costado con un brazo mientras con la mano libre busca la pared; la palma resbala sobre una superficie que suelta polvo y, antes de llegar abajo, Rosario tiene la boca llena de una sequedad que no le permite llamar a Juana.

La puerta de la calle sigue abierta. Atraviesa el zaguán entre golpes que vienen de arriba, sin distinguir qué cae dentro y qué golpea desde fuera.

Al salir, una teja se rompe cerca de su pie.

Rosario se aparta de la fachada, pone al niño en el suelo y lo retiene por los hombros.

José quiere volver. Tiene una chinela sola.

Las campanas están sonando sin compás. Por encima de sus golpes se oye una rotura prolongada, una cosa grande que cede al otro lado de las casas y que no deja de ceder cuando Rosario cree que ya tiene que haber llegado al suelo.

La calle se ha llenado de polvo. Hay personas muy cerca cuyas caras no distingue, brazos que se levantan para cubrir una cabeza, una mujer que arrastra un cesto y no consigue abandonarlo aunque alguien se lo pida.

Un caballo pasa sin coche por el espacio que acaba de quedar libre; los hombres se apartan y vuelven a cerrarlo detrás.

Rosario no sabe cuánto dura. Después oirá decir que habrá sido medio minuto. Cuando el suelo deja de moverse, continúa apretando los hombros del niño, esperando otra sacudida que sus piernas ya no sabrían distinguir de su propio temblor. José grita que le hace daño. Ella afloja los dedos.

Juana aparece con la cara blanca de polvo. Habla, pero Rosario solo entiende su nombre y el del niño. Le toca el brazo para que deje de hablar un momento. Las dos palabras que ha reconocido bastan para saber que están allí.

Ahora se oyen voces separadas. Desde una casa llaman a un hombre que no responde; más lejos preguntan por agua.

Alguien quiere que se aparten de los muros y la gente se mueve hacia el centro, donde ya no queda sitio para acostar a quienes han sacado.

Rosario alza de nuevo a José. El niño se abandona sobre su hombro con una confianza que le exige dejar de temblar.

Ella no puede. Lo sostiene de todos modos.

Pasan la noche fuera. Ambrosia y Domingo llegan cuando Rosario ha empezado a imaginar qué calle podría recorrer para buscarlos sin dejar al niño.

Su padre trae una estera, pero la extiende donde el suelo tiene piedras y hay que volver a levantarla.

Nadie consigue sentarse hasta que terminan esa pequeña tarea.

Después se sientan juntos, demasiado próximos para dormir, agradecidos de que no quede sitio entre un cuerpo y otro.

Rosario mira la fachada de Anloague. La oscuridad le devuelve una casa casi entera; solo al levantar los ojos distingue un borde irregular donde falta el alero.

En algún lugar del interior está su libreta.

También están la carta y el testimonio. Sabe en qué cajón podría encontrarlos si entrase con una luz.

José se ha dormido con la mano dentro del cuello de su camisa.

Rosario le acomoda el brazo junto al cuerpo y permanece sentada.

Al amanecer, el polvo ha cambiado de color.

Cubre las hojas de los árboles bajos, los cordones abandonados en la calle, las chinelas que alguien dejó junto a una puerta.

Una olla continúa entera sobre un montón de ladrillos y, más abajo, del otro lado de una abertura donde ayer había una pared, se ve una cama que conserva la ropa doblada a los pies.

Rosario se sorprende buscando quién dormía allí.

La disposición de la sábana le permite imaginar la costumbre de esa persona con más claridad que si hubiese encontrado un cuerpo.

La claridad entra por huecos que ayer no existían y alcanza el fondo de las habitaciones desde la calle, de modo que Rosario ve, sin haber cruzado ninguna puerta, un armario sostenido por el canto de su hoja abierta, un paño tendido bajo la escalera y el recuadro limpio que ha dejado un objeto al caer.

Entre esos restos hay superficies que parecen recién terminadas, una tabla partida por dentro, la cara de un ladrillo más roja que las que han quedado expuestas al agua, y otras tan reconocibles que le cuesta apartar la vista: el peldaño gastado de su casa, ahora suelto, apoyado de costado en el barro.

Llegan noticias de Intramuros. Dicen que han caído la catedral, las Casas Consistoriales y parte del palacio.

Los que vuelven traen versiones distintas de quién ha salido y de quién permanecía dentro; Rosario deja de preguntar por el número de muertos cuando un hombre empieza a contarlos con nombres que no conoce.

Se queda para escucharlos. Uno de ellos se repite y otro hombre lo corrige.

Los dos están convencidos de hablar de la misma persona.