8 · En estado precario
El nombre de Alejandro está entre un aviso de la Escolta y un remate.
Rosario ha comprado el paquete de periódicos atrasados en la calle del Rosario y lo abre allí mismo, de pie, mientras el vendedor busca una moneda para darle la vuelta.
La primera hoja del Diario de Manila tiene una esquina arrancada.
En la columna de noticias, tres renglones pequeños conservan menos tinta que los de encima.
Ha fallecido en Saigón, de cólera morbo, el oficial segundo D. Alejandro de Silva y Cañizares.
Se hallaba agregado a la Comisaría de las fuerzas expedicionarias de Cochinchina.
La plaza se proveerá en la forma reglamentaria.
El vendedor le ofrece el cambio. Ella no extiende la mano y él deja las monedas sobre el paquete.
Una empieza a deslizarse; Rosario inclina el papel para detenerla, con tanto cuidado que puede parecer que está leyendo el aviso del remate y no quiere perder la línea.
Vuelve al apellido. No hay otro Alejandro de Silva y Cañizares en aquella frase.
Podría haber un error en el empleo, en la ciudad, en la noticia de que ha muerto.
Lo sabe porque ha visto corregir nombres en el periódico.
Pero necesita encontrar algo que permita equivocarse y las palabras están completas.
En la calle descargan un carro. Los hombres se pasan bultos desde una altura que los obliga a levantar los brazos, a esperar con las manos vacías hasta que el otro decide soltar.
Rosario los mira. Le parece demasiado largo el instante que transcurre entre la llamada y la entrega; querría decir que lo dejen en el suelo, que no se puede estar sosteniendo algo de ese peso mientras se habla.
Uno de los hombres ríe y el bulto desciende.
Ella junta las monedas, recoge el paquete y se aparta para dejar libre la puerta.
Regresa a Anloague por el lado de la sombra. Las ventanas altas están abiertas; de algunas cuelgan prendas a las que les han vuelto las mangas para que reciban el aire por dentro. La luz atraviesa las telas más delgadas y deja ver los remiendos con una claridad indiscreta.
Donde la calle se estrecha, los aleros de un lado parecen alcanzar las ventanas del otro, aunque entre ambos siga pasando una franja de claridad por la que suben el polvo y el ruido de los carros, y ella se descubre mirando hacia arriba para calcular un espacio que nunca había necesitado medir.
Algunos portales guardan todavía la penumbra de la mañana; desde fuera se distinguen un cántaro, los cantos de unas tablas y una mano apoyada en el quicio, pero al acercarse aparecen habitaciones más hondas, ocupadas por personas que hablan entre sí y que solo vuelven el rostro cuando el paso de Rosario les quita la luz.
Rosario reconoce una voz, no vuelve la cabeza y continúa caminando hasta que la llaman por su nombre. Entonces se detiene. La mujer quiere saber si ha llegado un libro.
—El jueves —contesta.
No ha comprobado qué libro es.
En casa, José viene hacia ella con un zapato en la mano.
Va a cumplir veinte meses. Ha aprendido a traer lo que le piden y ahora ofrece también cosas que nadie necesita, satisfecho de que su llegada interrumpa una conversación.
Rosario recibe el zapato y le toca el talón desnudo.
Está caliente. Le cuesta retirar los dedos, como si al dejarlo fuese a perder la única cosa que ha conseguido comprobar desde que salió de la tienda.
Ambrosia lee la noticia despacio. Después vuelve a mirar el nombre. Rosario había esperado esa segunda lectura; no le encuentra alivio cuando ocurre.
—¿De cuándo es? —pregunta su madre.
Rosario le señala la fecha del ejemplar. La otra fecha, la del día en que murió, no está allí.
El diez de noviembre copia la escritura.
Saca el testimonio de la libreta, lo despliega con cuidado y pone encima de las esquinas dos libros pequeños.
Enmendado: José, vale. Copia también la salvedad y transcribe las firmas como nombres, sin imitar el signo de Osorio.
Al terminar, recorre ambos papeles con un dedo, palabra por palabra.
El testimonio autorizado permanece bajo su mano izquierda; el que irá a Madrid tiene su letra.
Le sobra casi toda la hoja destinada a la carta.
Binondo, 10 de noviembre de 1861
Señora doña Piedad Cañizares:
Enterada del fallecimiento de don Alejandro de Silva y Cañizares, remito a usted copia del testimonio de la escritura que otorgó en Manila el doce de febrero del presente año, relativa al reconocimiento de nuestro hijo José y a la obligación de sus alimentos.
Conservo en mi poder el testimonio autorizado por el escribano don Ramón de Osorio.
Mi dirección es la de esta casa de la calle de Anloague, en Binondo.
Rosario Yap.
Ha escrito nuestro hijo sin detenerse. Ahora lo lee como lo leerá una mujer que no conoce la habitación donde está sentada, ni el banco donde Alejandro dejaba los libros, ni la voz del niño cuando protesta porque le quitan una cuchara.
Rosario tiene ganas de añadir alguna de esas cosas.
Que ha empezado a decir agua. Que Alejandro sabía sostenerlo cuando se dormía.
Coge la pluma y la deja sobre el paño. No quiere escoger un recuerdo que pueda servir de recomendación.
Dobla las dos hojas y dispone el envío para el vapor-correo.
Conserva el testimonio en su libreta. Cuando regresa de despachar la carta, anota el gasto y cuenta lo que queda.
Su padre ha traído dinero para los libros que se le encargaron.
Está a punto de mezclar ambas cantidades y tiene que empezar otra vez.
Esa noche recoge del respaldo una chaqueta que Alejandro dejó en febrero.
La había conservado allí durante días antes de guardarla y ahora no recuerda por qué ha vuelto a sacarla.
Mete la mano en un bolsillo. La llave pequeña sigue dentro.
La usa para abrir la caja de los sobres; comprueba que no falta nada y vuelve a cerrarla.
Le enfada encontrar tan fácil una operación que hasta esa mañana podía significar que él llegaría y preguntaría dónde había dejado la llave.
Apoya la chaqueta en la mesa. El forro de una manga queda vuelto y Rosario tarda en decidirse a meterlo de nuevo.
La Época. Madrid, noviembre de 1861
† EL SEÑOR
D. ALEJANDRO DE SILVA Y CAÑIZARES
OFICIAL SEGUNDO DE LA SECRETARÍA DEL GOBIERNO SUPERIOR CIVIL DE FILIPINAS
HA FALLECIDO EN SAIGÓN (COCHINCHINA) EL DÍA 14 DE AGOSTO ÚLTIMO
R. I. P.
Su afligida madre la Excma. Sra. D.ª Piedad Cañizares, viuda de Silva; su hijo D.
Cárlos; sus hermanos, hermanos políticos, tios, primos y demás parientes, ruegan á sus amigos se sirvan encomendarle á Dios y asistir á los funerales que por el eterno descanso de su alma se celebrarán el 19 del corriente, á las diez de la mañana, en la iglesia parroquial de San Sebastian.
— El duelo se despide en la iglesia. — Se suplica el coche.
En marzo de 1862 llega una carta con filo negro.
Rosario la recibe entre dos facturas y una reclamación de un libro que ella devolvió el mes anterior.
Aparta primero la reclamación. Tiene el recibo; podrá resolverlo después.
El sobre de Madrid está cerrado, sin una esquina levantada donde introducir el dedo, y tiene que ir a buscar algo con que abrirlo.
Dentro hay una hoja doblada dos veces. La letra es grande, separada. Rosario lee de pie junto al mostrador.
Madrid, 20 de enero de 1862
Señora doña Rosario Yap:
Acuso recibo de su comunicación de diez de noviembre último y de la copia que la acompaña, que queda unida a los papeles relativos al fallecimiento de mi hijo don Alejandro.
Agradezco la atención de habérmelos remitido y ruego a usted se sirva hacer presente, a quien corresponda, el testimonio de mi sentimiento por esta desgracia.
Los efectos del difunto se han recibido ya en esta casa.
La testamentaría se sigue en Madrid, y de cuanto se relacione con ella entenderán los abogados encargados del asunto, a quienes corresponde examinar los documentos y proceder en la forma que hubiere lugar.
No tengo por ahora otra noticia que comunicar a usted.
Queda de usted atenta servidora,
Piedad Cañizares, viuda de Silva.
Rosario vuelve al principio. La segunda vez lee más despacio, sin buscar de antemano una palabra.
La copia ha llegado. Está unida a otros papeles.
Hay abogados. Piedad ha escrito hasta el final de la hoja que necesitaba escribir; después ha dejado sitio para su nombre y ha firmado con espacio suficiente.
Rosario extiende la carta sobre el mostrador, cerca de donde dejó las facturas.
Si tuviera que contestar, podría empezar por dar las gracias, acusar a su vez recibo y decir que queda enterada.
Las tres cosas serían ciertas. También podría pedir una dirección.
Al pensarlo siente cansancio, un cansancio anterior al trabajo que habría que hacer, y le avergüenza que una dirección pueda parecerle una tarea tan grande cuando lleva toda la mañana resolviendo las equivocaciones de otros.
De la calle llega la voz de una alumna. Rosario levanta la cabeza y le indica que pase al fondo.
Hay una cartilla que debe leer antes de devolverla.
La niña se sienta, empieza demasiado alto y baja la voz cuando ella se acerca.
Rosario la escucha hasta el punto. Después guarda la carta de Madrid con los recibos, en el paquete del año.
No la pone con la partida de José. Tira del bramante para que el nudo quede donde pueda deshacerse.
El cura de Binondo acerca el testimonio a la ventana. Rosario ha venido sola. En casa dejó al niño comiendo, vigilado por su madre, y dispone del tiempo que tarde en ensuciarse lo bastante para que Ambrosia tenga que cambiarlo. Le parece una ventaja conocer al menos la medida de esa espera.
El sacerdote lee la escritura, busca la partida en el libro y apoya el dedo junto al margen. Rosario reconoce el blanco antes de ver el nombre.