7 · Efectos del fallecido #2
Al otro lado de la cerca, una mujer sale al corredor de una casa y recoge la ropa tendida, abrazándola conforme la descuelga, mientras una manga que se le ha escapado va barriendo el suelo; Marticorena la ve regresar para rescatarla y se aparta cuando comprende que está mirando aquella tarea desde hace un rato, con envidia.
Alejandro pide el espejo poco antes de las cuatro de la tarde.
Hay que hacerle repetir la palabra. Marticorena comprende entonces de qué caja hablaba y manda buscar el baúl que han traído de la casa junto con sus efectos.
Él mismo levanta la tapa, encuentra la caja de madera entre la ropa y deshace la atadura del paño.
Le sorprende el cuidado con que estaba sujeta; le toma más tiempo devolver a cada extremo su holgura que levantar el objeto.
El practicante sostiene el codo de Alejandro mientras Marticorena le acomoda el mango en la mano.
Los dedos no llegan a cerrarse del todo.
Inclinan juntos el bronce hacia la cara del enfermo; el disco recoge una franja del alero mojado, la lluvia que pasa delante de la abertura y, al moverse un poco, una raya del quinqué.
Alejandro intenta acercarlo. El comisario tiene que sostener el borde para impedir que le caiga sobre el pecho.
No dice nada. Sus ojos permanecen abiertos.
Marticorena espera un gesto que le permita saber si quiere conservarlo o si ya puede retirárselo, pero la mano pierde tensión y es el peso del objeto el que le obliga a decidir.
Lo devuelve al paño. Cuando se vuelve otra vez hacia el catre, el practicante está inclinado sobre Alejandro.
El médico llega antes de las cuatro. El capellán espera a que termine su examen y después se aproxima de nuevo. Marticorena ha dejado su reloj sobre una tabla para no tener que sacarlo cada vez; mira la hora cuando el médico se endereza y vuelve a mirarla mientras este se seca las manos.
—Ha muerto.
Son las cuatro de la tarde del catorce. El comisario escribe la fecha y la hora en el cuaderno del servicio. Después se queda con la pluma en la mano, a la espera de que alguien le diga qué necesita de él.
Antonio Lozano prepara el asiento de defunción con la certificación del médico delante.
Marticorena le acerca la relación de empleados donde constan la naturaleza y el estado de Alejandro.
El capellán escribe Madrid, viudo, el empleo; asienta los sacramentos que ha administrado y deja por completar la noticia de la sepultura.
Luego reza el responso junto al cuerpo. El comisario se descubre, sin advertir hasta ese momento que había vuelto a ponerse el sombrero.
Separan la ropa usada en el lecho de las prendas que siguen guardadas.
Los paños empapados se apartan con las sábanas; uno ha caído debajo del catre y el practicante tiene que arrodillarse para sacarlo.
Marticorena espera mientras lo recoge. Querría ayudar, pero teme tocar la tela, y ese temor, que durante la mañana pudo ocultarse detrás de los recados, se le hace ahora visible en las manos que mantiene pegadas a los costados.
El practicante no lo mira. Le pide que sostenga la puerta abierta para que puedan pasar.
Por la noche, con Julián Arce y Tomás Vidal presentes, empieza la relación provisional de los efectos.
Han llevado el baúl a una dependencia donde puede cerrarse la puerta.
Hay que recoger también lo que quedó en la casa.
Marticorena decide comenzar por los papeles: los del servicio irán a la mesa correspondiente; los particulares, aparte.
No quiere que mañana alguien dé por desaparecido un justificante que ha quedado entre la ropa.
Encuentra el cuaderno abierto por la cuenta interrumpida. Al pasar las hojas cae un papel doblado. Lo recoge sin desplegarlo y de su interior asoma una tira más fina, con escritura que no reconoce y un sello rojo. La extrae sujetándola por el extremo. Arce le pregunta si lo pondrá con las cartas.
—Con el cuaderno.
Marticorena anota el recibo por separado y vuelve a introducirlo en la hoja que lo contenía.
La devuelve entre las páginas. Después levanta el diccionario: otra hoja está puesta allí, con dos pares de nombres y signos de interrogación.
La deja en el mismo lugar. En el lomo, una reparación tiene un color más claro que la cubierta.
Entre los pliegos pendientes de salida hay un sobre dirigido a doña Piedad Cañizares, en Madrid.
Está cerrado y lleva la fecha del veintiséis de julio escrita por fuera.
Marticorena lo reúne con la correspondencia particular que Alejandro guardaba en una cubierta; añade el rótulo de legajo de cartas, pasa el bramante y lacra el cierre.
Arce sostiene los extremos hasta que la cera deja de ceder.
No han abierto el sobre ni los demás pliegos.
El comisario hace dos montones con las monedas y las cuenta de nuevo.
Ciento doce pesos. Lo escribe en letra. Las tres ligaduras quedan a un lado, sin reducirlas a plata.
Vidal acerca una lámpara: se ha apagado el quinqué y la mecha tarda en tomar.
Cuando consiguen encenderlo, Marticorena advierte que el tintero ha quedado casi seco; agrega unas gotas de agua, remueve y prueba la tinta en una esquina.
La segunda parte de la relación sale más pálida.
No terminan esa noche. Arce pregunta si puede retirarse y Marticorena responde que sí con un tono que suena a reproche. Lo llama antes de que llegue a la puerta.
—Mañana después del entierro.
Arce asiente. El comisario quiere añadir que no hace falta venir más temprano, que ya han hecho todo lo que podían hacer allí, pero el otro ha salido y se queda hablando para nadie. Cierra la puerta, comprueba la llave y tiene que volver a abrir: su sombrero sigue sobre la mesa.
Lo entierran por la mañana del quince en el cementerio de la plaza.
Marticorena camina detrás del capellán. La lluvia se ha vuelto menuda, casi suspendida entre los árboles, y solo al atravesar un claro se siente cuánto moja.
El suelo cede en los bordes del sendero; los hombres que llevan el féretro han de ir cambiando la distancia entre ellos, acercándose donde se estrecha el paso y separándose de nuevo para no pisar todos la misma huella.
Entre los troncos, la niebla baja deja sin término la hilera de sepulturas, de modo que las cruces más lejanas parecen apoyadas unas contra otras; Marticorena, que había intentado contar los pasos desde la entrada para poder volver sin preguntar, pierde la cuenta cuando los hombres se detienen y uno de ellos cambia la cuerda de hombro.
Hay cruces de madera que aún conservan el color del corte y otras ya oscuras, inclinadas hacia un montículo donde la hierba crece más alta.
Entre las sepulturas se forman charcos pequeños; en uno flotan hojas que el agua gira sin conseguir arrastrarlas más lejos.
Marticorena procura no pisar la tierra recién removida de otra fosa.
No sabe a quién pertenece. Ha visto tantos nombres durante la semana que teme encontrar uno conocido y no recordar en qué cuenta lo leyó.
El capellán aguarda a que los hombres estén preparados.
La cuerda se tensa y el féretro desciende con una inclinación que corrigen desde un extremo.
Lozano empieza a rezar. Marticorena mantiene los ojos bajos, no por recogimiento, sino porque ha entrado agua en un zapato y al mover el pie siente un roce que no podrá quitarse hasta regresar.
Le avergüenza prestar atención a eso. Trata de seguir las palabras y, cuando logra reunirlas en una frase, el sacerdote ya ha empezado otra.
Ponen una cruz. El nombre ocupa una tabla estrecha.
Uno de los hombres aprieta la tierra alrededor del pie con ambas manos; después se incorpora despacio y busca dónde limpiárselas.
Marticorena se aparta para dejarlo pasar.
Antes de salir del cementerio vuelve la cabeza: desde el sendero, la cruz de Alejandro queda detrás de otra y ya no puede leerla entera.
En la almoneda de la tarde, los oficiales examinan la ropa extendida y las armas descargadas.
Cada lote corresponde a los números de la relación provisional.
Manuel Soto levanta una manga del uniforme y calcula con los dedos cuánto habría que acortarla; Rafael Beltrán comprueba el forro de una levita antes de ofrecer por ella y por el resto de su lote.
Francisco Ledesma pide que le abran el estuche del revólver.
Nadie le explica a Marticorena para qué desea lo que compra.
Él apunta nombre y precio, repite la suma en voz alta y deja el dinero apartado de los ciento doce pesos hallados en el baúl.
Cuando concluyen, ya no hay ropa sobre las sillas. Quedan los libros, el cuaderno, el legajo, las alhajas y la caja del espejo. Marticorena comprueba los lotes vendidos antes de extender el inventario definitivo. Se queda trabajando mientras fuera preparan una conducción de efectos hacia Manila.
INVENTARIO de los bienes y efectos quedados por fallecimiento de D. Alejandro de Silva y Cañizares
En Saigón, a quince de agosto de mil ochocientos sesenta y uno, el Comisario de Guerra D.
Eugenio Marticorena, con asistencia del Capellán D.
Antonio Lozano y de los testigos D. Julián Arce y D.
Tomás Vidal, forma el presente inventario de los bienes y efectos particulares que han quedado por fallecimiento de D.
Alejandro de Silva y Cañizares, oficial segundo de la Secretaría del Gobierno Superior Civil de Filipinas, agregado al servicio de Secretaría y Comisaría de estas fuerzas, ocurrido en esta plaza el día catorce del corriente a consecuencia del cólera morbo asiático, según certificación facultativa y asiento del Capellán.