El reflejo de Oriente. El espejo Makyo 7 · Efectos del fallecido
45%

7 · Efectos del fallecido

«Por dos viajes del sampán desde»

Alejandro deja la pluma atravesada sobre el cuaderno.

Son las cuatro de la mañana del trece de agosto; se ha sentado antes de que amanezca para terminar una cuenta y piensa que volverá enseguida.

Al levantarse tiene que apoyar la mano en el borde de la mesa.

La silla se desplaza detrás de él y queda en medio del paso.

En el patio le sorprende el frío del suelo.

Todavía hay agua bajo las tejas y en las desigualdades que las pisadas han abierto cerca de la puerta; busca con los pies una superficie menos blanda, se agacha y espera a que termine lo que le ha obligado a salir.

Después le cuesta incorporarse. La debilidad no parece corresponder al tiempo que lleva despierto.

Se queda un momento apoyado en la pared, sin querer llamar a nadie antes de saber qué necesita.

Vuelve a la habitación. No se sienta. Apenas ha alcanzado la mesa cuando debe regresar al patio, y esta vez tropieza con la silla que no apartó.

El ruido trae al muchacho que le lleva agua.

Alejandro le pide que avise en el cuartel.

Lo dice con una impaciencia que el otro no comprende al principio, pues ya está retirando la silla para ayudarlo a pasar.

Eugenio Marticorena llega cuando empieza a distinguirse la calle.

Ha venido sin desayunar y todavía lleva en el chaleco un botón sin abrochar.

Encuentra a Alejandro sentado en el borde de la cama, con los pies desnudos y una mano cerrada sobre la pantorrilla.

A su lado hay un recipiente. El practicante levanta la cabeza al oír entrar al comisario y vuelve enseguida a lo que estaba haciendo: sostiene un vaso mientras Alejandro intenta beber.

Parte del agua le cae por la barbilla. El muchacho acerca un paño sin que se lo pidan.

Marticorena busca dónde dejar el sombrero.

El arca tiene ropa encima; el baúl, levantado sobre dos maderos junto a la pared, está cerrado.

Termina poniéndolo sobre los libros. Ve el cuaderno abierto en la mesa y reconoce la cuenta.

Había pensado pedirla a primera hora. Ahora se pregunta si Alejandro se ha levantado tan temprano porque él se lo recordó ayer de un modo poco amable, aunque aquello ocurrió delante de otros y no recuerda haber usado ninguna palabra que no hubiera podido repetir a solas.

—Ya se terminará —dice.

Alejandro no levanta la cabeza. La pierna se le endurece debajo de la mano y el practicante le pide que la afloje, que no haga fuerza.

El médico entra mientras están hablando.

Al cabo de unos minutos dispone el traslado al barracón próximo al cuartel donde pueden tenerlo atendido.

Hay que buscar una camilla. Marticorena sale a dar la orden; agradece poder ocuparse de algo fuera de aquella habitación.

Lo llevan antes de que el sol alcance el patio.

Entre la casa de tejas y el barracón hay un trecho de calle, una cerca que obliga a rodear por el extremo y dos escalones donde los hombres tienen que ponerse de acuerdo para no inclinarlo.

Alejandro abre los ojos al primer desnivel.

Marticorena camina detrás, con la cartera y el cuaderno bajo el brazo; ha recogido también la llave del baúl, porque el enfermo la buscaba sobre la cama sin poder encontrarla.

El barracón está cubierto de nipa. Las hojas, sujetas unas sobre otras, descienden hasta un alero bajo que obliga a agachar la cabeza al entrar por un costado.

Dentro hay una claridad repartida en franjas: el día se filtra por las junturas, toca el borde de una manta, la tierra barrida entre dos catres, un pie que asoma y vuelve a esconderse.

El espacio huele a ropa caliente, a madera húmeda y a algo acre que Marticorena no identifica hasta que ve preparar el paño de mostaza.

Al fondo, un hombre está cambiando de sitio una vasija para recoger una gotera antigua; aunque ahora no llueve, el agua retenida en la cubierta sigue encontrando por dónde caer.

Entre los postes, las mantas tendidas para separar los catres dejan ver, cada vez que alguien pasa y las aparta con el hombro, pequeños interiores de tela donde una taza descansa en el suelo, una chaqueta sirve de almohada y los zapatos están juntos, vueltos hacia el hueco por el que entró su dueño.

Ponen a Alejandro junto a una abertura desde la que el practicante puede observarlo sin apartarse mucho de los demás.

El médico da las indicaciones y se marcha a visitar otro puesto.

Marticorena no pregunta cuántos enfermos lo esperan.

Comprueba que hayan traído una manta, deja la cartera donde no pueda mojarse y espera a que el practicante le diga algo.

Este ha deshecho un pliegue debajo del hombro del enfermo; lo alisa con la mano y vuelve a doblar la tela por otro sitio.

—¿Cólera?

El hombre asiente.

Marticorena se queda mirando la jarra. Tiene sed desde que salió, pero alarga la mano hacia su sombrero. Antes de irse avisa que volverá después de despachar los asuntos de la mañana. Alejandro mueve los labios. Se acerca para oírlo.

—La segunda columna.

—Sí.

—No está sumada.

Marticorena le dice que la dejará como está. Es lo único que consigue entenderle por entero.

Durante el día, el practicante cambia los paños, frota las piernas que vuelven a contraerse y acerca a los pies recipientes de agua caliente envueltos en tela.

A veces Alejandro soporta el contacto; otras retira la pierna con una brusquedad que hace pensar que dispone de más fuerzas de las que le quedan.

Le ofrecen una bebida caliente en cantidades pequeñas.

Pide agua, bebe, tiene que detenerse. El vaso permanece junto al catre para el siguiente intento.

Marticorena regresa al caer la tarde y encuentra al muchacho de la casa sentado fuera.

Le ha traído una camisa limpia y no sabe a quién dársela.

El comisario la toma. La tela está doblada con cuidado, húmeda en el lugar donde el chico la ha sostenido tanto rato.

Le pregunta si ha cerrado bien la casa. El muchacho repite que sí y continúa sentado.

Marticorena entra sin decirle que puede marcharse; piensa que acaso esté esperando otra cosa, pero no se le ocurre ninguna que él pueda ofrecerle.

Han encendido un quinqué. Bajo su luz, el rostro de Alejandro tiene honduras que esa mañana estaban menos marcadas, y la piel de la mano, cuando el practicante la saca de debajo de la manta, parece demasiado grande alrededor de los dedos.

Marticorena pregunta si ha podido dormir.

El enfermo vuelve los ojos hacia él. Había hecho la pregunta al practicante y le avergüenza haber hablado por encima de un hombre que todavía puede oírlo.

Se sienta. Desde allí ve la abertura del barracón y, más allá, la parte baja de la cerca, donde unas hierbas aplastadas conservan el paso de la camilla.

Durante unos minutos sigue sus contornos para no observar cada respiración.

Había creído conocer bien a Alejandro: la letra, la manera de entregar una cuenta con el dedo ya puesto en el asiento que requería explicación, la susceptibilidad con que recibía una corrección antes de reconocer que era justa.

De su modo de pasar una noche no sabe nada.

Tampoco sabe dónde querría tener las manos un hombre al que nunca ha visto sin algo que sostener.

El practicante le levanta la manta para retirar un recipiente que se ha enfriado. Marticorena recoge la camisa del suelo antes de que alguien la pise y se la deja cerca, sin decidir si debe ayudar a cambiarlo. Permanece sentado hasta que lo llaman desde la puerta.

A las tres de la madrugada del catorce empieza a llover.

El primer ruido se confunde con las hojas que rozan la cubierta; después las gotas se juntan en el alero y el agua cae de continuo sobre la tierra, abriendo una línea más oscura alrededor del barracón.

Han vuelto a llamar a Marticorena. Se pone el chaleco de la víspera y sale con el cuello descubierto.

El practicante busca el pulso en la muñeca de Alejandro.

Cambia la posición de los dedos, aguarda, apoya la otra mano.

Marticorena mira ese trabajo sin pedirle el resultado.

Las uñas del enfermo tienen un color azulado, casi ajeno al de la piel, y cuando intenta hablar la voz le sale tan baja que el comisario ha de acercarse hasta notar el frío de su aliento en la mejilla.

—La caja.

—La tengo cerrada.

—Hong Kong.

Marticorena cree que se refiere a un envío del servicio.

Busca en la cartera una relación que no ha traído.

Alejandro insiste, pero las palabras siguientes se pierden; mueve una mano debajo de la manta como si quisiera sacarla y luego renuncia.

El comisario le pide que no se preocupe.

Inmediatamente desearía haber dicho algo que le permitiera contestar.

La frase lo ha dejado otra vez a solas con la respiración del enfermo.

Cuando llega el capellán, Marticorena se aparta hacia la entrada.

El sacerdote se inclina y espera una respuesta antes de continuar.

Habla cerca del oído; a veces calla para escuchar, y el ruido del agua impide distinguir desde la puerta si el enfermo ha contestado o si ha sido él quien ha vuelto a empezar.

El comisario permanece de espaldas. En el patio, el muchacho lleva un recipiente vacío apretado contra el pecho para que no se lo llene la lluvia antes de llegar al pozo.

La mañana tarda en aclarar. El cielo conserva un mismo gris, extendido sobre las construcciones bajas, y por momentos parece que el día no hace otra cosa que revelar la cantidad de agua acumulada durante la noche: charcos al pie de los postes, hojas vencidas sobre un sendero, una manga escurrida junto a la puerta.

Cada vez que el viento cambia, entra una neblina fina y el practicante protege el quinqué con la mano antes de moverlo. Nadie ha podido apagarlo todavía.