6 · Correspondencia de oficio #2
Esta casa no tiene un lugar que pueda declararse definitivamente seco.
La lluvia cambia de dirección y hay que cambiar con ella la mesa, la silla o la intención con que uno se había sentado.
Ayer escribí cerca de la puerta hasta que empezó a entrar agua por debajo; al retirarme hacia el interior quedó fuera un extremo de la estera, y lo que tardé en advertirlo bastó para que la humedad avanzase por ella.
La he puesto a secar sobre dos bancos. Me ha dejado un espacio desnudo en el suelo que parece mayor que la habitación amueblada.
Procuro no cruzarlo descalzo: debajo estaba la tierra más fría y todavía conserva agua en las desigualdades.
No mande una caja vacía para recoger el espejo.
Cuando haya ocasión, procuraré el embalaje aquí.
La carta saldrá por Hong Kong si alcanza la conducción que me han indicado; prefiero no ponerle un día de llegada y que luego considere usted perdido lo que solo viene despacio.
Me pregunta si conozco a los hombres que llevan nuestros pliegos.
A veces veo a quien recibe el paquete, nunca a todos los que lo entregan después.
Ponga la dirección entera, aunque le digan que bastará con mi nombre.
Su hijo afectísimo,
Alejandro.
Saigón, 8 de julio de 1861
Mi querida madre:
Acuso recibo de su carta de 2 de mayo. Celebro que Carlos haya dejado de pedir los zapatos que ya no le sirven.
No creo que necesite llevarlos a la cama para que podamos estar seguros de que les tiene cariño; guárdelos donde le parezca conveniente y dígale que yo también he tenido que dejar cosas que no podía llevar conmigo.
Me pregunta si han terminado las operaciones.
Lo que puedo trasladarle son noticias de los partes: la entrada en Mỹ Tho, el 12 de abril, se hizo sin resistencia en la ciudad, pero no debe confundirse esa entrada con todo el camino que hubo que recorrer para llegar a ella.
El 19 de mayo se declaró el estado de sitio en Saigón y en Mỹ Tho; el 22 de junio fue atacado el puesto de Gò Công, por unos seiscientos hombres según la relación que he visto.
Los papeles que recibimos dan cuenta de un lugar antes de que la noticia del siguiente permita saber qué se ha conseguido conservar.
No me parece prudente reunirlo todo en una sola respuesta afirmativa.
En la oficina seguimos distinguiendo lo solicitado de lo entregado.
La diferencia ocupa poco en una columna; averiguar quién recibió lo que falta puede llevar una mañana, sobre todo si la persona a quien habría que preguntar ha cambiado de destino.
He pasado hoy al francés un estado de transportes y he tenido que rehacer dos líneas porque la palabra con que yo nombraba la carga no decía a los otros lo mismo.
Discutíamos delante del bulto y, aun así, no terminábamos de acordar qué debía ponerse.
Un hombre lo abrió. Entonces resultó que todos teníamos parte de razón y que hacía falta separar las partidas.
Los cajones llegan con el barro del lugar donde han esperado, y al descargarlos dejan sobre las tablas un borde oscuro que permite saber dónde estuvieron después de retirados.
Me toca trabajar junto a una abertura por la que se ve el arroyo: a primera hora hay embarcaciones inmóviles tan cerca unas de otras que las personas pasan entre ellas como si continuase el suelo; más tarde una se aparta, queda una franja de agua brillante y de pronto ya no se puede ir por donde hace un instante había cruzado alguien cargado.
La gente busca otro paso sin mostrar sorpresa.
Yo he perdido dos veces el hilo de una cuenta por mirar cómo conseguían hacerlo.
No es fácil escribirle del día sin que parezca que me quejo de él.
Hay horas agradables. Cuando termina el aguacero y aún no hemos empezado a sentir otra vez el calor, se puede permanecer en la puerta sin hacer nada, escuchando a los que vuelven a sus ocupaciones.
Ayer un compañero me preguntó qué esperaba.
Le dije que nada, y quiso saber entonces por qué no entraba.
Acabó quedándose a mi lado hasta que nos llamaron.
Ninguno de los dos tuvo después nada que contar del rato que habíamos estado allí.
Leo por las noches, aunque con frecuencia tenga que volver a la página anterior porque he estado pasando los ojos sin enterarme.
No me sucedía con tanta facilidad en Madrid, o no lo recuerdo.
Aquí cualquier voz que pronuncie mi nombre desde fuera basta para interrumpirme, incluso cuando llama a otro.
A veces son los pasos los que me hacen dejar el libro: reconozco al hombre que viene con una orden por su manera de detenerse antes de entrar.
Si pasa de largo, no siempre recupero enseguida el gusto de la lectura.
Agradeceré que en su próxima carta me cuente alguna cosa que no deba contestarse. La leeré con atención.
No comprometa agradecimientos por la plaza que menciona. Conserve la noticia y el nombre de quien se la ha dado. Lo demás podremos resolverlo cuando exista algo que resolver. La abraza su hijo,
Alejandro.
Comisaría de las fuerzas españolas en Cochinchina
Salida núm. 43. Justificantes
Sr. Jefe:
En cumplimiento de lo prevenido, se remiten los justificantes recibidos para su confrontación con la relación de transportes, debiendo advertirse que el duplicado de un recibo se acompaña únicamente para aclarar el concepto y no constituye una segunda partida de abono.
Quedan reclamados los documentos que faltan, cuya ausencia se hace constar sin presumir por ella que el servicio haya dejado de prestarse.
Se ruega que las observaciones se expresen por número de asiento, para evitar que una misma diferencia sea trasladada a dos partidas distintas al extenderse la cuenta en ambas lenguas.
Dios guarde a V. S. muchos años.
Saigón, 12 de julio de 1861.
El comisario.—[Rúbrica.]
La mano izquierda retiene el pliego contra la mesa. Alejandro moja la pluma, la saca y vuelve a hundirla en el tintero. Una gota cae sobre la primera letra de José. Pasa el borde del secante sin borrar el nombre; queda una sombra junto al trazo. Espera a que seque y continúa por el mismo renglón.
Saigón, 26 de julio de 1861
Mi querida madre:
Acuso recibo de su carta de 18 de mayo. He visto el estado de los censos y le agradezco que lo haya separado de las cuentas de la casa.
No pida otra relación por una diferencia tan pequeña antes de comprobar si procede de los portes.
En el pliego anterior había una cantidad añadida al pie que no figuraba en la suma; puede que esté ahí lo que falta y no en un nuevo error del administrador.
Respecto del sastre, sírvase darle el resto de lo convenido y recoger el recibo.
Si de aquí a diciembre no hubiese yo dispuesto otra cosa, sírvase V.
atender lo que la casa de Manila le haga presente sobre el menor José, a quien tengo reconocido por escritura.
En cuanto a la caja para Carlos, aguarde a que le confirme su expedición; el compañero que tiene el abanico sigue sin cerrar la suya y no deseo que haga gastos por recibir un paquete que aún permanece en Manila.
He pedido que me traigan dos sobres de mayor tamaño.
Los que tengo obligan a doblar las hojas una vez más y después cuesta reunirlas sin que se rompa el papel por las esquinas.
Si encuentra alguna línea marcada al abrir, póngala bajo un libro; no intente deshacer el pliegue con la uña.
Me parece que usted hace eso al leer las cuentas, aunque puede que lo recuerde de otra persona.
Hay gestos que, al estar lejos, se reparten entre quienes viven en una misma casa y acabo por atribuírselos todos a usted.
Esta tarde he regresado a caballo por el llano al que los franceses llaman Plaine des Tombeaux.
Había salido para ocuparme de una conducción y he apuntado en el cuaderno el precio del sampán: media piastra.
El hombre me lo repitió mientras señalaba el cajón; comprendí la cantidad antes que el recorrido.
Después busqué el papel donde constaba el destino y pudimos terminar.
En el llano hay sepulturas bajas, algunas rematadas como pequeñas pagodas, otras casi escondidas por la hierba que se levanta junto a la obra.
Al atardecer, entre los aguaceros, sus bordes recogen una claridad pálida que no llega al suelo; se distinguen primero los remates, luego un costado, y solo al acercarse aparece el sendero que pasa entre ellos.
El caballo elegía dónde poner las patas con más cuidado del que yo había tenido al salir.
Lo dejé ir despacio. A una distancia corta, unos buitres se apartaron de la hierba y volvieron a posarse más allá, sin alejarse del lugar en que estaban; uno permaneció inmóvil hasta que lo tuve casi al lado.
Vi la tierra pegada a sus patas antes de que abriera las alas.
Empezó de nuevo a llover cuando ya distinguía las construcciones próximas al cuartel.
La ropa había recibido tanto calor durante el día que tardé en notar el agua sobre la espalda.
Todavía mojado, he abierto el baúl para sacar una camisa.
La caja del espejo estorbaba; al apartarla he levantado la tapa para comprobar que el paño seguía en su sitio.
Una gota de mi manga ha mojado la plata del mango.
La he secado antes de cerrar. Aun húmeda, no estaba fría.
Su hijo, que la abraza,
Alejandro.