El reflejo de Oriente. El espejo Makyo 6 · Correspondencia de oficio
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6 · Correspondencia de oficio

Mi querida madre:

Las lluvias me han obligado a mudar de sitio cuanto había colocado contra la pared.

La casa que alquilo junto al cuartel es baja; llaman aquí caïnha a estas casas, aunque hay entre ellas diferencias que convendría conocer antes de tomar una.

La mía tiene tejas. Durante la tarde conservan el calor y, cuando llueve encima, baja del techo un aire tibio que mueve los papeles sin refrescar a quien los escribe.

He apartado el baúl del muro y lo he alzado sobre dos pedazos de madera.

Al hacerlo encontré en el suelo la señal de sus patas, como si llevara muchos años allí; bastó pasar un trapo para quitarla, pero he dejado los maderos por si el agua vuelve a buscar el mismo camino.

Desde la puerta se ve un tramo del patio del cuartel, una tapia reparada con materiales de distinto color y, por encima, las hojas que la lluvia inclina hasta hacerles soltar de golpe lo que han recogido.

A esa hora todo parece ocurrir dos veces: cae el agua del cielo y después cae de los árboles, de las tejas, de una manga que alguien exprime junto al pozo.

Las personas esperan en los umbrales con una paciencia que yo no tengo; cuando me decido a atravesar, descubro que he elegido precisamente el momento en que arrecia, y llego a la mesa con el papel seco dentro de la cartera y el resto de mí dispuesto para escurrirse.

Un compañero me ha aconsejado que haga lo contrario: aguardar cuando tenga prisa.

Le he pedido que empiece él y vendré detrás.

No gaste en mandarme camisas. Lo necesario aquí es poder alternarlas; una que parecía seca al guardarla amanece con la humedad de las otras, y así se puede disponer de un armario lleno sin encontrar ninguna que apetezca ponerse.

Me ha salido un sarpullido en el cuello y en los brazos.

No me impide trabajar, aunque al sentarme procurando no rozarlo acabo en una postura que perjudica a todo lo demás.

He pagado por lavar aparte algunas prendas y, si ve usted aumentado ese gasto, no lo atribuya a mayor cuidado de mi persona que el habitual.

Me hablan de hombres que, estando sanos, han conseguido bajar a cabo San Jacobo para bañarse.

La recomendación me llega con tanto entusiasmo que sospecho que lo mejor del baño es haberse ausentado del despacho.

Yo no he solicitado ir. Hay cuentas pendientes, y tampoco sé cuánto costaría una ventaja que todos describen por lo que deja de hacerse mientras dura.

Por ahora duermo con la ventana abierta hasta donde permite la lluvia; el mosquitero se mueve poco y debo apartarlo de la cara antes de volverme.

Me alegró recibir las medidas de Carlos.

Las he anotado en un papel que no guardaré con las cuentas, porque ya confundí una vez la fecha de una carta con una cantidad y prefiero no hacer crecer al niño por error.

Repítase usted lo que suele decirme: que no todo necesita resolverse el día que se recibe. Su hijo, que la abraza,

Alejandro.

Comisaría de las fuerzas españolas en Cochinchina

Salida núm. 19. Cuentas

Sr. Jefe:

Remito a V. S. el estado adjunto de las raciones suministradas, transportes satisfechos y jornales de los trabajadores empleados en la conducción de efectos durante el período que comprende, con separación de las cantidades abonadas en plata y de las reducidas a moneda menuda para su pago, a fin de que la diferencia del cambio pueda confrontarse con los justificantes y no se comprenda entre los gastos del transporte.

Los recibos pendientes se relacionan por separado, sin incluir sus importes entre las partidas satisfechas; y se dará cuenta de cualquier diferencia que resulte al reunirse los documentos, para que pueda rectificarse el estado antes de su remisión definitiva.

Dios guarde a V. S. muchos años.

Saigón, 18 de mayo de 1861.

El comisario.—[Rúbrica.]

Al margen, de otra mano: «Conforme».

Saigón, 4 de junio de 1861

Mi querida madre:

Acuso recibo de su carta de 1 de abril. Me alegra que haya salido a ver a las Alcázar y que la visita fuese menos penosa de lo que esperaba.

No hace falta que repita para mí toda la conversación.

Basta saber cómo la recibieron y si podrá volver sin que sea necesario disponerlo con días de anticipación.

Conserve el paño que le ofrecieron; siempre habrá en casa dónde emplearlo.

Esta mañana he vuelto por las cercanías de la antigua ciudadela, donde ardieron los depósitos de arroz después de la voladura de 1859.

Queda arroz quemado que no ha terminado de consumirse.

Me lo habían dicho y no habría sabido buscarlo si la lluvia no hubiese traído el olor: al principio parece el de una cocina donde se han olvidado de retirar la olla; después se vuelve más seco, permanece en la garganta y deja de parecer comida.

No se veía una llama. La tierra húmeda estaba oscura y entre los escombros había lugares donde un pie se hundía más que en los otros.

El hombre que iba conmigo escogía el camino sin mirarlo mucho.

Yo procuraba poner el zapato donde él acababa de retirarlo.

El agua ha abierto surcos pequeños al pie de los montones y reúne allí briznas, granos deshechos, una ceniza tan fina que, al moverla con la punta del bastón, pierde el color que tenía en la superficie.

Más allá crece hierba. Su verdor resulta muy vivo contra la tierra removida, sobre todo en los lugares donde el agua se detiene antes de encontrar salida.

Si uno levantase la vista, vería una extensión abierta, algunas tapias y los árboles que continúan detrás; pero hay que bajarla a cada paso y el lugar acaba por conocerse a trozos, una piedra firme, otra que gira, el borde de un hoyo que parecía cubierto.

Me he entretenido allí más de lo necesario.

Después he tenido que pedir que me limpiaran las botas antes de entrar con los papeles.

No sabría explicarle por qué ese olor me ha molestado más al volver que mientras estaba junto a los restos.

Lo llevaba en la ropa o creía llevarlo. En el despacho habían empezado a preparar el almuerzo, y durante un momento no acerté a distinguir cuál de los dos olores llegaba desde el patio.

Aparté el plato para concluir una suma. Cuando quise comer, el arroz estaba frío.

No lo cuento por falta de apetito; comí después lo que había y he trabajado toda la tarde sin novedad.

Ha entrado un lagarto pequeño en la habitación.

Se queda cerca de la lámpara y se alimenta con más regularidad que yo, sin tener que buscar quien le cambie la moneda.

No estorba; lo que estorba es un muchacho que lo persigue cada vez que viene a traer agua.

Le he pedido que lo deje y ahora me pregunta si deseo que cierre también la puerta para que no se marche.

Dije que sí por acabar la conversación. Desde entonces me avisa cuando lo ve, como si hubiera asumido responsabilidad sobre él.

Sigo aguardando confirmación de la salida de aquella caja de Manila en que va el abanico de Carlos.

El compañero me asegura que conserva el paquete.

Le he pedido una fecha, aunque sé que no la obtiene por el hecho de que yo la pida.

No compre otro entretanto ni le dé al niño motivos para esperar una cosa cuya llegada todavía no puedo señalar.

Dele un abrazo. No necesita saber cuánto tardamos los mayores en mandar un regalo.

Su hijo,

Alejandro.

Saigón, 21 de junio de 1861

Mi querida madre:

Acuso recibo de la suya de 19 de abril. He entendido lo que dispone acerca del arrendatario y no creo que desde aquí pudiera proponerle una solución mejor.

Si ha ofrecido pagar una parte, conviene dejar escrito a qué corresponde; después cada cual recuerda con preferencia la condición que le favorece.

No acepte por mía ninguna instrucción que no vaya en carta dirigida a usted.

Compré a un cambista de la ciudad china un espejo de los chinos con un león en el mango que parece el nuestro; pienso mandárselo a V.

en la primera ocasión. Lo adquirí en abril.

Digo el nuestro por el de la puerta de la casa del abuelo: no he podido comparar los dos, naturalmente, pero reconocí el modo en que el animal apoya las patas antes de fijarme en el resto.

Tiene una de ellas más gastada. Si el de casa conserva aún la misma señal, me alegrará saberlo; también puede ser que yo recuerde como desgaste lo que era una parte del dibujo.

El hombre no hablaba castellano y hubo que entenderse por medio de otro.

Acordamos el precio y me entregó el papel de la compra, escrito en caracteres que no leo.

Lo guardo entre las hojas del cuaderno, porque me bastará con saber en qué ocasión lo recibí aunque no pueda traducirlo, y porque de otro modo, al preparar el envío, acabaría poniendo una cantidad de memoria.

No envíe a nadie a preguntar cuánto podría valer en Madrid. No lo compré para venderlo.

Hasta esta semana lo había dejado en su caja de madera sobre el arca.

He procurado acomodar la caja en el baúl y asegurar mejor el objeto dentro, sin que otras cosas carguen sobre el mango.

La primera vez que mudé el paño, la tela se deslizó al levantarlo y tuve que sujetarlo por debajo; deshice todo y empecé otra vez con una tira más larga.

Ahora lo sostienen dos vueltas del paño y una atadura que no toca directamente la plata.

He retirado una camisa para hacerle sitio a la caja.

Es la que menos uso, de manera que por el momento la elección no ha sido difícil.

Aun así, me he quedado mirando el baúl abierto, calculando cuánto trabajo supondría sacar una sola cosa del fondo sin tener que volver a poner las demás.