El reflejo de Oriente. El espejo Makyo 5 · Al cambio del día #3
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5 · Al cambio del día #3

Pregunta de dónde viene el espejo. El cambista responde señalando los bronces del fondo y hace una explicación más larga que la anterior.

El intérprete habla de casas vaciadas, de ventas y de objetos que han pasado por varias manos; no le da el nombre de un dueño.

Alejandro podría pedir que preguntara otra vez.

En cambio quiere saber si el león está entero.

El hombre vuelve la empuñadura, sin levantar el disco del paño, y deja que examine la pata y el borde de la cabeza.

Paga con las cinco monedas de su bolsillo.

Las seis piastras del servicio ya están apartadas con la cuenta del cambio; no entra una sola de ellas en la compra.

Pide un recibo. El cambista saca una tira de papel fino, escribe a pincel y aplica un sello rojo; después lo acerca a la balanza para dejar libre la mesa y una mancha del soporte se imprime cerca de un extremo.

Alejandro espera a que seque. Puede reconocer dónde ha cambiado el espesor del trazo, pero no qué dice.

El intérprete le lee el contenido: un espejo, el precio, la recepción del dinero. Alejandro pregunta si también pone de dónde viene. No lo pone. Retira el papel, lo pliega en cuatro y lo guarda en el bolsillo interior.

Le ofrecen una caja de madera que es algo mayor que el espejo.

El ayudante la rellena con paños y acomoda la empuñadura de modo que no baile al moverla.

Alejandro sostiene la tapa mientras termina; ve que el joven deja fuera una punta de tela, para que pueda levantarse el objeto sin tirar del mango.

Se lo agradece por medio del intérprete.

El ayudante ya está cerrando el cajón donde guardará los cordones sobrantes.

Por la noche, en Saigón, Alejandro saca el recibo para ponerlo con sus papeles.

La caja queda sobre un arca del cuarto, cerrada.

Ha terminado de comprobar las ligaduras, pero aún no ha pasado en limpio el oficio; aparta las cuentas y toma una hoja suelta del cuaderno.

No escribe un destinatario. Al alisar el recibo con dos dedos, el papel conserva un hueco entre los pliegues, un sitio que no llega a tocar la mesa.

Lo mantiene abierto junto a la hoja mientras busca una manera de empezar.

«Diecinueve de marzo. El año pasado.

»Estás fuera del cuarto y no puedes entrar. Has llamado una vez; Ambrosia ha abierto lo justo para preguntarte qué quieres y no has sabido contestar. Quieres entrar. Eso no le sirve. Te pide agua y te da un recipiente para que bajes al patio.

»En la escalera tienes que poner la mano contra la pared.

No llevas lámpara. Desde arriba llega la claridad de la vela que han dejado junto a la puerta y desde abajo, por el hueco del patio, una luz más débil que no alcanza los peldaños.

Hay una cuerda tendida. La descubres al pasar debajo y sientes un paño en la cara, fresco, pegado un instante a la boca.

Te apartas con violencia. La cuerda sigue moviéndose cuando llenas el recipiente.

»Agua hasta aquí. Más sería derramarla. La subes mirando la superficie, procurando que no llegue al borde cuando cambias de escalón.

A mitad del tramo oyes la voz de Rosario.

No distingues las palabras. Te detienes, el agua continúa moviéndose y una parte cae sobre la madera. Ahora, además, puedes resbalar.

»Juana te abre. Se lleva el agua y deja la puerta entornada.

Ves el extremo de la cama, una pierna de la comadrona, el paño que alguien retira de una silla.

Rosario dice algo y esta vez reconoces tu nombre.

Crees que te ha llamado. Ya has puesto una mano en la puerta cuando oyes que manda que apartes los libros del banco.

Están allí desde la tarde. Los quitaste de un estante para revisar la madera, dijiste que acabarías enseguida y allí siguen, ocupando el sitio donde hace falta sentar a una persona.

»Los llevas de dos en dos. No tienes dónde apoyarlos y terminas dejándolos sobre tu ropa.

Desde la ventana oyes una carromata; el caballo avanza despacio y las ruedas encuentran todas las desigualdades de la calle.

Quieres que pase. El ruido se prolonga, se detiene, vuelve a empezar.

En otra casa siguen despiertos. Alguien se ríe y después tose.

»El banco, ya vacío. Una vela más corta que antes. El agua en los peldaños que nadie ha secado.

»Cuando por fin te dejan pasar, Rosario te mira desde la almohada.

Quieres preguntarle si está bien, pero la pregunta te parece tan inútil como haber llamado a la puerta.

Ella te pide que acerques la silla. La arrastras y el ruido te hace detenerte.

Ahora levántala. No necesita decirte que la levantes.

»El niño está al otro lado. Lo ves entre paños, una parte de la cara y una mano que sale cuando la mujer que lo sostiene cambia de postura.

No puedes saber todavía a quién se parece.

Rosario te coge dos dedos. Tiene la mano caliente.

Tú la tenías cerrada y has tenido que abrirla para que pudiera cogerlos.

»Te quedas sentado. La comadrona habla con Ambrosia, da unas indicaciones que procuras retener y que enseguida se confunden. Rosario cierra los ojos sin soltarte. Has dejado de esperar que te encarguen algo.»

Alejandro apoya la pluma. No ha escrito el nombre del niño.

Hay sitio para añadirlo, pero dobla la hoja antes de que la tinta termine de secarse y el recibo queda prendido entre las dos mitades.

Lo abre otra vez para acomodar los pliegues, que no coinciden.

Después guarda ambos papeles dentro del cuaderno.

Comisaría de las fuerzas españolas de Cochinchina

Saigón, 11 de abril de 1861

Sr. Comisario:

Tengo el honor de remitir a V. la cuenta del cambio efectuado en Chợ Lớn el día diez del corriente, por la cual las seis piastras mexicanas recibidas para el servicio han producido treinta ligaduras de seiscientas sapecas cada una, sin deducción por comisión.

Las treinta ligaduras se han entregado por iguales partidas de tres a los diez trabajadores comprendidos en la relación adjunta, en concepto de anticipos para los acarreos de la semana entrante, quedando satisfecho el cargo de seis piastras y sin sobrante en poder del encargado.

Acompaño la hoja de cambio y las constancias de entrega para su confrontación con la relación de trabajadores.

Dios guarde a V. muchos años.

Alejandro de Silva y Cañizares.

Acaba la copia cuando el sol ya alcanza el extremo de la mesa.

Un hombre llega con el dinero de otro encargo y lo deja junto al tintero; Alejandro busca el recibo que debe darle, comprueba la cantidad y vuelve a recoger las monedas.

La plata ha permanecido al sol mientras hacía la cuenta.

La primera le quema los dedos y cae de canto sobre la madera, gira, golpea a las otras.