5 · Al cambio del día #2
El siete de marzo recibe un parte fechado la víspera.
Lo pone a la izquierda de la hoja limpia y empieza por comprobar los nombres de los oficiales que lo acompañan.
El de Fajardo aparece en el informe del veinticinco; el de Fernández, en el del veintiséis.
En la mesa han dejado sitio para una tercera relación que todavía no está allí.
Alejandro pregunta por ella. Le dicen que se remite aparte.
Fuerzas españolas de Cochinchina
Copia del parte de 6 de marzo de 1861
Excmo. Sr.:
Tengo el honor de participar a V. E. que en la madrugada del veinticinco del mes próximo pasado las fuerzas españolas concurrieron a las operaciones contra las posiciones enemigas de Kỳ Hòa, bajo el mando del comandante D.
Enrique Fajardo, a quien hube de entregarlo por haber quedado imposibilitado de continuar a consecuencia de la herida recibida en la pierna derecha el día veinticuatro.
Herido asimismo dicho comandante durante la acción del veinticinco, quedó al frente de las fuerzas D.
Ignacio Fernández, cuyo informe se acompaña con el del primero.
El estado correspondiente a la acción del veinticinco expresa treinta y dos heridos y catorce contusos, que hacen un total de cuarenta y seis bajas.
Se remitirá por separado la relación de individuos, con expresión de su clase y destino, a fin de que puedan completarse las noticias que V. E. tenga por conveniente solicitar.
Dios guarde a V. E. muchos años.
Ambulancia de Saigón, 6 de marzo de 1861.
Carlos Palanca y Gutiérrez.
Excmo. Sr. Gobernador y Capitán General de Filipinas.
Alejandro deja la copia donde la tinta pueda secarse sin que otra hoja la roce.
El cansancio le llega por la nuca. Lleva la cabeza inclinada desde la mañana y al alzarla ve una puerta que hasta ese momento no había advertido: está abierta, a su izquierda, y al otro lado alguien ha dejado dos zapatos sobre una tabla.
Uno tiene todavía el cordón atado. Durante unos segundos le preocupa más que vayan a llevárselo sin deshacer el nudo que encontrar la relación que falta.
Días después le llega una noticia francesa de fallecidos a consecuencia de las heridas. Dos nombres aparecen al final, escritos con una claridad que le permite copiarlos sin vacilar. Lo hace. Luego vuelve al primero, coge un lápiz y prueba, al margen, otra forma:
Jean Leviseruz
Juan Lavizares?
Barnabé Fovella
Bernabé Fabella?
Acerca la hoja al empleado que ha traído los papeles.
Este examina las letras, pronuncia una vez el segundo apellido y se encoge de hombros.
Tampoco los conoce. Alejandro conserva las interrogaciones.
En la copia que prepara para remitir a Manila deja las formas francesas; la hoja de sus pruebas queda entre las páginas del diccionario, en el lugar donde ha buscado una palabra del encabezamiento.
El diez de abril baja a Chợ Lớn con seis piastras del servicio y una hoja donde constan los anticipos de diez trabajadores para los acarreos de la semana siguiente.
Lo acompañan dos hombres que han de volver con el cambio y un intérprete que ya ha tratado con el cambista.
Alejandro lleva además dinero propio, separado.
Antes de salir ha contado ambas cantidades; no quiere encontrarse al regresar con una suma correcta y dos procedencias que no sepa distinguir.
En el camino, la tierra de los arrozales secos está dividida por bordes que desde lejos parecen continuos y al acercarse dejan ver pasos estrechos, huellas recientes, pequeñas aberturas por donde el agua podrá entrar cuando vuelva a haberla.
Los hombres eligen esos pasos sin hablar.
Alejandro los sigue procurando no poner el pie donde una costra clara oculta una hondonada.
A ratos el polvo les alcanza las rodillas; luego encuentran un tramo de sombra y el suelo cambia de color, adquiere la profundidad oscura que él asocia con estar mojado, aunque al pisarlo levanta el mismo polvo.
Sobre las zanjas se inclinan ramas que todavía conservan hojas.
Entre ellas hay telas enganchadas, un cabo de cuerda, algo que fue envase antes de que el viento lo llevara allí.
El intérprete se detiene en una bifurcación para esperar a los hombres.
No tiene prisa por llegar más temprano que quien habrá de cargar.
Señala hacia el norte del camino la pagoda que los franceses llaman de los Clochetons; Alejandro alcanza a distinguir la elevación de los tejados, parte de un cerramiento y unas figuras que se mueven en el espacio despejado de delante.
Desde aquí las posiciones de las que ha escrito a Madrid vuelven a tener distancias.
A una línea trazada con tinta le falta lo que ahora lo obliga a beber: el tiempo entre dos lugares.
El taller está en una calle que se aparta de la vía de entrada a Chợ Lớn.
Hay cestos esperando cerca de las puertas y, bajo los aleros, hombres sentados sobre bancos donde las mercancías dejan poco sitio.
En una casa están pesando un saco que ninguno de los que discuten quiere tocar; en la siguiente, una mujer lava dos cuencos con el agua de un tercero.
Alejandro se aparta de la que derrama, pisa un borde levantado del suelo y pierde un instante el equilibrio.
El intérprete continúa hablando. Debe de llevar mucho tiempo acompañando a hombres que tropiezan.
El cambista trabaja detrás de una mesa alta.
Es de Cantón, le dice el intérprete mientras ellos se saludan; lo demás que se dicen no lo traduce.
Hay una balanza pequeña sobre una repisa, otra mayor que cuelga del techo, cajas abiertas con metal y un paño donde descansan piezas de plata cortada.
En el fondo han puesto bronces de tamaños distintos: un recipiente apoyado de costado, una lámpara sin aceite, dos patas que conservan tornillos ajenos a los agujeros donde deberían entrar.
Desde la casa contigua llega un olor dulce, pesado, que se hace más intenso cuando alguien abre una puerta.
Alejandro no consigue distinguirlo del olor caliente de la madera.
Pone las seis monedas mexicanas sobre la mesa.
El cambista las separa, examina los cantos y hace sonar una contra el tablero.
Después habla con el intérprete. Le ofrecen treinta ligaduras; cada una reúne seiscientas sapecas ensartadas.
Alejandro anota el cambio junto a la fecha y pide que cuenten una delante de él.
El hombre no se ofende. Llama a un ayudante, le pone el cordón en las manos y prosigue con otra tarea mientras el joven empieza a separar monedas en grupos pequeños.
Algunas son tan gastadas que Alejandro distingue mejor el hueco central que las señales de sus caras.
Suenan de una manera más ligera que la plata.
El ayudante trabaja deprisa, pero no tanto que no puedan seguirlo; cuando llega al extremo, vuelve a reunirlas y hace un nudo.
Alejandro comprueba las ligaduras restantes por grupos, coteja la cantidad y pregunta si hay algún descuento por el cambio.
El intérprete repite que recibirá las treinta.
Es el cambio convenido para esta operación.
Lo escribe sin convertirlo en una proporción que le sirva mañana.
Mientras preparan los cestos, ve el mango.
Sobresale detrás de una caja, apoyado contra un objeto envuelto.
El león tiene una pata adelantada y un volumen en la cabeza que le resulta familiar antes de reconocer de dónde.
Alejandro pide que se lo acerquen. El cambista aparta un paño y pone el espejo sobre la mesa, con el disco hacia abajo.
Él lo levanta por la empuñadura sin volverlo.
Sabe que en la puerta de la casa de su abuelo en Madrid hay un león parecido, con esa manera de hinchar el pecho y de sostener la pata; no necesita ver otra vez la puerta para recordar el relieve donde se acumulaba el polvo, por encima del alcance de la mujer que limpiaba.
—Pregúntele cuánto quiere.
El intérprete espera a que termine de examinarlo.
Alejandro palpa el costado del mango y encuentra, en una unión, una rebaba que obliga al pulgar a cambiar de sitio.
Hay metal amarillo, una guarnición clara de concha, plata y pequeños adornos cuyo color no es el del disco.
No sabe cuánto de aquello debe incluirse en el peso.
El cambista prepara la balanza y le pide el espejo; lo apoya con cuidado, retira las manos cuando está seguro de que no resbalará y espera a que el brazo se estabilice.
Habla en taeles. El intérprete explica la cantidad de plata, después la expresa en las monedas que Alejandro lleva: cinco piastras.
Alejandro vuelve a preguntar. El cambista repite la cifra y señala los adornos. No ha pesado solamente bronce.
Cinco. Puede pagarlas y seguir teniendo dinero para sus gastos.
Eso es lo primero que calcula; lo segundo llega con una incomodidad que no había previsto, porque ha firmado una cantidad mensual en Manila y todavía no ha dispuesto la primera remesa.
Guarda silencio. El intérprete, creyendo que espera una rebaja, vuelve a hablar.
Alejandro lo interrumpe antes de que haya terminado.
—No. Quiero saber si puede envolverlo.
No había salido a comprar nada. Ahora le parece que volver sin ese león exigiría una decisión tan precisa como llevárselo, y le molesta la facilidad con que un objeto acaba de introducirse entre las cosas necesarias de la mañana.
Lo pone otra vez sobre el paño. Los hombres que cargarán los cestos esperan junto a la entrada; uno se ha sentado y se frota la marca que el cordón de una sandalia le ha dejado en el pie.
Alejandro oye detrás el recuento final de las sapecas, la voz del ayudante que repite una cifra.
Todo puede continuar mientras él decide.