5 · Al cambio del día
Al saltar a tierra, Alejandro pierde de vista la caja de libros.
La había dejado junto al baúl, mientras buscaba la copia de su orden, y ahora el baúl sigue allí pero un hombre se aleja con la caja entre los brazos.
Lo llama. El hombre no se vuelve; hay demasiadas personas gritando alrededor para que una voz más le parezca dirigida a él.
Alejandro tiene que alcanzarlo y ponerle una mano en el hombro.
Entonces el hombre señala el sitio donde están reuniendo los bultos, a unos pasos de un carro, y Alejandro suelta la caja que acaba de sujetar por debajo.
Los dos han estado sosteniéndola durante un instante.
Es el veintidós de febrero. Lleva seis días fuera de Manila y la tierra, bajo los pies, conserva todavía una inclinación que no le corresponde.
Espera a que coloquen su equipaje antes de dirigirse al cuartel.
El sable le golpea la pierna de una manera difícil de corregir sin parecer que lo lleva por primera vez.
La ribera se extiende en un espacio donde el polvo de las calles llega casi hasta el barro de la orilla.
Entre ambos hay una hilera desigual de cobertizos, aparejos puestos a secar y montones de madera cuyos extremos, recién cortados, conservan una palidez que contrasta con las tablas oscuras de los embarcaderos.
Más allá de una abertura distingue el río: no el resplandor plano que le ha ocultado las distancias durante la travesía, sino un agua parda sobre la que se cruzan las estelas de embarcaciones pequeñas, cada una inclinada hacia su carga.
Alguien sacude una estera en un portal. El polvo cae sobre otra estera.
Desde el camino solo se ven las manos de quien está dentro.
Las calles por las que lo conducen dejan aparecer, detrás de las casas cubiertas de teja, tejados bajos de hojas y cercas que continúan hasta donde el terreno se pierde entre árboles.
El guía le indica una dirección para el arroyo y otra para el arsenal; Alejandro retiene ambas con el cuidado de quien prevé necesitarlas, pero al volver la esquina ya no sabe desde qué punto las ha oído.
En una casa hay soldados comiendo junto a una puerta desmontada.
En otra, una mujer recoge del umbral una cesta y aguarda a que los extranjeros terminen de pasar.
No los mira a todos. Mira los pies del último, que ha pisado el borde de la estera.
El despacho donde debe presentarse ocupa una habitación a la que han añadido una mesa.
La pata más corta descansa sobre un retal de madera.
Alejandro ha traído la orden en una cubierta, sin embargo el oficial que la recibe le pide que la saque: tiene la mano ocupada en mantener abierto otro pliego.
Después necesita la fecha del embarque, el nombre entero y una relación de los efectos que trae para el servicio.
Los libros propios no entran en ella. Alejandro vuelve a comprobar la copia antes de entregarla y redacta el oficio de presentación en el espacio que le dejan.
Saigón, 22 de febrero de 1861
Sr. Coronel jefe de las fuerzas españolas:
En cumplimiento de lo dispuesto por el Excmo.
Sr. Gobernador y Capitán General de Filipinas en su comunicación de primero del corriente, cuya copia acompaño, tengo el honor de participar a V.
S. mi llegada en el día de hoy a esta plaza, procedente de Manila, de donde salí el dieciséis, quedando a sus órdenes para el servicio de Secretaría y Comisaría a que he sido agregado.
Ruego a V. S. se sirva disponer se me entreguen los antecedentes de las cuentas y correspondencia que hayan de ponerse a mi cargo.
Dios guarde a V. S. muchos años.
Alejandro de Silva y Cañizares.
Coronel D. Carlos Palanca y Gutiérrez.
Le devuelven la cubierta vacía. Hasta ese momento ha llevado dentro la razón de su viaje y le resulta extraño guardarla sin papel. Tiene hambre. Pregunta dónde puede comer y la respuesta incluye un camino que empieza por desandar el que acaba de hacer.
El veinticuatro, en un puesto cercano a Cây Mai donde reciben a los heridos antes de trasladarlos, Alejandro procura encontrar una superficie que no necesite otra persona.
Hay dos mesas, ambas ocupadas, un banco con ropa encima y un cajón cuyo dueño vuelve por él cuando ya ha empezado a escribir.
Se queda con la tablilla apoyada en las rodillas.
Le han pedido que ayude a reunir los nombres de los hombres de las fuerzas españolas; al principio apunta cada uno antes de mirar la cara y tiene que cambiar de método cuando descubre que un herido responde por el que está a su lado.
Un cirujano cuenta en francés. No cuenta cuerpos visibles, sino entradas, salidas, lugares que van quedando libres; cada vez que alza la voz, un ayudante se vuelve y ambos se hacen entender con palabras que Alejandro conoce separadas y no siempre reconoce al oírlas juntas.
Ha leído muchas más páginas de francés de las que ha tenido que hablar.
Aquí un acento puede obligarlo a repetir una pregunta a un hombre que ya no desea contestar.
Las camillas esperan fuera, bajo un árbol cuya sombra no basta para cubrirlas.
Los primeros que han llegado ocupan la parte más próxima al tronco; a los otros les ponen un paño sobre la cara, y el aire levanta las esquinas con una suavidad que, desde el banco, parece incompatible con los esfuerzos que hacen los hombres para encontrar una postura.
Alejandro siente vergüenza de haber pensado en la suavidad.
Baja los ojos al papel. Un soldado quiere saber si han traído también a quien venía detrás de él.
No da un nombre: señala la altura de un hombro, dice que era más bajo.
Alejandro mira hacia la entrada y promete preguntar.
El coronel pasa con sangre en el uniforme.
Alguien se adelanta para hacerle sitio. Palanca tiene una expresión de enfado que Alejandro no sabe si corresponde a la herida o al dolor que le causa cada movimiento; pide que se avise a Fajardo para hacerle entrega del mando.
Al oír que ya lo buscan, se deja llevar hacia la sombra.
Lo que ocurre después queda oculto por quienes se reúnen a su alrededor.
Alejandro conserva la pluma en el aire. Cuando vuelve a la lista, ha olvidado qué palabra debía añadir.
Del campo llegan descargas separadas por intervalos en que el oído se dispone a descansar y no alcanza.
Entre un ruido y otro persiste un zumbido, la presión del aire dentro de la cabeza.
Alejandro ve a un ayudante ofrecer agua con el fondo de un recipiente; el hombre al que intenta dársela gira el rostro, busca sitio para apoyar la mejilla y deja caer sobre el suelo lo que no puede tragar.
Nadie tiene tiempo de apartar ese recipiente antes de que otro lo pise.
La abolladura le da una estabilidad nueva.
Al día siguiente continúan llegando camillas.
Hay tierra suelta en las mantas, hojas cortadas, fragmentos de tela que no corresponden al uniforme de quien los lleva encima.
Unos hombres dejan unas escalas contra la valla del puesto; los largueros golpean las estacas y el ruido hace volverse a varios heridos.
El cirujano manda que las retiren. Alejandro tiene que levantarse para dejar paso y, cuando vuelve, encuentra su hoja bajo un codo.
No puede tirar de ella sin despertar al hombre.
Permanece de pie hasta que este se mueve.
Le han cambiado el papel. Ahora hay columnas para las heridas y para el destino.
La palabra que más le cuesta escribir es una que ha escrito muchas veces: trasladado.
Necesita saber adónde. Un cabo le contesta que pregunte al que los lleva; el que los lleva está fuera, con una camilla, y no volverá hasta que hayan descargado.
Alejandro deja el lugar vacío. Cuando el cabo regresa, ya pregunta por otro.
Saigón, 28 de febrero de 1861
Mi querida madre:
Le participo mi llegada a esta plaza el día veintidós.
No acuso recibo de carta porque desde mi salida no he recibido ninguna suya.
Las que haya enviado a Manila deberán seguirme por el conducto indicado, y le avisaré cuando lleguen para que no tenga usted que hacer conjeturas acerca de los correos.
He encontrado más trabajo del que esperaba.
La línea que llaman de las pagodas une cuatro posiciones entre Saigón y el camino de Chợ Lớn, nombre que verá escrito de distintos modos.
Son templos que sirven ahora para alojar y proteger a los hombres, y no todas las noticias que llegan a Madrid distinguen lo que había allí antes de los últimos refuerzos de lo que hay ahora.
Me abstengo de copiarle cifras que, para usted, parecerían pertenecer al mismo día.
El coronel Palanca ha sido herido y hubo de entregar el mando de las operaciones.
Por mi parte estoy bueno. He prestado auxilio en la formación de relaciones y vuelvo a mis cuentas en cuanto me entregan los antecedentes.
Procure que la palabra auxilio no dé pie a noticias exageradas; aquí se necesitan también hombres que entiendan una pregunta y la hagan llegar a otro.
Mi alojamiento está próximo a las dependencias del servicio.
La caja de libros llegó bien; una tapa ha recibido un golpe, pero el contenido no ha sufrido.
De noche oigo correr por el techo algo que no he visto y, como el ruido se repite a la misma hora, he dejado de levantarme para averiguarlo.
La lámpara alumbra lo suficiente si se la acerca al papel.
Para buscar una cosa fuera de la mesa tengo que llevarla conmigo.
Dé un beso a Carlos. No le diga que volveré para una fecha determinada. Le escribiré de nuevo en cuanto sepa algo que pueda fijarse mejor.
Su hijo,
Alejandro.