El reflejo de Oriente. El espejo Makyo 4 · Doy fe conozco #3
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4 · Doy fe conozco #3

La casa tiene las ventanas del patio entornadas.

En el suelo, el sol forma una banda que no alcanza el lugar donde están sentados; ilumina, más allá, las patas de una mesa y los hilos levantados de una estera, tan finos que Alejandro no los habría visto si la luz no los separara de lo que rodean.

Hay libros colocados de canto sobre listones, una camisa pequeña tendida en el respaldo de una silla, un plato tapado contra las moscas.

Del otro lado del patio llega el ruido de Ambrosia removiendo algo en una cazuela.

A ratos el aire trae el olor de la comida y a ratos el del agua estancada junto al desagüe.

Él ha vivido allí entre una cosa y otra sin preguntarse cuál recordaría al marcharse.

—Hay que presentarlo al cura —dice.

Rosario lee hasta el final. Con una mano detiene al niño, que quiere tocar el sello.

—¿Has ido?

—He venido a traértelo primero.

No le ha preguntado eso.

Alejandro se sienta a su lado. Sobre el marco de la ventana sigue la cruz de plata; desde allí apenas se distingue el travesaño.

José se vuelve y apoya una mano abierta en su rodilla.

Tiene una uña cortada en oblicuo y un poco de suciedad que no ha salido del pliegue de un dedo.

Alejandro se lo frota suavemente. El niño tira de la mano, protesta y vuelve enseguida a apoyarla en el mismo sitio.

Rosario ha llegado otra vez a la cantidad.

—En marzo.

—Sí. He señalado la casa por la que haré la remesa.

—¿Ya tiene el dinero?

—No todavía.

Ella dobla el papel, pero no lo guarda. Alejandro piensa en los gastos del viaje que aún debe satisfacer, en el sueldo que habrá de cobrar, en el adelanto que no ha pedido; cada cantidad tiene su razón, puede exponerlas todas sin equivocarse y sabe que, al terminar, la pregunta de Rosario seguirá siendo la misma.

Le irrita que lo sepa antes de hablar. Esa irritación le parece injusta, y durante unos segundos se ocupa de quitar del alcance del niño una astilla de la estera, agradecido por una tarea pequeña que puede hacer bien.

Después José se cansa de estar sentado y alza los brazos.

Alejandro lo toma. Le sorprende siempre el esfuerzo inicial y la facilidad con que enseguida el peso encuentra dónde acomodarse.

Pasea con él hasta la ventana; al detenerse, el niño le hunde la frente bajo la mandíbula y su respiración le humedece el cuello.

Alejandro cierra los ojos. Lo había alzado para calmarlo y descubre que es él quien necesita permanecer allí, sin que nadie le pida explicar cuánto tiempo va a durar aquello.

Rosario recoge la astilla. Al levantarse le toca el codo para que deje pasar a Ambrosia, que trae el plato. Comen más tarde de lo habitual. José se duerme antes de que Alejandro termine, con una mano todavía sujeta a su chaleco.

En el muelle, la mañana del dieciséis, el baúl ocupa el sitio donde lo han dejado y estorba a todos.

Alejandro se disculpa dos veces, aunque no puede apartarlo sin que lo ayuden.

Junto a él están el sable que le han indicado llevar y una caja donde ha puesto el diccionario y la Guía de Forasteros comprados en la tienda, envueltos para que las tapas no reciban directamente un golpe.

Una esquina de la caja ha rozado el suelo húmedo. La levanta sobre el baúl.

Rosario no ha venido. Él había contado con eso al despedirse y, aun así, vuelve la cabeza cuando oye pasos que se detienen detrás. Es un hombre que busca a otro pasajero.

Las barcas aguardan cargadas de equipaje; entre un costado y el muelle se ensancha y se cierra una tira de agua donde flotan astillas y una cáscara.

Más lejos, la luz aplana las distancias de la bahía, confunde el tamaño de los barcos y vuelve difícil saber cuál espera a los hombres reunidos allí.

Los que trabajan no miran hacia ese fondo.

Miran el cabo, la tabla, el lugar donde van a poner el pie.

Alejandro sigue sus movimientos con una atención que lo fatiga: querría aprender en unos minutos una manera de estar de pie que no le han enseñado seis años de despacho.

Le queda un recado. Saca una hoja, la apoya en la tapa del baúl y escribe mientras esperan que acerquen la embarcación.

Muelle de Manila, 16 de febrero de 1861

Rosario:

La llave pequeña ha quedado en el bolsillo de la chaqueta de dril. Abre la caja que dejé debajo de la mesa; dentro están los sobres y el papel que puede servirles a las niñas. No hace falta que guardes los borradores.

Ya han recibido el equipaje. Te escribiré cuando sepa por dónde conviene enviarme las cartas. Si el niño sigue con tos, no esperes a que conteste para hacer lo que acordamos anoche. El hombre que lleva estas líneas conoce la casa; no tienes que pagarle.

Alejandro.

El recadista repite Anloague y se guarda la hoja. Alejandro paga, lo ve alejarse y baja a la barca con una mano tendida hacia alguien cuya cara no alcanza a mirar.

En la casa, Rosario lee el recado de pie.

Busca la llave, abre la caja y aparta el papel aprovechable.

Después saca el testimonio y lo coloca en la última página de la libreta, junto a los nombres de las cuatro niñas.

Cierra la tapa de hule. El pliego recién doblado la levanta; al retirar la mano, el papel no se queda plano.