4 · Doy fe conozco #2
De orden del Excmo. Sr. Gobernador y Capitán General se participa a V.
que ha sido destinado, en calidad de agregado para el servicio de Secretaría y Comisaría, a las fuerzas españolas de Cochinchina, debiendo presentarse a su llegada al jefe de las mismas, coronel D.
Carlos Palanca y Gutiérrez, para auxiliar en la correspondencia y en las cuentas que hayan de entenderse con la Intendencia francesa.
Se dispondrá su embarque el día dieciséis del corriente, y entregará antes de su salida los expedientes que tuviese a su cargo, con relación de los asuntos pendientes y expresión de los antecedentes que falten, quedando advertido de que llevará consigo copia de esta comunicación para acreditar su destino.
Dios guarde a V. muchos años.
Manila, 1 de febrero de 1861.
De orden de S. E., el secretario.—[Rúbrica.]
Al margen: «Comuníquese y dese cuenta del embarque».
La orden lleva once días en su cartera. Cuando la recibió, contó quince hasta el embarque y empezó por lo que sabía terminar: una relación de expedientes, la entrega de las llaves del cajón, los libros que iba a necesitar.
La certificación de Madrid había llegado en enero.
Aun con los papeles en casa, encontró una mañana ocupada, una diligencia que no podía dejar a un compañero.
Ha gastado once días en cosas necesarias.
El doce de febrero, al volver a la Secretaría, le resulta imposible decir que no ha tenido tiempo.
Su mesa está casi vacía. Donde antes se superponían las carpetas queda un arco de polvo junto a la pared, fuera del alcance del trapo.
Por primera vez ve completa la veta de la madera.
Sabe qué compañero se sentará allí y qué defecto encontrará: el cajón se atasca si se tira de frente, hay que alzarlo un poco por el lado izquierdo.
Se lo ha explicado dos veces. No le ha hablado de la piedra que sujeta las cartas; todavía no ha decidido si llevársela.
Desde el despacho contiguo lo llaman para aclarar un asiento.
Acude con alivio, encuentra el antecedente y señala la fecha por la que debe buscarse.
Le agradecen la ayuda. Durante unos minutos vuelve a estar seguro de su utilidad, de que seis años de expedientes han dejado en él una facultad que alguien echará de menos.
Después oye a los compañeros concertar una comida para la semana siguiente; hablan por encima de los papeles, le preguntan por un nombre y siguen poniéndose de acuerdo.
Al contestar, Alejandro comprende que esa comida no lo incluye.
Es una tontería sentirse apartado de un día en que ya estará lejos.
Se queda, sin embargo, hasta que han elegido dónde.
Trabaja hasta acabar la relación. En la línea de los asuntos pendientes deja espacio para añadir una fecha.
Manila, 14 de febrero de 1861
Mi querida madre:
Acuso recibo de su última y celebro que Carlos haya pasado bien las fiestas.
Me ha complacido lo que cuenta de sus preguntas; si le prometen una respuesta mía, ruego que me envíen también la pregunta, pues hasta ahora solo sé que las hace.
Al sastre puede abonarle lo convenido, sin pedir que guarde la prenda hasta mi regreso.
Sería difícil que supiera qué hacer con ella entretanto.
Me han agregado al servicio de las fuerzas españolas de Cochinchina para la correspondencia y las cuentas con la Intendencia francesa.
Salgo el dieciséis. El destino no cambia la naturaleza de mi trabajo, aunque habrá que acomodarlo a otras condiciones, y confío en que este servicio pueda tenerse en cuenta cuando vuelva a solicitar una plaza en la Península.
No dé usted por hecha ninguna ventaja; le comunico lo que espero, que es distinto de lo que me han ofrecido.
Disponga de la casa de Madrid como mejor le parezca.
No reserve habitaciones a costa de incomodarse ni se prive de recibir a quien quiera recibir por mantenerlo todo conforme a mi última estancia.
Lo que necesito conservar cabe en el armario que usted conoce.
Agradeceré que las cartas se envíen en sobre interior, a mi nombre, por el conducto de la Secretaría; procuraré avisarle desde el destino en cuanto sepa con certeza dónde recogerlas.
Estoy bueno y llevo los libros necesarios. Dé a Carlos un beso de mi parte. Me alegrará que conserve el papel donde ha empezado a hacer letras, aunque todavía no pueda yo distinguirlas.
Su hijo, que la quiere,
Alejandro.
El quince recoge el testimonio. Compara la copia con la matriz antes de que Osorio la guarde entre los pliegos del protocolo; ve trasladada la enmienda, el nombre legible, las firmas referidas y, al pie del testimonio, la firma y el signo del escribano.
Lo dobla en cuatro. Le han explicado que puede pedir otro si lo necesita. No lo pide para Madrid.
En Anloague, Rosario está sentada en el suelo con el niño entre las rodillas.
José procura alcanzar el cordón de un paquete y, cada vez que ella lo retira, se inclina más, convencido de que la distancia que acaba de perder puede ganarla con el cuerpo.
Alejandro se agacha sin quitarse el sombrero.
El niño deja el cordón y extiende una mano hacia el ala.
—Dámelo a mí —dice Rosario.
Él le entrega el sombrero y después el papel. Rosario espera a que José se apoye contra su pierna para abrirlo.