El reflejo de Oriente. El espejo Makyo 4 · Doy fe conozco
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4 · Doy fe conozco

Escritura de reconocimiento de hijo natural y obligación de alimentos

En la ciudad de Manila, a doce de febrero de mil ochocientos sesenta y uno, ante mí, el Escribano público y de número D.

Ramón de Osorio, y testigos que se expresarán, compareció D.

Alejandro de Silva y Cañizares, natural de Madrid, vecino de esta ciudad, de treinta y dos años de edad, viudo de D.ª Casilda de Alcázar y Montenegro, oficial segundo de la Secretaría del Gobierno Superior Civil de estas Islas, a quien doy fe conozco, y dijo:

Que de sus relaciones con D.ª Rosario Yap, mestiza sangley, natural y vecina del pueblo de Binondo, soltera, tuvo un hijo que nació el día diecinueve de marzo de mil ochocientos sesenta y fue bautizado en la iglesia parroquial de dicho pueblo con el nombre de José; que al tiempo de su concepción él y la referida D.ª Rosario se hallaban libres de impedimento para contraer matrimonio, habiendo fallecido su esposa en Madrid el nueve de marzo de mil ochocientos cincuenta y ocho, según el testimonio de su partida de defunción que presenta; y que, queriendo cumplir los deberes que la naturaleza le impone, reconoce al referido José por su hijo natural, para que use su apellido y goce de los derechos que las leyes conceden a los de su clase.

Y se obliga a su educación y alimentos, señalándole por ahora veinte pesos fuertes mensuales, pagaderos desde el próximo mes de marzo, cuyas remesas encargará a la casa de D.

Agustín Varela de esta plaza, sin que por este señalamiento quede obligado tercero alguno ni deje de ser del otorgante la obligación que contrae.

Se sacará testimonio de esta escritura para entregarlo a la madre del menor y presentarlo al párroco de Binondo a los efectos de la toma de razón al margen de la partida de bautismo.

Así lo dijo y otorgó. Leída esta escritura, se ratificó en su contenido y la firmó con los testigos D. Diego Montalvo, escribiente, y D. Pedro Santos, dependiente, ambos vecinos de esta ciudad, presentes al otorgamiento. Enmendado: José, vale. Doy fe.

Alejandro de Silva y Cañizares.—Diego Montalvo.—Pedro Santos.

Ante mí, Ramón de Osorio.—[Signo y rúbrica.]

Osorio pone la partida de Binondo a la izquierda y la de Madrid a la derecha. Alejandro reconoce la disposición: antecedente, justificación. Entre las dos queda el espacio donde ha colocado su sombrero, y tiene que retirarlo para que el escribano pueda extender el pliego.

La escribanía recibe la luz de la plaza de San Gabriel por una ventana cuya hoja inferior está cerrada.

Desde su asiento no se ve a quienes pasan; se oyen los pies, las ruedas, una discusión que empieza lejos y se aproxima hasta perderse debajo del alféizar.

En el muro contrario hay estantes de papeles sujetos entre cubiertas, con el año escrito en el lomo, y junto a ellos una marca más clara señala el lugar de un mueble retirado.

Nada ocupa todavía ese rectángulo. La luz se detiene allí y permite distinguir las irregularidades del enlucido, mientras los rótulos de los legajos permanecen en sombra.

Alejandro ha elegido la silla desde la que puede leer boca abajo lo que escribe Osorio.

Es una costumbre del despacho; solo ahora advierte que no le dará ventaja alguna.

El escribano comprueba las fechas de los documentos. En la certificación de Madrid se demora sobre el nombre de Casilda, coteja el apellido con el de su minuta y vuelve a preguntar:

—¿Ningún impedimento, por ninguna de las dos partes, al tiempo de la concepción?

—Ninguno.

—¿La madre, soltera?

—Sí.

Osorio anota la respuesta. Alejandro había pedido aquella certificación el otoño anterior, sin decir a su madre para qué la necesitaba.

La razón que dio era cierta: completar sus papeles.

Recuerda haberse quedado satisfecho con ella, con lo poco que había mentido una frase que le permitía no explicar nada.

Ahora la muerte de Casilda ocupa un lugar necesario entre el nacimiento del niño y el derecho a llamarlo suyo; le desagrada esa utilidad, aunque ha venido precisamente a servirse de ella, y no encuentra otra cosa que hacer que enderezar la partida cuando el aire la desplaza.

El testigo que se llama Montalvo se acerca. Tiene hilo negro en el puño y una señal de tijera junto al pulgar. El otro acaba de dejar fuera una cuenta y pregunta si alcanzará a llevarla antes de mediodía. Osorio responde sin levantar la cabeza. Se conocen. Ninguno ha pedido ver al niño.

—Lea desde el principio —dice Alejandro.

El escribano ha empezado por la obligación mensual. Vuelve atrás.

Alejandro escucha de pie, con la mano en el respaldo de la silla. A la palabra «hijo» le sigue una pausa, el tiempo de cambiar de línea.

—Natural —dice.

—Aquí está.

Osorio continúa. Más adelante, cuando resume qué habrá de llevarse a la parroquia, Alejandro lo interrumpe de nuevo.

—El reconocimiento de hijo natural.

El escribano le muestra el renglón. No falta ninguna palabra.

Alejandro baja los ojos, avergonzado de una insistencia que su oficio le permite reconocer en otros: la de quien teme que una expresión, por no repetirse, pierda fuerza.

Mira entonces el margen de la partida de bautismo.

Está vacío. En el cuerpo se lee «de padre no conocido», y el nombre de Rosario tiene una letra tan apretada que la última sílaba parece pertenecer a la palabra siguiente.

—La escritura queda aquí —dice Osorio—. Usted se lleva el testimonio cuando esté sacado y autorizado.

—Para el párroco.

—Y para que lo conserve la madre. Si ha de presentarlo, que lo pida de vuelta.

Alejandro asiente. Quisiera que el escribano le dijese cuánto de lo que está haciendo faltará aún después de firmar.

La pregunta, sin embargo, no sabría formularla sin parecer que consulta lo que ya conoce.

Ha visto solicitudes detenidas durante meses por un antecedente que alguien había entregado y nadie encontraba; también ha visto llegar, con una copia debidamente expedida, la noticia suficiente para resolverlas.

No es un papel inútil. Eso lo sabe. Le gustaría que saberlo le bastase.

Osorio gira el pliego para la firma. Alejandro saca la pluma de acero del estuche de hojalata.

La moja, deja que el exceso caiga en el tintero y vuelve a mojarla mientras lee, una vez más, el nombre del hijo.

Ha mantenido la punta sumergida demasiado tiempo.

Al acercarla al papel, antes de alcanzar el hueco donde debe escribir el suyo, desprende una gota sobre la palabra José.

—No la toque.

Osorio retira el folio. Alejandro tiene todavía la mano suspendida; podría parecer que sigue esperando sitio para firmar.

La mancha ha comido el trazo de la primera letra y une las dos siguientes.

El escribano emplea el secante, espera, enmienda el nombre de manera que pueda leerse y añade al final la salvedad.

Lo hace a la vista de los tres, antes de que ninguno firme. Vuelve a leerla.

—Enmendado: José, vale.

Alejandro limpia la punta. Esta vez no necesita más tinta.

Su firma tiene la inclinación habitual. La ha puesto en recibos, solicitudes y cartas; no es la primera vez que su nombre termina una página.

Pero en los oficios cuya letra conoce mejor, los que ha pasado en limpio tantas mañanas, el espacio de la firma pertenecía a otro, y ahora tarda un instante en retirar la mano porque debajo de esta no vendrá nadie a hacerse responsable.

Montalvo firma después. Santos aproxima mucho la cabeza.

Osorio cobra los derechos y cuenta el dinero delante de él. Una moneda queda separada porque Alejandro ha dado de más. La recoge, guarda el recibo y pregunta por el día.

—El quince. Venga por la mañana.

Quedan cuatro para embarcar.

En la plaza, el sol le obliga a detenerse.

Hay una franja de sombra al pie de las casas y todo el mundo procura entrar en ella por el extremo más cercano, de modo que los que vienen de frente se encuentran en un paso demasiado estrecho y se rozan sin mirarse.

Un vendedor ha puesto una tabla sobre dos soportes desiguales; cada vez que apoya algo, la mercancía se inclina y vuelve a su sitio.

Alejandro observa el pequeño balanceo mientras se acostumbra a la luz.

Ha pasado más de una hora dentro. La plaza conserva las mismas voces y el mismo trabajo; el cambio que acaba de guardar le roza el muslo a cada paso.

Hacia la Escolta las tiendas van cerrando el horizonte.

Entre toldos y hojas abiertas, el cielo se reduce a trozos de un azul casi blanco que solo se ve al levantar la cabeza; a la altura de los ojos, en cambio, hay telas colgadas, persianas a medio subir, rostros que surgen del fondo de los comercios y retroceden al reconocer a quien buscaban.

Un hombre desenrolla una pieza sobre el mostrador y el extremo cae hacia la calle, sin que su comprador se agache a recogerlo.

Alejandro se aparta para no pisarla. Le llega el olor de la tela guardada, un olor seco, difícil de conservar en aquella ciudad, y lo retiene hasta que cruza frente a una cocina.

Camina despacio. Todavía no necesita abrir su cartera ni contestar a nadie.

Capitanía General de Filipinas

Salida núm. 28. Agregación

Sr. Oficial segundo de la Secretaría del Gobierno Superior Civil: