3 · Ley de plata #3
José hace un ruido. Ella vuelve a mirarlo antes de saber qué le ocurre.
Lo toma como le han enseñado, sosteniendo la cabeza, sorprendida de que un cuerpo tan pequeño obligue a modificar la postura de todo el suyo.
Pesa hacia un lado, pierde el apoyo, abre la boca; no se parece al niño dormido que hace un momento podía contemplar sin miedo.
Rosario siente una ternura impaciente, todavía inseparable del cansancio y de la sospecha de que las otras mujeres saben algo que no han terminado de decirle.
Cuando consigue acomodarlo, no experimenta una revelación. Deja de dolerle un poco el brazo.
Alejandro se acerca con un vaso. Ella bebe sin soltar al niño; él lo inclina demasiado pronto y Rosario aparta la cara.
—Más despacio.
Vuelven a intentarlo. Esta vez el agua llega como debe. Alejandro deja el vaso y se queda junto a la cama, con la mano apoyada en el respaldo de la silla. Ella le pide que la acerque. No quiere que la mire desde tan arriba.
En la parroquia, Rosario oye el roce de la manga del sacerdote sobre el libro.
El bautismo ha terminado; José duerme en brazos de Ambrosia y en la frente le queda una humedad que su abuela no se atreve a secar.
Rosario está cansada de permanecer de pie.
La estancia tiene una ventana alta, una mesa gruesa y olor a ropa guardada cerca de una pared húmeda.
En el umbral se acumula la luz que no consigue llegar al fondo; cada vez que alguien pasa por fuera, una sombra recorre el suelo y desaparece antes de alcanzar sus zapatos.
El sacerdote repite el nombre y la fecha del nacimiento. Diecinueve de marzo. Después lee lo que acaba de escribir: hijo natural de Rosario Yap, mestiza sangley, natural y vecina de este pueblo, y de padre no conocido.
Rosario ha entendido las últimas palabras.
No necesita que las diga otra vez. Sabe dónde está Alejandro a esa hora, sabe qué camisa llevaba al salir, recuerda que dejó a medias una taza porque iba a llegar tarde.
Todo eso se le presenta con una precisión inútil frente al libro.
Podría pronunciar su nombre; las personas que están allí lo conocen.
Tendría que empezar una conversación que no se acabaría por haberlo dicho, y ella no quiere que el nombre del padre entre como una protesta suya y se quede en eso.
Le ha pedido a Alejandro que se ocupe. Va a pedírselo de nuevo.
—José —dice cuando el sacerdote espera su conformidad.
Él vuelve al renglón, comprueba el nombre y lo subraya con el dedo sin tocar la tinta. Rosario toma al niño. Ambrosia le arregla el paño por detrás para que no se le enrede al caminar.
Manila, 18 de mayo de 1860
Mi querida madre:
Acuso recibo de su carta de 16 de marzo.
He visto lo que me dice de Carlos y de su empeño en salir con sombrero.
No hay motivo para negárselo si lo conserva puesto.
Me gustaría saber si sigue llamando al retrato como usted me contó; no haga que lo repita delante de una visita, porque los niños dejan de hacer con naturalidad lo que se les pide demasiado.
He llevado mal el calor este año. A ciertas horas el aire del despacho parece el que uno acaba de respirar, y es necesario retirar el brazo del papel para que no quede señal.
Salgo más temprano, aunque la ventaja dura poco.
En el muelle han puesto unas tablas alrededor de una reparación y el paso se estrecha allí tanto que quienes vamos a pie hemos de esperar a los carros.
Esta mañana un hombre quiso adelantarse con una cesta y quedó detenido en medio, sin sitio para girarla.
Al final hubo que descargar parte de lo que llevaba.
Llegué tarde después de haber salido antes.
No se hagan ilusiones en Madrid con lo de Cochinchina.
Aquí llegan peticiones de auxilios y cuentas que no dejan de crecer porque una noticia haya parecido favorable.
Yo solo conozco los papeles que pasan por mi mesa, y no me parece prudente fundar en ellos esperanzas de empleo ni de regreso.
Diga lo mismo a quien le pregunte por mí.
Continúo bueno y ocupado en mis obligaciones.
El paquete de Carlos sigue con la caja de que le hablé. He pedido que me avisen antes de cerrarla, para revisar la envoltura; no quiero que tanto esperar termine en recibirlo roto. Si encuentra usted que he escogido mal, guárdelo de todos modos. Podré cambiarlo cuando vuelva.
Su hijo,
Alejandro.
En mayo, Rosario vuelve a la parroquia a pedir una copia.
Han pasado unas semanas desde el bautismo y todavía recuerda dónde apoyó la mano para no perder el equilibrio.
Ahora espera sentada. El libro tiene tapas de pergamino; al abrirlo, el sacerdote busca el número del folio y ella ve, detrás de la escritura, la sombra de la tinta de la otra cara.
Es más espesa que la que usa en su libreta.
Le pregunta si pondrá todo. Él dice que sí y acerca otra hoja. Rosario deja las manos sobre las rodillas, sin entrelazarlas. A la izquierda de la partida queda un blanco de cuatro dedos. En otras páginas hay anotaciones allí; en la de José aún no hay ninguna.