3 · Ley de plata #2
Quedan pocos días de diciembre. Los papeles de la mudanza, que parecían bastantes para llenar una caja, apenas forman un paquete cuando Ambrosia los ordena, y esa escasez incomoda a Rosario: tanto trabajo para habitar un lugar, tantas conversaciones que preferiría no recordar, y lo que puede mostrar es una atadura ligera.
—El fiador ha preguntado por ti.
—Lo he visto esta semana.
—Pregunta de otra manera.
Rosario recoge los extremos del hilo. Sabe cómo pregunta, cómo hará una pausa al decir señor de Silva y esperará que Ambrosia añada lo que nadie le ha pedido expresamente.
Entre las familias del gremio no hace falta negar un saludo para cambiarlo.
Algunas mujeres miran ahora hacia las ventanas de arriba antes de entrar a pedir un libro; otras preguntan por Alejandro con una familiaridad que a ella le parece más ofensiva que el silencio.
Su madre no le pregunta si está contenta.
Rosario teme que, al responder, tuviera que defender su elección hasta de lo que le gusta.
—El alquiler está pagado —dice.
—Por eso guarda el recibo.
Ambrosia afloja el nudo que su hija ha apretado demasiado y lo hace de nuevo, dejando sitio para otro papel.
Al caer la tarde, Rosario se sienta junto a la ventana con las piernas levantadas sobre un banco.
Desde allí ve la cocina al fondo, las losas del patio oscurecidas alrededor del desagüe, la ropa que Juana Malabanan recoge antes de retirarse.
Juana es una mujer hecha, de risa ronca, que lleva la casa con una prisa incompatible con las preguntas de Alejandro; Rosario tuvo que aclararle el primer día que no era la niña del mismo nombre que asistía a sus clases.
Ahora se entienden por la hora de la comida, aunque él todavía confunda alguna palabra y Juana se la repita sin esperanza de que esta vez la conserve.
Alejandro llega con un tercer abono del sueldo que esperaba cobrar entero.
Deja el dinero, cuenta cuánto queda pendiente y después sostiene el banco mientras Rosario cambia de postura.
Ella le alcanza una lista que le han mandado con dos libros prestados; ha de devolverla con su nombre para que sepan a quién los confiaron.
Él moja la pluma, retira una fibra de la punta, vuelve a mojarla y escribe Rosario Yap.
No firma. Sopla un poco la tinta, con tan poca eficacia que Rosario aparta la hoja y se ríe.
Él se sienta a su lado. Durante unos minutos no hablan.
El aire de diciembre levanta el borde de un papel y les trae el olor de la cena; Rosario apoya la mano sobre la suya y la vuelve, despacio, para encontrar la palma.
Le gusta cuando llegan a ese silencio sin tener que ganárselo.
Ha descubierto también la impaciencia de quererlo cerca cuando acaba de irritarla, la dificultad de distinguir si necesita que la abrace o que reconozca que ella tiene razón.
Esta tarde puede concederse ambas cosas por separado.
Se inclina para besarlo. Alejandro le toca la nuca, allí donde se han soltado algunos cabellos, y ella permanece junto a su boca hasta que oye cerrarse abajo la puerta de Juana.
Entonces se separa lo justo para mirarlo.
Hay días en que lo encuentra más lejano al tenerlo sentado enfrente, buscando cómo decirle una cosa sencilla sin vestirla con la consideración de un oficio; otros, como este, la cercanía llega antes que las palabras y Rosario siente un descanso que no le ofrecen ni su propia mesa ni la certeza de que mañana podrá trabajar.
No quiere renunciar a ese descanso por haber comprendido que no basta.
Tampoco quiere pasar la vida agradeciéndolo.
Le quita del hombro una hebra de hilo, se la enseña y él intenta averiguar de dónde procede; la seriedad con que examina aquella minucia le devuelve al hombre que se quemó con el chocolate y se quedó a escucharlo todo.
Rosario lo besa otra vez. Después le pide que retire el banco: tiene hambre y puede levantarse sola.
Manila, 12 de febrero de 1860
Mi querida madre:
Acuso recibo de su carta de 10 de diciembre.
He recibido asimismo el dibujo de Carlos.
Por la parte que usted señala reconozco la puerta, aunque antes de leer su explicación había supuesto que era una mesa; haga el favor de no decirle mi error.
He puesto la hoja entre dos cartones para que no se doble y he conservado también las palabras con que él se la entregó.
Agradezco que las anotara enseguida, sin esperar a recordarlas mejor.
El tiempo está fresco por las mañanas y se trabaja con más comodidad.
Ayer pude dejar abierta la ventana del despacho sin que entrase agua, y una de las copias se secó antes de que hubiera terminado la siguiente.
Estas ventajas pequeñas hacen adelantar más el trabajo que ciertas órdenes concebidas para apresurarlo.
Tenemos varios asuntos a la espera de una relación que aún no remite quien debe; he escrito reclamándola con la consideración debida, que me ha ocupado más líneas que la reclamación.
Un empleado nuevo ha cambiado el orden de los paquetes para despejar un armario.
Ha conseguido que quepan todos, pero ahora hace falta mover tres para alcanzar el que pedimos con más frecuencia.
Procuré explicárselo antes de mandar que lo deshiciera, y al oírme comprendí que mi explicación duraba más de lo que habría costado sacar los paquetes.
Hemos terminado por hacerlo entre los dos.
No quisiera que el muchacho tomase su primer acierto por una falta.
Nada puedo asegurarle todavía acerca de la plaza que menciona.
Le agradeceré que conserve la noticia, pero no que haga gastos ni comprometa agradecimientos antes de que sepamos a quién corresponde resolver.
Tampoco deseo que mis cartas anden de mano en mano para acreditar méritos que quizá no sean los que se buscan.
Si hace falta un dato de mis servicios, lo mandaré con la forma que convenga.
No he recibido aún el aviso de salida de la caja. En cuanto lo tenga se lo comunicaré. La abraza y besa la mano su hijo,
Alejandro.
La mañana del veinte de marzo empieza con agua que cae en el patio.
Rosario, acostada, tarda en reconocer el sonido del cubo contra el brocal; lo oye desde una distancia que antes no tenía la casa.
La luz pasa por las conchas de la ventana y se deposita, sin dibujo, en la pared de enfrente.
Junto a la cama hay una jofaina, dos paños doblados y una silla donde alguien ha dejado una prenda del revés.
El niño ha nacido la víspera. Se llama José.
La comadrona cuenta los cuartos sobre la mesa.
Rosario la ve apartar una moneda, volver a incluirla y recoger después la suma convenida en una esquina del pañuelo.
Querría levantarse para buscar la libreta; al intentar incorporarse comprende que tendrá que pedirla.
Ambrosia le dice que puede apuntarlo más tarde.
En el patio, Juana tiende la ropa a la sombra, procurando que los paños no se toquen.
El aire apenas circula entre ellos y sin embargo una esquina se mueve, de un lado a otro, con una perseverancia que Rosario contempla hasta que se le cierran los ojos.