3 · Ley de plata
La segunda vez que Alejandro entra en la tienda lleva el diccionario debajo del brazo, apretado contra el costado como un animal que pudiera escapársele.
Rosario se dispone a devolverle el dinero.
Han transcurrido siete días desde la venta y conoce la vergüenza de reclamar: algunos clientes necesitan hacer una compra antes de comprender que no podían permitírsela.
Pero él abre el volumen por la mitad y muestra el lomo despegado.
—No lo he dejado al sol.
—¿Junto a una ventana?
—Debajo.
Rosario levanta el cuero con la uña. Los cuadernillos siguen sujetos; lo que ha cedido es la cola. Le indica dónde puede llevarlo y cuánto conviene gastar. Él pregunta si no será mejor ponerle una cubierta nueva.
—A un libro que usted usa le basta con una que cierre.
—También tiene que durar.
—Entonces no vuelva a dejarlo debajo de la ventana.
Alejandro se ríe con una demora que al principio le hace temer haberlo ofendido.
Trae en la frente pequeñas gotas y se las quita con el pañuelo sin interrumpir la inspección de los otros lomos.
Al fondo están sirviendo el chocolate. Rosario oye la cuchara, calcula cuánto queda y le ofrece una taza antes de pensar si puede parecer que la avería trae consigo ese derecho.
Se sientan en la entrada del patio. La lluvia empieza cuando él tiene la taza en las manos; cae primero sobre el borde de las tejas, separada en gotas gruesas que levantan polvo húmedo, y después ocupa toda la abertura, hasta que la pared de enfrente se borra detrás de los hilos de agua.
El ruido les permite hablar bajo. Sobre la mesa, el diccionario cerrado conserva un rastro seco alrededor, y Rosario lo acerca a su sitio para que no lo alcance la salpicadura.
—Ese no se lo cobro —dice, señalando el chocolate.
—Lo dejo apuntado.
—Pues apunte que quema.
Él ya lo ha probado. Sostiene la taza sin beber mientras ella le habla de un encuadernador que tarda menos cuando se le da una fecha falsa.
Alejandro quiere saber si le ha dado también a él un precio falso.
Rosario niega con la cabeza; al hacerlo descubre que está sonriendo demasiado y no encuentra una razón para dejar de sonreír.
Le gusta la atención de aquel hombre, la forma en que espera una respuesta completa cuando ella, acostumbrada a que sus explicaciones sirvan para regatearle, ya se dispone a abreviarlas.
No sabe aún qué parte de esa atención se debe al libro.
Querría prolongarla sin comprometerse a nada, quedarse sentada hasta que terminara de llover y, si la lluvia se deteniese demasiado pronto, tener otra cosa que decirle.
En el patio empieza a rebosar una vasija.
Rosario se levanta para apartarla; cuando vuelve, él ha desplazado la silla para dejarle el camino libre, pero todavía no se ha puesto en pie.
En septiembre la casa alquilada de Anloague huele a madera mojada por dentro.
Desde la calle, el piso bajo parece soportar toda la oscuridad del edificio: piedra, un zaguán profundo, dos dependencias donde han quedado marcas de cajones que ya no están.
Arriba, en cambio, la luz ocupa las ventanas antes que las habitaciones.
Las conchas de capiz, engastadas en sus pequeñas retículas, tienen vetas que se distinguen al acercar la cara y desaparecen al retroceder; por la mañana vuelven lechoso el aire, y cuando Rosario corre una hoja en la guía de madera entra de golpe una claridad más áspera, con polvo, voces y el chirrido de una carromata que sube desde la ribera.
Le cuesta acostumbrarse a poder abrir tantas ventanas sin pedir que se aparten de ninguna.
El contrato está extendido en papel sellado.
Dice Rosario Yap, soltera, vecina de Binondo.
Después vienen la renta, el día del pago, las habitaciones que se arriendan y la obligación de avisar antes de marcharse; al pie firma un conocido de su padre, del gremio de mestizos, que ha aceptado responder como fiador.
Rosario ha hecho repetir la línea relativa a las reparaciones antes de poner su nombre.
El dueño quería dejarla para una conversación posterior.
Alejandro está midiendo con pasos el espacio donde pondrán los estantes.
Ella le pide que no tape la ventana baja.
Ha traído parte de los libros; el resto sigue en la tienda de Domingo, y las niñas acudirán todavía al zaguán antiguo hasta que puedan acomodarse aquí.
Rosario pasa entre dos cajas, baja una persiana y vuelve a subirla.
Todo parece provisional, incluso lo que acaba de decidir.
Al fondo, la cocina comunica con un corredor abierto al patio.
Rosario lo recorre sin llevar nada, por el gusto de comprobar adónde sale: entre el alero y la pared vecina hay una franja de cielo estrecha, muy alta, cuya claridad desciende por superficies que el agua ha oscurecido de modo desigual; abajo, junto a una maceta vacía, un caracol avanza sobre el borde de una losa y vuelve hacia la misma grieta de la que acaba de salir.
En la casa de al lado alguien canta mientras golpea una tela.
Se interrumpe para contestar, reanuda la canción algo más adelante y Rosario espera en vano la frase que se ha perdido.
Todavía habrá ruidos aquí que no sabrá reconocer de noche.
En el dormitorio, una tabla cede cerca de la puerta, y ella prueba a pasar por un lado para no despertarlo cuando se levante primero.
Le agrada pensar en esa precaución y le molesta haberla pensado antes de escoger dónde quiere sentarse a leer.
Vuelve a la habitación del patio. Por la tarde habrá luz junto a la ventana, suficiente para una página entera.
Pide que lleven allí una silla y, cuando Alejandro pregunta si quiere también la mesa pequeña, Rosario le dice que sí.
Su madre llega con una fuente envuelta y un cordón enredado alrededor de los dedos.
Ha traído la cruz. Rosario la recibe en la palma: tres dedos de plata, sin Cristo, un travesaño corto y una incisión casi perdida cerca del pie.
El cordón de algodón está renegrido; la parte posterior, más lisa, conserva bajo el pulgar una suavidad que le recuerda el borde del cuenco de Ambrosia.
Busca un lugar y la cuelga en el marco de la ventana del patio, lo bastante alta para que no golpee al correr la hoja.
—¿De dónde es? —pregunta Alejandro.
Ambrosia está deshaciendo el paño de la fuente.
—La cruz del japonés.
Él la toma sin descolgarla, dejando que el cordón se tense entre la mano y la madera. Rosario ve cómo gira la pieza hacia la luz.
—Está fría.
Es una tarde de calor pegajoso; a ella se le ha adherido la camisa a la espalda mientras subía las cajas. Alejandro busca con la uña la incisión del pie y se detiene.
—¿Qué pone?
Rosario se acerca. Podría contarle lo del hombre de Dilao, lo del capitán, la noche en que una mujer se fue al árbol; siente que bastaría empezar para que su madre tuviera que dejar la fuente y corregirla, y las dos acabarían ofreciendo a un desconocido todavía, por mucho que él haya subido sus libros, algo que solo saben decirse entre ellas.
—No se lee. Mi abuela se la dio a mi madre.
Alejandro la suelta. La cruz oscila una vez y queda de espaldas al patio. Ambrosia pregunta dónde han puesto los platos.
Manila, 14 de noviembre de 1859
Mi querida madre:
Acuso recibo de su carta de 9 de septiembre.
Me alegra saber que Carlos vuelve a salir por las tardes y que han podido aprovechar los zapatos, aunque sea con una compostura.
No compre los siguientes con demasiada anticipación; puede que cuando lleguen a servirle haya cambiado la estación.
Le parecerá extraño que le dé consejos de esa especie desde aquí, pero me quedo mirando las medidas que adjunta y es lo primero que se me ocurre.
En la Secretaría seguimos con papeles de la contrata del vapor-correo.
Una condición estaba citada en dos lugares con palabras distintas y hemos tenido que pedir el antecedente antes de continuar.
Se ha empleado una mañana entera en hallar una hoja que figuraba ya entre las recibidas.
Cuando apareció, la fecha del recibo resultó ser lo único que todos habíamos copiado correctamente.
Yo guardo mis notas hasta que sale el oficio, por más que estorben.
Se habla de que Palanca volverá al mando de nuestras fuerzas en Cochinchina.
No tengo orden que pueda confirmárselo, y le ruego que no convierta esta noticia en una certeza al repetirla.
Las conversaciones de los pasillos llegan a veces a Madrid mejor dispuestas que los documentos de los que dicen proceder.
En lo que a mí respecta, no hay variación de destino.
He dejado preparado un pequeño abanico de marfil para Carlos, que irá en la caja de un compañero cuando este pueda disponer su envío.
No diga al niño que está en camino: el hombre no ha cerrado todavía la caja y yo solo puedo responder de haberle entregado el paquete.
Lleva las iniciales por fuera. Quisiera que usted lo guardase hasta que Carlos sepa abrirlo sin forzar las varillas; entretanto puede mostrárselo, si le divierte.
Aquí me dijeron que escogiera otro mayor. No comprenden que lo quería pequeño.
Anote, por favor, cómo pronuncia ahora su nombre.
No lo corrija antes de escribirlo. Recuerdo todavía un sonido que hacía al despertarse, cuando yo lo tuve en brazos, pero supongo que ya no hará ninguno de aquellos.
La camisa azul que le pedí sigue siendo para mí: no la dé por inservible aunque a usted le parezca que ha guardado demasiadas cosas.
Su hijo, que la abraza,
Alejandro.
Ambrosia trae bramante y encuentra los recibos en un cajón, debajo de una cartilla. Rosario distingue el del primer mes por una mancha; su madre no quiere saber qué distingue ella, sino qué distinguirá cualquiera si hay que buscarlo cuando no esté.
—Por años. Los de este año juntos.