2 · A crédito #3
El hombre entra mientras Rosario devuelve las monedas a la caja. Tiene unos treinta años, quizá alguno más, y se queda junto al mostrador sin apoyar encima el sombrero. Pregunta por un diccionario francés.
—¿Francés y castellano?
—Sí. En los dos sentidos.
Rosario busca el volumen. Él espera sin corregir la manera en que ella pronuncia francés y sin preguntarle por otra persona que pueda atenderlo.
Su castellano le suena peninsular. Lleva las uñas limpias, pero en un dedo tiene una mancha de tinta que no ha conseguido quitarse.
Rosario la ve cuando pasa las primeras páginas.
—Y una Guía de Forasteros —añade.
Ella baja el segundo libro. Para alcanzar el estante se estira sobre las puntas de los pies; cuando vuelve a apoyar los talones, el hombre se ha apartado lo suficiente para que pueda ponerlo delante sin tropezar con sus manos.
—Esta.
Él examina el índice. Rosario espera. Tiene ganas de preguntarle qué busca en francés, pero una pregunta sobre un libro puede convertirse con mucha facilidad en otra sobre quien lo compra, y no quiere que él confunda las dos cosas. Al fin señala el diccionario.
—Tiene una hoja rehecha. Se lo digo antes.
Abre por el lugar donde un antiguo propietario ha copiado lo que faltaba. La letra es regular al principio y se aprieta en las últimas líneas.
—No falta texto —dice él.
—Puede comprobarlo.
El hombre lo comprueba. Esa demora le gusta más de lo que esperaba. Otros aceptan deprisa su palabra o la rechazan con la misma prisa; este busca la continuación, vuelve atrás y lee hasta encontrar el enlace. Rosario mira hacia la puerta para no quedarse observándolo.
Acuerdan el precio. Él paga al contado los dos volúmenes y ella cuenta el dinero antes de guardarlo. En la libreta, el nombre todavía está en blanco.
—¿A nombre de quién?
—Alejandro de Silva.
Rosario escribe. Él dice que trabaja en la Secretaría; no añade un cargo que la obligue a cambiar el tratamiento. Mientras ella prepara el paquete, pregunta si también presta libros.
—Los míos, sí. Por un plazo.
—Volveré a mirar.
Rosario pasa el pulgar por el canto del diccionario antes de envolverlo.
Tiene una aspereza que no notó al sacarlo; separa con la uña un resto de papel, lo retira y continúa.
El comprador espera con las manos libres.
A ella le sorprende desear que diga otra cosa, algo lo bastante sencillo para poder contestarlo sin tener que decidir qué está aceptando.
Pero él recoge el paquete, da las gracias y sale. Rosario sigue un momento frente al hueco del mostrador. Después tiene que moverse: su padre pasa con una caja y le pide sitio.
Al caer la tarde sale a caminar con su madre.
Han llevado un recado a Tondo y después, en vez de regresar a casa, han cruzado el río por el puente Grande para acercarse a la Calzada, fuera de las murallas.
Ambrosia afloja el paso cuando encuentra a una conocida.
Rosario continúa unos metros y la espera junto al borde, donde puede ver llegar los carruajes antes de oírlos entre las conversaciones.
La luz baja recorre los costados de los coches y se pierde bajo las ruedas; más arriba, en los rostros de quienes van sentados, conserva todavía una claridad que a los peatones empieza a faltarles.
Un caballo sacude la cabeza y hace sonar el arnés.
El polvo se levanta poco, pesado por la humedad, y queda suspendido a la altura de los zapatos antes de volver al suelo.
Hay mujeres que caminan en parejas, hombres detenidos a quienes el saludo obliga a detenerse más, niños que aprovechan la distracción de los mayores para adelantarse hasta que los llaman.
Rosario reconoce una voz sin encontrar a quien pertenece.
Por un momento el paseo le ofrece esa libertad pequeña de estar entre personas que la conocen y no tener que responder a ninguna.
Se arregla el pañuelo sobre la camisa; el tapis , el delantal corto que cubre la saya, se ha torcido al andar y lo vuelve a colocar.
Ambrosia tarda. Rosario no quiere llamarla y acabar siendo la hija impaciente ante su conocida.
Mira los carruajes. Dentro de uno ve a una mujer que se protege los ojos con la mano y piensa que desde allí también debe de haber cosas que estorben la vista.
—Déjame pasar, muchacha.
Un español llega por detrás. Rosario se aparta; él continúa hablando con el hombre que lo acompaña. Ella recupera su lugar sin seguirlos con los ojos.
Cuando Ambrosia se reúne con ella, Rosario le pregunta qué quería la otra mujer. Su madre empieza a contárselo desde demasiado atrás. Caminan mientras oscurece y, al llegar a la parte de la historia que explica el saludo, ya están cerca de casa.
Por la noche, Rosario abre la libreta junto al quinqué.
Comprueba los cuartos, los plazos y el pago del diccionario y de la Guía.
Queda un nombre por pasar a la columna de los que no deben nada.
Seca la pluma antes de mojarla otra vez.
En la quinta columna anota con su letra «de Silva».
La pluma raspa distinto sobre el papel húmedo.