2 · A crédito #2
Su madre habla en tagalo. También en tagalo empieza otra vez la historia del espejo, por tercera vez desde enero, aunque nunca vuelve a ella por el mismo sitio: hoy ha llegado hasta un capitán al mencionar una casa de Tondo, y del capitán pasa al japonés de Dilao, que tenía un espejo que no era como los otros.
Rosario conoce el recorrido. Todavía está buscando una fibra de la pulpa cuando Ambrosia dice que el capitán se lo llevó después de matar al japonés.
—¿Y la mujer?
—Se fue al balete , al árbol.
Rosario ha oído que se fue, que la llevaron, que no volvió. Las versiones no se presentan como versiones: su madre se irrita si se le recuerda la diferencia. Hoy Ambrosia se limita a mover la mano hacia el cordón que lleva al cuello y regresa enseguida a los tamarindos.
—Eso lo contaba mi madre. A ella se lo había contado una tía, en Tondo.
Dominga murió en 1852. Rosario recuerda mejor su manera de pedir que acercaran una lámpara que el sonido de las historias; le da vergüenza cuando descubre que puede reconstruir un ruido del colegio y no la voz de su abuela.
Al escuchar a Ambrosia procura encontrar alguna inflexión que pudiera proceder de aquella otra boca. No sabe cómo reconocerla si aparece.
Su madre llega al final mientras limpia una semilla con la uña. Dice, en la lengua en que la recibió, la frase entera:
—Hasta que no se mezcle la sangre derramada, no se verá la verdad.
Rosario deja una semilla en el cuenco equivocado. Ambrosia se la devuelve con dos dedos.
—No vayas contando esto.
—No lo he contado.
—Ni lo creas todo.
Rosario mira a su madre, que continúa trabajando.
Quisiera preguntarle para qué se lo cuenta entonces; otras veces lo ha hecho y la pregunta las lleva a una discusión donde acaban apareciendo asuntos que no tienen nada que ver con un espejo.
Prefiere estar allí un poco más. La historia le fastidia por la obediencia que parece reclamar, por traer consigo una gravedad que nadie le ha permitido examinar; y, al mismo tiempo, le dolería que Ambrosia dejara de interrumpirle la mañana para confiársela.
No necesita creer que un objeto aguarda una mezcla de sangre para querer conservar la voz que lo dice.
Su madre encuentra un fruto demasiado seco, lo prueba y hace una mueca. Rosario se ríe.
—Ese también lo vas a guardar.
Ambrosia lo deja aparte. No contesta hasta haber tragado.
—Para tu padre.
El Boletín Oficial de Filipinas espera abierto sobre el mostrador.
Rosario lo ha pagado y no piensa dejar sin leer la mitad por la que no siente curiosidad.
Recorre los anuncios de la Escolta, busca el folletín y vuelve a una correspondencia de Cochinchina cuya fecha tiene ya dos meses.
Turana le cuesta un instante de pronunciación.
Al leer el nombre por segunda vez, lo une al párrafo donde está y consigue retenerlo; no sabría colocarlo en un mapa sin buscarlo.
Las noticias llegan con una demora que ella acepta para los viajes y detesta cuando el folletín interrumpe una conversación.
A veces vuelve a la entrega anterior para comprobar qué respuesta faltaba.
Le gusta averiguar de qué modo una persona termina diciendo lo que no había pensado decir; si el autor lo hace demasiado deprisa, se enfada con él y después sigue leyendo.
La tinta le mancha el pulgar. Se limpia en un trapo antes de tocar la libreta.
En la calle, la mañana se ha espesado. Las conversaciones se cruzan con el paso de los carros, una voz ofrece algo desde un portal y otra responde desde un piso alto sin que Rosario llegue a distinguir qué han acordado.
Sobre el papel, en cambio, cada anuncio ocupa su espacio.
Puede releer una dirección, comparar un precio con el de la semana anterior, detener a un desconocido en mitad de una frase.
Esa obediencia de la letra le proporciona un placer que no sabe explicar a su madre, para quien comprar noticias que ya han ocurrido se parece demasiado a pagar dos veces por la misma desgracia.
Rosario acaba el periódico. Dobla las páginas sin hacerlas coincidir del todo: una esquina está húmeda. Al levantarlo, ve que la mesa ha recibido una sombra de tinta.
Las cuatro niñas llegan después de comer.
Inés trae la cartilla envuelta; Lucía ha perdido el trozo de tiza que guardó la víspera; Clara lo encuentra en un pliegue de su propia falda y se lo devuelve sin explicación.
Juana entra la última, se quita las chinelas junto al banco y vuelve a ponérselas cuando Rosario la mira.
En el zaguán hay una mesa, una pizarra pequeña y sitio justo para que las cuatro se inclinen sin darse con la cabeza. Rosario abre la última página de la libreta. Allí están sus nombres, separados de las cuentas de los libros. Comprueba una lección pendiente y deja una marca junto al de Inés.
Empiezan por la lectura. Una niña pronuncia cada sílaba con tanta fuerza que pierde el aire antes de llegar al punto; Rosario le pide que repita más despacio.
A otra le resulta fácil reconocer la palabra cuando la oye y difícil encontrarla cuando nadie se la dice.
Les tapa con un papel el renglón siguiente para que no se escapen hacia una frase que saben de memoria.
—Aquí. Lo que está aquí.
Después pasan a la doctrina. Las voces se juntan, se adelantan unas a otras, se detienen donde ninguna recuerda cómo continuar.
Rosario no confunde esa seguridad del coro con haber leído.
Hace empezar a Clara sola y espera; le cuesta no ayudarla cuando oye los primeros tropiezos.
La muchacha busca una respuesta en su cara.
Rosario baja los ojos a la página y le deja el tiempo que necesita.
Hay colegios de niñas en la ciudad; ella estuvo en uno.
Lo que hace en esta entrada cabe entre las obligaciones de las familias y las horas de su negocio, y todavía no sabe qué podría llegar a ser si dispusiera de una habitación entera, de bancos suficientes, de libros que no hubiera que reservar para un cliente.
Le gustaría enseñar sin estar escuchando la puerta.
También sabe que, al cabo de una mañana de clase, echaría de menos el instante en que una persona desconocida entra a pedir algo que ninguna de las dos había previsto.
En las cuentas usa las monedas del cobro. Coloca seis sobre la mesa, separa dos y pregunta cuántas quedan. Lucía responde antes de que Juana haya empezado a contarlas.
—Ahora déjala a ella.
Juana cuenta cuatro, se detiene, vuelve a empezar.
—Cuatro.
—Apúntalo.
La niña hace una cifra que podría ser una silla volcada. Rosario la corrige al lado, sin borrar la primera. Después Inés quiere saber si el hombre que recibió las dos monedas debe devolverlas. Rosario pregunta quién se las había prestado.
—Usted las ha quitado.
Las cuatro la miran. Rosario pone las monedas otra vez en su sitio.
Al terminar, Clara se queda buscando algo bajo el banco.
No falta nada; tarda un poco en admitir que quiere llevarse la cartilla para enseñarle a su hermano una palabra que él no sabe.
Rosario se la envuelve y le pide que mañana la traiga de vuelta.
Cuando la niña sale, anota el préstamo junto a su nombre. No pone qué palabra es.
Después recoge la mesa. El banco conserva cuatro huellas de calor que va encontrando al pasar la mano, y junto a una pata aparece un pedazo de tiza que ninguna reclamó.
Lo deja en el recipiente de las demás. Tiene veintiún años; algunas tardes, al oír que la llaman maestra desde la calle, vuelve la cabeza con la impresión de que buscan a una mujer que camina detrás de ella.
Le agrada esa equivocación y le asusta acostumbrarse demasiado pronto a lo que otros esperan.
Puede resolver una cuenta, corregir una lectura, convenir un plazo.
Hay preguntas que las niñas todavía no le hacen y que ella se formula al acostarse, cuando deja un libro a medias porque mañana debe prestarlo: qué leería si ningún título tuviera que producir una renta, adónde iría si pudiera ausentarse sin dejar a alguien atendiendo, con quién hablaría de todo eso sin que la conversación terminara en un consejo.
Junta los bancos debajo de la mesa. El zaguán parece mucho más ancho cuando ellas se marchan.