El reflejo de Oriente. El espejo Makyo 2 · A crédito
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2 · A crédito

Rosario abre la hoja de madera y encuentra un libro en el suelo.

Ha caído durante la noche, empujado por los que se hinchan en el estante.

Lo recoge por las dos tapas, separa las hojas que han quedado dobladas y lo deja entre tablas, con un peso encima.

Hasta después de comer no sabrá si puede volver a prestarlo.

Los otros permanecen de pie, con los lomos hacia dentro.

Así los guarda cuando cierra, apartados del aire que entra por la calle de Anloague; al abrir la tienda, pasa el pulgar por los cantos antes de girarlos y lee con los dedos lo que la noche les ha hecho.

Una cubierta cede demasiado. Otra conserva bajo la tela una dureza que ayer no tenía.

A ese volumen le tocará esperar. Rosario lleva las cuentas de los libros que salen y los que vuelven.

El martes treinta y uno de mayo empieza con un estudiante que trae dinero. Es un comienzo grato. El joven deposita los cuartos sobre el mostrador y los extiende, sin amontonarlos, para que ella vea cuánto hay.

—Veintiuno.

Rosario los cuenta. Le había prestado veinte, con aquel cuarto de rédito convenido para el plazo, y él había dejado su Nebrija en prenda.

El libro ha permanecido aparte de los que ella alquila: no podía salir con otro lector mientras su dueño tuviera derecho a rescatarlo.

Ahora lo saca de una camisa de papel, comprueba con el estudiante la tapa que ya estaba rota y lo pone a su alcance.

La libreta tiene hule negro, el lomo cosido y los bordes ondulados.

Rosario ha rayado las páginas a lápiz en cinco columnas: fecha, nombre, concepto, cuenta, saldados.

En la primera caben también los plazos. El préstamo está escrito en negro; añade el pago en rojo y repite el nombre en la quinta columna. El muchacho se inclina para verlo.

—Ya está —dice ella.

Él coge el volumen con las dos manos y lo abre enseguida, como si hubiera podido cambiar de contenido durante el mes.

—¿Ha estudiado sin él?

—Con otro.

—Devuélvalo también.

El joven se ríe y se guarda el Nebrija bajo el brazo.

Rosario ata después el paquete de otro lector: un libro suyo que sale por un mes y cuyo alquiler cobrarán al devolverlo, según han convenido.

Pasa el bramante alrededor, deja el nudo donde no marque la tapa y tira.

El hilo le corta la blandura del dedo. Se lleva la mano a los labios y la retira sin chuparla; tiene tinta.

La tienda no ocupa toda la entrada. Una mitad pertenece a los libros y la otra ha de quedar libre para que los géneros de su padre pasen al interior, para que alguien cruce con una cesta, para que las niñas lleguen a la mesa del zaguán sin rozar los paquetes.

Por encima de las contraventanas, la casa recibe una claridad tamizada que suaviza las aristas de los muebles y deja en sombra lo que está cerca del suelo.

Rosario sabe dónde buscar las cosas antes de que el sol alcance a distinguirlas.

A esa hora, cuando la calle todavía conserva algo del frescor de la noche y las voces llegan separadas, puede oír una escoba en la casa de enfrente, el golpe de un cubo y, más lejos, el arrastre trabajoso de una carga que no parece avanzar aunque sus hombres sigan gritando.

Se acerca a la puerta. En la fachada de enfrente están abriendo las ventanas altas: las hojas se recogen una detrás de otra y dejan al descubierto el interior oscuro, una mano en el alféizar, el brillo de un recipiente que alguien lleva hacia la luz.

Más abajo, los portales interrumpen la continuidad de las paredes con honduras donde el día tarda en entrar.

De uno sale un hombre encorvado bajo un bulto demasiado largo para girar; el que viene detrás le sostiene el extremo hasta que ambos pueden orientarse hacia la calle.

Rosario espera a que pasen antes de sacudir el paño.

El polvo cae sin levantarse apenas. Ha llovido durante la noche y en las desigualdades del suelo quedan charcos de agua amarillenta que los carros evitan por un lado y los peatones por el otro.

Todo el mundo conoce el paso más estrecho; sin embargo, a cada poco, alguien ha de retroceder para que el resto continúe.

Ella observa esas pequeñas disputas mientras aguarda a otro cliente.

Le gusta abrir. El negocio aún no le ha pedido nada que no pueda hacer con las manos, y los libros, antes de que empiecen a faltar, le conceden la breve abundancia de estar todos disponibles.

Su padre vuelve a media mañana. Trae un papel doblado en el bolsillo del pecho y lo saca antes de quitarse el sombrero.

Ha pagado la capitación. Rosario ve el nombre con que figura en el padrón de chinos, Yap-Tico, junto al número de su asiento y una cuota; no busca el suyo en esa hoja, que corresponde a la obligación de Domingo.

Él alisa el doblez sobre el mostrador, comprueba la tinta y vuelve a plegarlo por las mismas marcas.

—¿Lo guardo?

—Primero lo apunto.

Domingo se lleva el recibo al interior. Rosario lo sigue con los ojos hasta el armario donde conserva sus cuentas.

Podría localizar ese papel aunque él no estuviera en casa: arriba, a la izquierda, dentro de una cubierta manchada por un vaso que ninguno recuerda haber puesto allí.

Después oye las piezas del ábaco. Su padre cuenta en voz baja, con las palabras de su otra lengua; los números se detienen, vuelven atrás y avanzan de nuevo sin pedirle a nadie que los entienda.

El domingo han ido los tres a la iglesia de Binondo.

A Rosario le queda todavía en la memoria el alivio del umbral: de la claridad exterior se pasaba a un aire inmóvil, atravesado por pequeñas corrientes que no llegaban a mover la ropa, y los ojos tardaban en encontrar las caras conocidas entre los bancos.

Ambrosia avanzó por su lado habitual. Domingo esperó a que pasara una familia y tomó asiento algo más allá.

Rosario sabía dónde sentarse antes de aprender todas las respuestas de la misa; nadie necesitó nombrar el antiguo pleito de los abuelos para dejar una distancia en la madera.

Ella se arrodilló junto a su madre. En el respaldo de delante, una talla gastada había perdido la hoja de un adorno, y durante la misa sus ojos regresaron varias veces a aquella interrupción.

Podía rezar y verla al mismo tiempo, igual que podía escuchar la doctrina y oír detrás a una mujer que procuraba calmar a un niño.

Ambrosia le rozó el codo al levantarse. Se sostuvieron un instante la una en la otra sin que hubiera necesidad de escoger quién ayudaba a quién.

Al salir, Domingo compró algo para llevar a casa y lo puso en manos de su hija.

Rosario recordó la lista del colegio de Santa Rosa, la de 1852, donde aparecía como Rosario de la Cruz.

Su padre había pagado para que no figurase Yap y se lo había mostrado satisfecho, esperando de ella una alegría que supo fingir antes de entender lo que perdía.

A los catorce años quiso esa lista: le daba entrada.

Todavía conserva el papel. A veces le molesta más haber querido guardarlo que lo que su padre hizo para obtenerlo.

No puede mirar a Domingo sin ver también los libros que le pagó, la preocupación con que examinaba sus zapatos al regresar del colegio, las veces que dejó para otro día una compra propia.

Esa abundancia de cuidados la enfada cuando quiere enfadarse con él por una sola cosa.

Querría que el daño tuviera un contorno sencillo, como un corte en una cubierta, y no viniera rodeado de favores que recuerda con gratitud.

Desde el cuarto, Domingo pregunta si ha comido ya el estudiante.

—No se lo he preguntado.

—El de los cuartos.

—Ya sé cuál.

Rosario se levanta para buscarlo con la mirada, aunque sabe que hace rato que se fue.

Domingo aparece a su lado con un bollo en la mano.

Mira también hacia la calle y luego lo parte, le ofrece la mitad.

Rosario lo acepta. Durante un momento comen mirando en la misma dirección, sin aprovechar la pausa para hablar de cuentas; su padre se sacude una miga que ha caído en el pecho, y ella recuerda lo grande que le parecía esa mano cuando todavía se dejaba llevar de ella por la Escolta.

La memoria le devuelve una confianza entera que ya no sabría ejercer.

No era una confianza sabia ni merecida en cada detalle; era el descanso de que otro conociera el camino.

Ahora Domingo le pregunta dónde ha puesto una relación de entregas y espera que sea ella quien lo sepa.

Rosario termina de masticar antes de responder.

El papel está junto al ábaco. Él había dejado encima el recibo de la capitación.

Ambrosia deshuesa tamarindos junto a la puerta del patio.

Tiene cuarenta y cuatro años y una impaciencia que aumenta cuando el fruto se resiste: la pulpa se le queda entre los dedos, las semillas caen en un cuenco y cada caída parece darle la razón acerca de algo.

Rosario acerca un taburete. Su madre le entrega una porción del trabajo sin preguntarle si ha venido a ayudar.

El patio huele a ropa que tarda en secarse.

En las tablas cercanas a la cocina permanece una humedad oscura, y el agua recogida en una vasija devuelve, por el hueco de la boca, un fragmento de cielo de una limpieza que el cielo entero no tiene.

Sobre una cuerda han tendido un paño; una de sus esquinas gotea todavía y forma en el suelo una mancha del tamaño de una mano.

Rosario cuenta tres gotas mientras intenta separar la primera semilla.

Después deja de contar. Dentro de un rato tendrá que volver al mostrador, pero nadie la llama y la luz, detenida entre las paredes, le permite olvidar por unos minutos cuántas cosas esperan una respuesta.

—No las tires ahí —dice Ambrosia.

Rosario cambia las semillas de cuenco.

—Son para lo mismo.

—Cuando termine, sí.