El reflejo de Oriente. El espejo Makyo 1 · Acuse de recibo #2
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1 · Acuse de recibo #2

Había ido a recoger unos sobres, y el escaparate me detuvo.

La calle estaba llena de compras pequeñas que estorbaban como grandes: una cesta atravesada en una puerta, un hombre que no acababa de decidir dónde descargar, dos coches obligados a entenderse con quienes iban a pie.

Dentro hacía falta quedarse inmóvil. Desde el asiento veía, junto a la tela dispuesta detrás de mí, un borde de pared descascarillado que quedaría fuera del retrato; me costó más dejar de mirar aquel borde que mantener quietas las manos.

Es extraño cuánto puede cansar una cosa que no exige moverse.

Quisiera que Carlos tuviese una imagen mía cuando empiece a entender las caras.

La última mañana de enero lo sostuve un rato mientras buscaban su gorro.

Se le doblaba una mano contra la manga y hube de sacársela para que no quedase debajo; no había pensado hasta entonces en lo poco que pesa un brazo por separado.

Escribo esto porque no quisiera que, al hablarle de mí, todo quedase reducido al viaje.

Tampoco hace falta decirle ahora nada: a su edad atenderá más a quien le lleve la comida.

No se apresure a mandar la caja pendiente.

Me basta con saber qué contiene antes de dar instrucciones, y con que lo frágil no vaya mezclado con los libros.

En el dorso de esta carta vuelvo a poner Hong Kong y Marsella; conserve la dirección tal como figura, pues cada copia introduce alguna mejora que luego no reconoce el correo.

Dé a Casilda un abrazo de mi parte y dígale que su costura azul estaba entre mis camisas.

Su hijo afectísimo,

Alejandro.

Secretaría del Gobierno Superior Civil de Filipinas

Salida núm. 47. Fletes

Excmo. Sr.:

Tengo el honor de elevar a conocimiento de V.

E. la relación adjunta de las proposiciones recibidas para el transporte de los efectos cuya remisión se tiene acordada, con expresión separada de los precios de conducción y de los gastos que pudieran originarse antes del embarque, a fin de que, enterado V.

E. de las condiciones ofrecidas, se sirva resolver lo que estime procedente, sin que la inclusión de una proposición en el estado pueda entenderse como aceptación de las obligaciones que contiene; debiendo advertirse que las cantidades consignadas se refieren a los bultos declarados y que cualquier diferencia que resultare al tiempo de la entrega habrá de hacerse constar, con conocimiento de ambas partes, en el recibo correspondiente, cuyo duplicado deberá remitirse a esta Secretaría para su unión al expediente y posterior toma de razón.

Dios guarde a V. E. muchos años.

Manila, 5 de mayo de 1858.

El secretario.—[Rúbrica.]

Excmo. Sr. Gobernador y Capitán General de Filipinas.

Manila, 7 de mayo de 1858

Mi querida madre:

Acuso recibo de su carta de 3 de marzo y le agradezco las noticias de Carlos, las primeras que me alcanzan con algún pormenor desde que salí.

He vuelto a medir con los dedos lo que dice usted que ha crecido; ya sé que no se sigue el crecimiento de un niño sobre la mesa de una oficina, pero no tenía otro modo de representármelo.

Me alegra que duerma mejor y que Casilda pueda descansar.

No le transmita mi pregunta acerca de su apetito si ha de tomarla por una nueva vigilancia de todos nosotros.

Dígame cómo se llama la nodriza. Me ha escrito usted dos veces «la mujer», y al preparar unas líneas de agradecimiento he encontrado que no tenía nombre con que empezarlas.

No importa que no sepa leer; alguien podrá decírselas.

También deseo conocer cuánto le pagan y si ha necesitado dejar lejos a su familia, por si hubiera que añadir algo al envío previsto.

No lo prometa antes de que haga la cuenta.

Esta precaución me sale quizá demasiado pronto, pero sería peor ofrecer por carta lo que después no llegase.

He tenido trabajo con fletes. La misma carga cambia de precio según se la mencione sola o con las otras, y al trasladar las proposiciones hay que conservar incluso las condiciones que parecen repetidas.

Quien ha ofrecido transportar un bulto no ha ofrecido guardarlo en tierra mientras llega el segundo.

Esto lo entiende cualquiera cuando se le explica; antes de explicarlo, todos creen haber leído lo mismo.

Me he quedado con una copia del oficio para recordar qué dije en nombre de quien lo firma, pues a la semana siguiente las palabras vuelven por otro conducto y suelen traer añadida una seguridad que no tenían al salir.

Las obras del muelle me han obligado a cambiar el paso de la mañana.

Hay montones de material entre los que se estrecha el camino, y los carros esperan donde pueden, de forma que a ratos un hombre cargado tiene que buscar sitio entre una rueda y el agua.

Lo peor no es el barro, que al menos se ve, sino una tabla puesta para salvarlo y que al recibir el peso inclina el otro extremo.

Ayer atravesé con cuidado una de esas tablas y quedé muy satisfecho de mis zapatos; al volver encontré la misma tabla más adelante, y comprendí que el cuidado tendría que empezar de nuevo.

Desde allí se distingue el río por intervalos, detrás de las cargas apiladas, hasta que una abertura lo devuelve entero y se ve cuánto espacio ocupa lo que los hombres llevan toda la mañana tratando de acercar a la orilla.

El agua viene turbia, con pequeños restos que giran antes de encontrar corriente; los cascos rozan sus amarras, las voces se contestan desde lugares que no alcanzo a ver y, sobre el movimiento bajo, las ventanas de las casas parecen conservar una quietud que no debe de existir dentro.

Si hubiera que juzgar la ciudad por ese tramo de ribera, se diría que está continuamente llegando algo que nadie sabe dónde poner.

No he comprado el abanico que me pedía para Casilda; he visto varios, pero en unos me desagrada el dibujo y en otros me parece que se paga más el deseo del comprador que la labor.

Volveré con alguien que conozca el precio.

Me gustaría elegirlo yo, aun a riesgo de que resulte menos a propósito que el que hubiera elegido usted.

Conserve para mí las noticias pequeñas. No hace falta que aguarde una novedad importante para escribir: si Carlos se despierta, si ríe de lo que ayer le asustaba, si Casilda ha podido salir, eso es bastante. Lo demás lo encuentro todos los días en la mesa, acompañado de los papeles que faltan.

La abraza su hijo,

Alejandro.

Manila, 2 de junio de 1858

Mi querida madre:

Acuso recibo de su carta de 28 de marzo, en que me participa el fallecimiento de Casilda, ocurrido el día 9 a consecuencia de las fiebres tifoideas.

Han llegado juntos ese pliego y el que ella escribió en enero, atados con un bramante que he tenido que cortar porque el nudo se había endurecido.

Le agradezco que haya incluido el suyo. No sabía que quedaba una carta por llegar.

Hace mucho calor y debo poner un papel debajo de la mano para no humedecer la hoja. Ni siquiera de noche se enfría bastante el cuarto.

Disponga usted el luto de la casa y comuníqueme el gasto, separado de las otras cuentas.

No suprima nada de lo que juzgue debido por atender a mi envío; procuraré que este llegue y, entretanto, si necesita emplear alguna de las cantidades de que ya hablamos, puede hacerlo sin aguardar nueva instrucción.

Conserve los recibos. No se los pido para discutir un gasto, sino porque desde aquí encuentro el orden con más dificultad que usted, y una suma sin concepto termina mezclándose con la del mes anterior.

Me escribe que Carlos estuvo en otra habitación.

Me alegra que pudieran disponerlo así. Le ruego que no cambien a la mujer que lo atiende mientras no haya motivo distinto de la tristeza que trae verla en la casa; el niño la conoce, y ya no sé qué otras cosas reconoce de las que nosotros damos por sabidas.

Quisiera recibir su retrato cuando sea posible.

No lo lleven si ha de resfriarse o pasar una mañana entera esperando.

Puede aguardarse a que haya buen tiempo y a que usted tenga fuerzas para acompañarlo, o para encargar a alguien que vaya.

En el pliego de Casilda hay una frase acerca de las mangas de mi camisa.

Había encontrado estrecho uno de los puños y me advertía que otro estaba mejor.

Lo he buscado esta tarde. Son iguales a primera vista, pero tenía razón.

No había usado todavía esa camisa; la guardé debajo de las otras al deshacer el baúl.

Le escribo vestido con ella y me estorba el puño contra el borde de la mesa, de modo que lo he vuelto hacia atrás, aunque esto deje a la vista una costura que ella procuró esconder.

No envíe sus ropas por el momento. Póngalas donde no se manchen y deje aparte lo que pueda servir a quien la cuidó.

Respecto de los muebles, preferiría que no se cambiase la habitación hasta saber qué necesita el niño.

Confío en su criterio. He escrito «preferiría» y advierto que le pido una cosa de la que usted habrá de ocuparse mientras yo continúo aquí, sin ver si estorba o si conviene.

Haga, por tanto, lo que resulte mejor, y dígamelo después con el detalle que pueda.

He dejado ambos pliegos sobre la mesa hasta acabar la copia que debía entregar hoy.

Nadie me había preguntado por ellos. Al retirarlos, una hebra del bramante quedó cogida en el canto del cajón y tuve que abrirlo otra vez.

Ahora está dentro, con las dos cartas; no deseo perderlo entre el papel que se desecha.

Para el correo que llegue en adelante agradeceré que escriba «personal» en el sobre interior.

Iré a buscarlo yo al salir y podré leerlo en casa.