1 · Acuse de recibo
Mi querida madre:
Entro a las ocho en la Secretaría. Algunos días puedo retirarme a mediodía; otros me quedo para concluir lo que ha de salir con firma y, si hay correo, vuelvo por la tarde.
No crea que se pasa todo ese tiempo escribiendo.
Se busca una orden, se espera un antecedente, se lleva una hoja al despacho y se la trae porque falta otra.
Hay un escribiente sangley que corta las plumas de ave para quienes todavía las prefieren; me ha reparado el mango de la mía, que es de acero, y se ha reído al verme guardar el trozo desprendido.
Le he dicho que era de hueso y él me ha enseñado el hueso restante, como si con aquello quedase resuelta mi objeción.
La reparación tiene más solidez que la que yo había intentado.
Me han confiado extractos. Viene un legajo con solicitudes, recibos y certificaciones, y hay que dejar en el margen lo suficiente para que el jefe sepa de qué trata antes de leerlo.
Después escribe su decreto, a veces dos palabras, y yo preparo la comunicación.
Hoy he copiado tres veces «informe la Intendencia», en asuntos que nada tenían que ver unos con otros.
La tercera copia ha salido mejor, por haberme acomodado ya la mano.
El callo del dedo corazón me molesta menos que durante la travesía; a falta de otra ventaja, puede decirse que he vuelto a mi oficio.
La habitación que tomo está en Binondo. Para ir al despacho cruzo el río entre carros y personas cargadas, y por la mañana, antes de que el polvo se levante, se distingue en la madera húmeda del puente cada huella reciente.
En las orillas se amarran embarcaciones tan próximas que, vistas desde arriba, no parece quedar sitio para un hombre; sin embargo, los hombres pasan, levantan una tabla, se agachan bajo un cabo y vuelven a aparecer más allá con el mismo bulto.
He empezado a salir antes, porque me detenía a mirarlos y llegaba con la camisa pegada a la espalda.
No es distancia excesiva, pero no se anda como en Madrid.
En casa abro las ventanas al volver y cierro antes de encender la luz.
Los bastidores dejan entrar una claridad blanca que al principio tomé por niebla; me aconsejaron no cambiar de cuarto hasta haberlo visto durante la lluvia.
Hice bien en esperar. En el patio de abajo se reúne el agua alrededor de las patas de una mesa, y la mujer que lava allí muda los cubos de sitio con tanta oportunidad que ninguno recibe lo que cae del alero.
Mi techo no gotea. Esto vale más que una ventana grande.
Mi compañero me ha enseñado a preparar el envío dejando secar las hojas separadas; por esa razón encontrará esta carta menos apretada.
He preferido gastar otro pliego a que usted tenga que adivinarme.
Diga a mi padre que no he olvidado su encargo y que preguntar no equivale todavía a conseguir.
Guarde la cuenta del sastre hasta que pueda incluirla con las demás; no quiero que se presente dos veces.
Estoy bueno. Puede decirlo así a quienes pregunten, sin añadir que me encuentro contento o descontento, cosas que aquí varían antes de llegar al correo.
Su hijo, que la quiere,
Alejandro.
Manila, 16 de abril de 1856
Mi querida madre:
Acuso recibo de la suya de 16 de febrero.
Quedan apuntadas las dos cantidades, con la diferencia que señala usted entre lo debido y lo que puede cobrarse.
No he trasladado esa diferencia a mi padre, puesto que me dice que ya lo hablará con él; tampoco la omitiré en mis cuentas, porque después resulta difícil recordar por qué un número fue menor de lo que esperábamos.
Si llega a saber de una plaza en Madrid donde pudiera ser útil mi experiencia, no deje de avisarme; prefiero una noticia pequeña y cierta a una recomendación cuyo destinatario aún no conocemos.
La licencia sigue su curso. He presentado lo que me pidieron y aguardo la resolución antes de concertar pasaje, pues una plaza reservada demasiado pronto acaba por costar aunque uno permanezca en tierra.
Si todo se dispone como deseo, podremos hablar a la mesa y dejar descansar el papel.
Me alegrará verla sin tener que empezar por la fecha en que escribió usted.
No mande entretanto nada de peso. Bastará una carta que pueda seguirme si al llegar he salido ya.
Le agradeceré que vea el asunto de las Alcázar.
Me parece bien lo que propone, con tal de que no se dé por hecho antes de hablarlo; de Casilda conservo la impresión que ya conoce usted y no encuentro motivo para corregirla.
Pregunte también qué libros han quedado en casa de mi tío.
Si está el diccionario francés, no lo preste de nuevo, aunque aseguren que será por pocos días.
Con el sastre puede arreglar lo de la cuenta, pero no encargue otra levita: traeré la que tengo y que él juzgue, viéndola, si admite arreglo.
Aquí, al anochecer, parece todavía una prenda respetable.
De día se ve por qué me conviene entrar antes de que lleguen los demás.
He cambiado de mesa en la oficina. La nueva queda cerca de una puerta, y cuando la abren no necesito apartar la silla; a cambio, el aire levanta los papeles que dejo sin peso.
Tengo una piedra pequeña sobre la correspondencia y otra mayor sobre los expedientes.
Un compañero, al verlas, me preguntó si el traslado comprendía también una playa.
Le ofrecí la piedra pequeña para que probase y no ha vuelto a traerla.
He tenido que procurarme otra, bastante fea para que no despierte deseo de posesión.
La estación se nota primero en el trabajo.
La tinta tarda de otra manera en secar; una hoja que parecía dispuesta para doblarse deja marca sobre su compañera, y entonces el ahorro de unos minutos obliga a repetir un pliego entero.
Por la tarde las paredes guardan calor después de que la calle ha empezado a perderlo.
Se oyen los vehículos que regresan, las voces de quienes venden lo que no les conviene conservar hasta mañana y, desde algunas casas, una música que se interrumpe a mitad de frase para repetirla.
En la mía han puesto a secar ropa sobre el patio.
Veo las mangas vacías moverse por encima de la mesa y me acuerdo del miedo que tenía usted a que las sábanas de Madrid se desprendieran de la cuerda y fueran a dar al balcón del vecino.
No compre por ahora muebles para mí. Le ruego que no tome esto por falta de resolución en lo otro; solo quisiera llegar antes que mis compromisos.
He procurado averiguar qué parte de lo ganado podré llevar, una vez satisfechos casa y viaje, y preferiría contarlo con usted antes de que otros dispongan de la cifra.
El dinero que parece sobrar en una carta queda muy reducido cuando uno se sienta delante.
Me pide que escriba más de mis amistades.
Las personas con quienes trato la saludarían si estuviera aquí, pero poner sus nombres no ha de proporcionarle el gusto de conocerlas.
Le contaré cuando llegue. Para el próximo correo espero darle una fecha de salida.
Lo dejo apuntado, con el diccionario y la levita, aunque esta sea la única de las tres cosas que puedo traer yo mismo.
Besa su mano su hijo,
Alejandro.
Manila, 4 de abril de 1858
Mi querida madre:
Acuso recibo de su billete de 7 de febrero, que me aguardaba con los papeles del arrendatario.
Celebro que haya usted obtenido al menos una contestación, aunque no venga acompañada de dinero.
He leído las condiciones y no encuentro qué añadir desde aquí.
Dejo a su prudencia aceptar una parte, si esperar el todo ha de producir otra vez lo que produjo el año pasado.
Llegué con el equipaje completo y me he presentado en la Secretaría.
La ropa menos abrigada iba en el fondo del baúl; tuve que sacar cuanto había colocado encima para encontrarla, y eso ha hecho más por devolverme a esta casa que todas las visitas del primer día.
Hay pequeñas cosas cambiadas. La ventana cierra peor; un cajón conserva la señal de una taza que no era mía.
Me han guardado los libros separados del muro.
El papel tiene olor a encierro, pero no he hallado daño que me obligue a reclamar.
No se ha provisto a otro la mesa que ocupaba, aunque sí la ocupa de hecho una pila de expedientes.
He trabajado dos mañanas en el extremo libre y hoy me han retirado una parte.
El jefe me preguntó por Madrid y por mi familia; cuando le dije que había dejado mujer e hijo, quiso saber si pensaba traerlos.
Le respondí que, siendo Carlos tan pequeño y habiendo pasado Casilda el invierno como usted sabe, no sería prudente decidir el viaje por el deseo de reunirnos.
Se dio por satisfecho. Me encargó después una copia que necesitaba para el día siguiente.
Adjunto mi retrato, hecho en un establecimiento de la Escolta.
Va pegado a una cartulina para que no llegue doblado.
El fotógrafo me colocó la cabeza y luego los brazos; cuando tuve todo en su lugar me advirtió que no cambiara la expresión, como si entre tantas disposiciones hubiese podido conservar una propia.
He salido más serio de lo que esperaba. Casilda puede reírse sin temor a que la oiga, pero le ruego que guarde la imagen donde no reciba sol.
Me dijeron que la luz que sirve para hacerla no es igualmente buena para conservarla.