El reflejo de Oriente. El espejo Makyo Cuadro de clasificación #3
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Cuadro de clasificación #3

Se despiden junto a la puerta. Cuando Elena se ha ido, Leonor vuelve a la mesa y prueba a ponerse la alianza. El dedo está algo hinchado. La deja a la derecha de la ficha y bebe el agua que quedaba en su vaso.

El viernes veintidós, a las once, Elena de Silva Aguirre comparece en la notaría de la calle de Velázquez. Leonor no está allí.

Sobre la mesa del despacho hay un documento de identidad, una carpeta con copias y los folios de la escritura.

El notario comprueba los datos, lee las disposiciones y se detiene antes de las advertencias.

Elena conserva las manos juntas en el regazo.

Por la ventana abierta entra el ruido de una obra; durante el paso de una máquina, el notario interrumpe la lectura y espera.

ESCRITURA DE REPUDIACIÓN DE HERENCIA Y ACEPTACIÓN DE LEGADO

Madrid, veintidós de mayo de dos mil veintiséis.

Doña Elena de Silva Aguirre repudia pura, simple y gratuitamente la herencia de don Ignacio de Silva Arizmendi, fallecido el nueve de enero de dos mil veintiséis, sin designación de beneficiario.

Acepta el legado del baúl de Saigón, que el causante trajo en 1975, con todo lo que contiene, dispuesto a su favor en el testamento de diecisiete de noviembre de dos mil veintiuno y cuya entrega consta en el acta de diez de febrero de dos mil veintiséis, conforme a lo previsto en el artículo 890, párrafo segundo, del Código Civil.

El papel timbrado permanece extendido delante de Elena.

Las advertencias ocupan el apartado siguiente.

El notario explica el carácter irrevocable de la repudiación y las causas legales por las que cabría impugnarla; señala que los efectos se retrotraen al fallecimiento y pregunta si necesita alguna aclaración.

—No.

Elena coge la pluma que le ofrece. Firma en el lugar indicado y la devuelve. El notario completa el otorgamiento y la autorización; los folios quedan reunidos con sus referencias de protocolo.

—Querría una copia autorizada más —dice ella.

La oficiala lo anota. Elena solicita también que se facilite una copia simple al abogado de Leonor y autoriza expresamente su entrega. Deja por escrito los datos del destinatario. Mientras la oficiala comprueba la dirección, recoge el documento de identidad y lo guarda en la cartera.

La carpeta entra en el bolso después. En el pasillo, Elena se aparta para dejar pasar a un hombre que acompaña a una mujer del brazo. La puerta del despacho vuelve a abrirse. La oficiala llama a los siguientes.

El sábado por la mañana, el mensajero entrega el sobre en el palacete. Leonor ha subido antes de las diez. Su abogado ha obtenido la copia simple conforme a la autorización de Elena y la envía acompañada de una nota breve. La nota indica la fecha; no incluye un comentario.

Leonor abre el sobre por el lado corto. Lee la copia de principio a fin, la deja sobre el apoyo y vuelve a empezar. El nombre de Ignacio, la fecha de su muerte, las dos decisiones de Elena. Busca una condición que no está escrita. Tampoco hay un destinatario elegido para lo que repudia.

Su hermano había hablado de aquellas acciones como de una manera de cuidar a la muchacha.

Leonor lo había escuchado sin preguntarle qué clase de cuidado podría aceptar ella.

Ahora encuentra en el papel una voluntad que no necesita discutir con la de Ignacio para dejar de obedecerla.

Le resulta difícil mirarla sin pensar en una ingratitud y, enseguida, le molesta haber elegido una palabra que lo coloca todo de su lado.

Elena tendrá que seguir pagando cosas el lunes, buscar trabajo cuando termine el contrato, llamar a su madre.

Ninguno de esos días cabe en la copia que tiene delante.

Al llegar de nuevo al legado, levanta los ojos.

Todavía no ha colocado el bolso en el aparador; lo lleva colgado del respaldo, al alcance de una mano.

No tiene que asistir a ninguna reunión esa mañana.

Podría regresar a Zurbano y dejar que la nota del abogado esperase hasta el lunes, pero el sobre abierto ya ocupa un lugar en la mesa y no le gusta irse sin dar sitio a lo que ha recibido.

Piensa en llamar a Elena. No sabe qué diría después del saludo.

Ayer podía preguntarle si estaba segura; hoy esa pregunta tendría otra forma, y Leonor se resiste a convertirse en una voz que llega después de la firma para repetir lo que la firma acaba de resolver.

Se queda sentada. Le duele la mano derecha y, cuando separa los dedos, el dolor tarda en obedecer.

Fuera han abierto los dos lados de la verja para que entre una furgoneta.

Leonor oye la maniobra, las indicaciones del vigilante, un frenazo muy leve.

La claridad de la mañana alcanza el borde de la mesa.

Acerca una camisa de cartón neutro, coloca dentro la copia y la nota, y busca una caja en la que puedan quedar juntas sin doblarse.

Deja el teléfono donde estaba. En la esquina superior derecha de la camisa escribe a lápiz: «Correspondencia personal. 2026. 23. Provisional». La última letra sale más abierta que las otras. Apoya la mano junto al cartón hasta que puede levantarla.