Hoja de servicios #3
Le cuesta apartarse. Ha visto ese cuadro de niña, ha esperado debajo mientras los mayores terminaban de hablar, ha mirado la mano del uniforme porque estaba a la altura de sus ojos.
El espejo ocupaba entonces el mismo sitio.
La idea de haberlo tenido delante durante años le produce una extraña vergüenza, como si hubiese desatendido a alguien que no estaba pidiéndole nada.
—¿Necesita que encienda más?
Elena se vuelve. El hombre ha dejado unas llaves sobre la mesa.
—No. Gracias. Así está bien.
Antes de comprobar cómo está sujeto, el hombre despliega un metro y mide la anchura del marco.
En la escalera hay una vitrina con medallas y fotografías.
El técnico de mantenimiento, Tomás Regueiro, la abre para retirar un pequeño soporte que se ha vencido.
Se ha presentado mientras subían; Elena le ha dicho su nombre sin añadir los apellidos, y él no se los ha preguntado.
Mientras trabaja le explica que llevan tiempo buscando una pieza de mármol que no destaque en el rellano; en el almacén conservan recortes de varias reparaciones y ninguno coincide cuando lo sacan a esta luz.
—En mojado se parecen todos —dice—. Luego se seca y vuelve a salir la mancha.
Elena se agacha para mirar la unión. Él le señala otra, más antigua, que ella no había distinguido.
Durante un rato hablan de piedra, de productos que dan brillo y dejan el suelo peor, de la dificultad de intervenir sin que el trabajo se vea.
El técnico sostiene el soporte con una mano y busca el tornillo con la otra.
Elena acerca la caja que queda fuera de su alcance.
—El cuadro también lo bajamos —dice él—. En el diecinueve. Para limpiarlo.
Ella tarda un instante en relacionarlo con el retrato.
—¿Visteis el reverso?
—Claro. Tenía una etiqueta. Dos fechas.
—¿Recuerdas cuáles?
Él niega con la cabeza. Recuerda dónde tuvieron que apoyar el marco y el cartón que pusieron para que no tocara el suelo. De las cifras no está seguro. Elena espera sin ofrecerle ninguna.
Le gustaría volver a la sala y levantar el teléfono, llevarse al menos la disposición de aquella mesa pintada.
Le han indicado que la visita no incluye fotografías, y el técnico tampoco puede descolgar el cuadro para ella.
Saca el cuaderno. Anota lo que él recuerda de 2019, separándolo de lo que ha visto esta tarde; dibuja el contorno del espejo y deja un hueco junto al mango.
—Si aparece una foto de cuando lo bajamos, pregunto si pueden mandársela.
Elena le da las gracias. No escribe todavía que esa foto exista.
En Ayala, de noche, coloca el cuaderno junto al ordenador y se quita las zapatillas bajo la mesa. Antes de trabajar llama a Kavi. Él ha vuelto a Sevilla; en la llamada se oye agua, después un golpe pequeño.
—Estoy lavando un plato —dice.
—Puedo llamar luego.
—Ya está lavado.
Elena sonríe. Empieza por el espejo del estadillo y descubre que habla más deprisa que durante toda la tarde.
Kavi le pide que lea también el encabezamiento.
Ella lo hace, se detiene y añade lo de la pintura.
Cuenta la etiqueta, las dos fechas que aún no conoce, la reparación del mármol. Cuando acaba, él no responde enseguida.
—Has tenido un día largo.
—No ha estado mal.
Dice la verdad. Está cansada y habría querido que, después de oírla, alguien permaneciera un rato en la habitación sin exigirle otro resultado.
Reconoce con una claridad que le da pudor que ha llamado a Kavi por eso también.
Se acomoda en la silla y le pregunta por el viaje de vuelta.
Él habla de una maleta que tardó en salir; ella escucha esa demora sin buscarle utilidad.
Después abren una edición impresa de los artículos de capitulación, digitalizada.
Elena tiene a un lado un resumen que le enviaron entre los materiales del centenario.
Una línea del relato atribuye a su antepasado la intervención en el acuerdo; en la relación abreviada que la acompaña aparece «Carlos R.
». Ha pasado por encima de esa inicial varias veces, ayudada por el nombre que reconocía y por el párrafo que venía antes.
En el texto del documento, fechado el catorce de agosto de 1898, el apellido del firmante está entero: Carlos Reyes. Coronel de Ingenieros. El combate de la hoja de servicios corresponde al día anterior.
Elena aumenta la letra, como si la ampliación pudiera descubrir una dificultad que justificara su error. No la hay. Su expediente dice de Silva y Alcázar; el texto que tiene ahora delante dice Reyes.
—Son dos personas —dice Kavi.
—Aquí los han puesto juntos.
—Aquí, sí.
Ella mira el resumen, el encabezamiento de la Fundación, el relato que enlaza una acción con otra sin detenerse en el apellido. No sabe quién introdujo la unión ni cuántas veces se copió antes de llegarle. Hace unos minutos habría podido repetirla.
En el cuaderno abre dos renglones. Escribe Carlos de Silva y Alcázar en el primero y Carlos Reyes en el segundo. Entre ambos conserva el espacio de la línea que no ha escrito.