Cuadro de clasificación
El clip no quiere salir. Leonor sostiene las dos hojas contra la mesa, sin aplastarlas, y levanta apenas la espiral de alambre; el óxido ha dejado una media luna sobre el papel, pero la fibra todavía resiste.
Si tira, se llevará un trozo. Vuelve a bajar el metal, cambia la posición del índice y empieza por el otro lado.
En el palacete casi no hay nadie. Es viernes, San Isidro, y desde el despacho de la primera planta oye el ascensor cuando alguien lo llama abajo, antes de que el motor se imponga al roce de las puertas.
No espera visitas. Ha dejado el bastón contra la pata de la mesa, donde puede encontrarlo sin inclinarse, y tiene los zapatos puestos aunque ha aflojado una hebilla.
El derecho empieza a apretarle a media mañana.
El alambre cede. Leonor lo recoge en un sobre pequeño y coloca un clip de plástico inerte sobre una tira de papel doblada que protege las hojas. La mancha sigue allí. Acerca el conjunto a la luz para comprobar que no ha abierto una grieta y lo devuelve a su camisa.
Tiene ochenta y ocho años. La inflamación de los dedos derechos le ha quitado velocidad y algunas comodidades, entre ellas la de olvidarse de las manos mientras trabaja; ahora las nota incluso cuando están quietas, y hay mañanas en que tarda tanto en elegir cómo coger una cosa que acaba enfadada con la cosa, como si el cartón se hubiera vuelto más difícil desde la víspera.
Sin embargo, esta mañana ha sacado el clip sin romper el papel.
Se concede ese gusto pequeño. Después busca el lápiz.
En el cajón, junto a una goma dentro de su envoltura, hay un par de guantes de algodón.
No los saca. Los papeles se le escurrirían entre los dedos y tendría que apretarlos más; se ha lavado y secado las manos antes de sentarse.
Más al fondo conserva una caja de fichas que compró en Atocha en 1957.
Conoce el número de las que quedan en blanco sin levantar la tapa.
Catorce. Para la nota que necesita usa una hoja corriente.
La mesa recibe la claridad de dos balcones.
El sol no entra todavía, pero el verdor de los árboles, filtrado por el visillo, produce sobre la pared una luz que vuelve amarillenta la pintura blanca y permite distinguir los remiendos de las sucesivas reformas: un rectángulo más liso donde estuvo un interruptor, el inicio de una moldura reconstruida, las dos marcas que dejó una estantería antes de trasladarla al despacho contiguo.
Al abrir una hoja del balcón, Leonor ve la piedra de la barandilla calentarse por zonas.
Las hojas nuevas de los plátanos se mueven con una soltura que las más grandes irán perdiendo, y entre ellas aparecen, por instantes, el techo de un autobús, un repartidor inmóvil junto a la verja, la franja de acera donde los peatones aceleran para llegar al semáforo.
Desde esta altura nadie parece caminar despacio por elección.
El ruido sube hasta el cuarto y encuentra dentro un silencio que no consigue llenar.
En la planta superior está la sala de los retratos.
Aquí hay menos espacio para retroceder ante un cuadro: la pared del fondo la ocupan los armarios y el aparador sostiene cajas de trabajo, copias e instrumentos de descripción.
Los originales sujetos al depósito no han venido con ellos.
Leonor puede recorrer el fondo por las series sin tenerlo entero delante; en cada camisa ha reunido las referencias, las antiguas relaciones de entrega, las consultas recibidas, las notas que permiten pedir una unidad sin convertir su localización en una conversación de veinte minutos.
Ha trabajado con gente capaz de recordar el contenido de una carta y no el lugar donde la dejó.
El cuadro que preparó el archivero en marzo está abierto a la izquierda.
Había reunido bajo un mismo epígrafe cartas dirigidas al general y cartas escritas después de su muerte acerca de sus papeles.
Leonor ha separado los dos grupos, conserva la correspondencia entre las referencias antiguas y las nuevas y deja una pestaña en el punto donde debe preguntarle por un traslado.
No hará falta decirle que su clasificación estaba mal.
Cuando vuelva, podrán recorrerla juntos.
Trabaja hasta cerrar esa serie. Al ponerse en pie tiene que esperar a que la rodilla admita el peso; durante esos segundos mira el lápiz abandonado sobre la mesa, la punta demasiado afilada para su manera de escribir.
Le gustaría poder marcharse sin calcular el descenso al portal.
El ascensor sigue funcionando. Se acerca a la puerta con el bastón y deja la ventana entornada.
El lunes dieciocho encuentra la mesa exactamente como la dejó. La secretaria, Cecilia Urgoiti, ha colocado el correo en el aparador y una botella de agua al alcance de la silla; el vaso, boca abajo sobre una servilleta. Leonor le pregunta si su madre salió ya del hospital.
—El sábado. Quiere volver a cocinar.
—Déjala pelar algo sentada.
—Lo que quiere es que nos vayamos de la cocina.
Leonor se ríe. Conoce esa ambición. Le pide que confirme a Elena la visita del jueves y que no ponga otra cita hasta después de las doce.
Cada mañana termina una serie pequeña o deja una grande dividida de manera que pueda volver a entrar en ella.
El lunes revisa la correspondencia relativa al depósito; el martes, los inventarios; el miércoles, los instrumentos de descripción y sus correcciones.
Hace pausas antes de que el dolor la obligue.
Ya no puede sostener veinte minutos de escritura seguida, pero todavía detesta que alguien le quite el lápiz de la mano para ahorrarle una línea: después ha de explicar dónde quería ponerla y qué tamaño debía tener, y la ayuda se convierte en otra cosa que necesita su atención.
El archivero pasa el martes. Es más joven que Álvaro y no empieza las frases recordándole su edad.
Comprueba la separación de las cartas, hace una pregunta sobre las referencias y corrige en el ordenador la relación que había preparado.
Leonor le indica la pestaña; él busca el justificante de un traslado, lo encuentra en otra camisa y lo deja extendido para que puedan verlo los dos.
Durante diez minutos trabajan sin tener que decidir quién manda.
Al irse, él olvida el abrigo en el respaldo. Vuelve a buscarlo y Leonor lo ve comprobar los bolsillos.
—El teléfono lo lleva en la mano —le dice.
El hombre se mira la mano y sonríe.
Después de despedirlo, sale a lavarse las manos.
El pasillo conserva un suelo de madera cuyo brillo cambia según se mire desde la escalera o desde las puertas del fondo; en los lugares de mayor paso, la veta se ha aclarado hasta parecer una mancha de luz que no se mueve con las horas.
A través de un despacho abierto se ve la antigua chimenea, tapada por una mesa de reuniones y un cable que sube hasta una pantalla.
En otro han puesto dos plantas sobre el alféizar.
Leonor se detiene al volver: alguien ha dejado una persiana más baja que la otra y el borde de sombra corta una maceta por la mitad.
Le gusta esa habitación, donde las ventanas son grandes y el techo parece innecesariamente alto para las dos personas que trabajan debajo.
Antes de entrar en su despacho pasa junto al hueco de la escalera.
Desde abajo llegan el olor del café y una risa; el aire conserva el frescor de la piedra incluso en los días de calor.
Apoya la mano en la barandilla y mira el vestíbulo.
Un trabajador ha dejado un paraguas para que se seque, abierto junto a la puerta, aunque esta mañana no llueve.
De vuelta en el despacho, se sienta un momento sin acercar los papeles.
Esa facilidad le produce una satisfacción que conoce y que todavía le resulta incómoda: necesitar poco de alguien y que ese poco sea entendido.
En las reuniones suele obtener lo que pide; lo que echa de menos es poder pedirlo sin que la petición se vuelva un acontecimiento.
Le dicen que sabe mucho de la familia. Nadie la llama para averiguar cómo se mantiene la relación entre dos inventarios cuando cambian las cajas.
Charo telefonea a la una para saber si comerá en Zurbano. Leonor contesta que sí, que en cuanto termine. Del otro lado oye que retiran una tapa y la colocan sobre algo duro; se imagina la cocina, el pescado esperando, la ventana abierta porque Charo no soporta que el olor se quede en la casa.
—¿Cuánto es en cuanto termine?
Leonor mira la carpeta.
—Media hora.
—Entonces lo pongo dentro de veinte minutos.
Podría corregir esa cuenta, donde no caben el abrigo, el ascensor y el coche.
No lo hace. Charo lleva con ella desde 1997 y sabe cuánto tarda en reconocer que ha acabado por hoy.
Al colgar, Leonor deja los papeles extendidos unos segundos más.
Hay algo vergonzoso en la gratitud que siente por esa voz que decide a qué hora puede tener hambre; le resulta difícil separarla del alivio de no tener que organizarlo todo, y todavía más difícil admitir que la dependencia, contra la que pelea al levantarse de una silla, le procura descanso cuando adopta una forma familiar.
Charo querrá hablarle después de la humedad que ha vuelto a salir en un techo.
Leonor preferiría no hablar de techos. También sabe que, cuando se quede sola por la tarde, echará de menos haber escuchado hasta el final.