Hoja de servicios #2
Aun así siente una alegría inmediata, desproporcionada respecto a aquellas palabras, y deja que dure unos segundos antes de obligarse a escribir la reserva.
Después de tanto tiempo siguiendo nombres, ha encontrado algo que una mano podría levantar.
Podría ser el suyo. También podría ser otro.
Al pensarlo no desaparece la alegría; se vuelve más difícil de contar.
Pide reproducción de la hoja completa y de su contexto. Mientras atienden la solicitud, vuelve a mirar el sobre del viernes: nueve páginas no habían sido pocas por el número. Habían dejado fuera precisamente lo que ella no supo pedir.
La tercera carpeta termina en 1932. Hay papeles de viudedad, consultas, una fecha corregida.
El último número cierra la cuenta: doscientos ochenta y siete folios.
Elena comprueba los intervalos de su cuaderno y devuelve la última carpeta, como ha devuelto las otras, antes de cerrar sus notas.
No ha leído doscientos ochenta y siete folios con la misma atención.
Ha recorrido el expediente entero, se ha detenido en unos pocos, ha dejado señales para volver a otros; por primera vez desde que llegó no confunde terminar la mañana con terminar un trabajo.
Antes de ir a buscar el autobús, se detiene a comer donde encuentra sitio.
Desde la puerta entreabierta llega aire fresco a los tobillos, aunque al sol ya sobra la americana.
La ciudad tiene a esa hora un trabajo distinto del que vio al llegar: un hombre recoge cajas de un vehículo, dos mujeres se reparten una bolsa para subir una cuesta, alguien barre una entrada empujando el polvo hasta una junta donde tiene que volver a pasar el cepillo.
Sobre las cubiertas, las nubes avanzan con una lentitud que solo se nota en la piedra: una fachada pierde el relieve de sus bordes y lo recupera cuando el sol vuelve; otra, todavía en sombra, parece guardar una hora anterior.
Elena acaba el bocadillo sin abrir el cuaderno.
Hay un olor a pan caliente que viene de algún sitio que no ve, y sigue andando unos metros con ganas de comprar otro.
En el regreso a Madrid, el autobús recorre un tramo de carretera desde el que los terrenos parecen deslizarse a velocidades distintas.
Una cerca próxima desaparece enseguida; detrás queda una ladera, luego otra, y el relieve más lejano se mantiene mientras cambian todas las cosas que parecían sujetarlo.
Elena apoya la cabeza sin llegar a dormirse.
Ha comido de pie un bocadillo y conserva una servilleta doblada en el bolsillo.
La saca para tirar una miga, vuelve a guardarla y descubre que lleva varios minutos sin pensar en el espejo.
No intenta recuperar el pensamiento. Mira un grupo de árboles junto a una construcción baja, el destello breve de un tejado, un camino que continúa cuando la carretera gira. Le duele la espalda. La extensión del campo le produce un alivio al que no necesita ponerle fecha.
A media tarde entra en la sede del Grupo, en la Castellana. Ha avisado por la mañana. En recepción le hacen esperar mientras comprueban quién puede acompañarla; la persona que baja no le pregunta por el expediente, sino por el cuadro que ha dicho querer examinar para el trabajo del centenario.
Elena no corrige esa finalidad, que no es la suya entera.
Ha aceptado el acceso ofrecido por Asuntos Corporativos.
Al atravesar el vestíbulo nota el beneficio concreto de haber contestado aquel correo: una puerta abierta, alguien que la reconoce, unos minutos de otra persona disponibles para ella.
La incomodidad tarda más en llegar que el agradecimiento.
La casa conserva habitaciones demasiado altas para sus usos actuales.
Los cables entran en los zócalos por aberturas pequeñas; una puerta de madera permanece abierta contra una pared revestida, y detrás se ve la claridad más fría de una oficina.
Desde la escalera, el tráfico llega separado en oleadas.
Entre una y otra se oye el sonido de los zapatos, el mecanismo de una impresora y una conversación que se interrumpe antes de que Elena alcance a entenderla.
Bajo sus pies, el mármol tiene vetas que cambian de dirección en las uniones, pequeños cursos verdes y grises cuyo trazado se pierde al llegar a una reparación de tono más claro.
En enero había pasado por aquí siguiendo a su familia. Hoy se detiene y el hombre que la acompaña tiene que volverse para encontrarla.
La sala de los retratos está vacía. Han dejado una caja de material sobre la mesa de reuniones.
El general ocupa la pared que quedaba a espaldas del abogado: uniforme, una mano apoyada sobre un sable, el torso dispuesto para recibir la luz.
La firma y la fecha, 1912, permanecen en un ángulo.
Debajo, en latón, dos palabras: «El fundador».
Elena empieza por la superficie pintada.
Se desplaza para librarse de un reflejo y encuentra en la mesa del cuadro lo que no había mirado en enero.
Un espejo de mango, apoyado en oblicuo. Una guarnición clara rodea el disco; el pintor ha dejado un borde casi blanco junto a otro gris, una diferencia mínima que hace sobresalir el metal respecto al paño.
El mango recibe menos luz. Hay un relieve que la distancia no deja leer.
Se acerca cuanto le permiten. La pintura se deshace en pinceladas y vuelve a reunirse cuando retrocede.
No tiene escala; la perspectiva acorta unas partes, la sombra confunde otras.
Podría señalar semejanzas, pero no medir aquel objeto como midió el que salió del baúl.
Tampoco puede saber si el blanco corresponde a plata, a nácar o a la luz que el pintor necesitó allí.
A la derecha del retrato, una cortina reduce la luz que viene de la calle.
El tejido no llega a ocultar el movimiento de las hojas exteriores, cuyos cambios de sombra recorren el suelo y se interrumpen contra las patas de la mesa.
Elena se desplaza siguiendo esa claridad hasta un punto desde el que el fondo oscuro del lienzo vuelve a mostrar matices.
Hay un pliegue antes invisible, una zona donde el barniz iguala lo que la pintura separaba, una mano hecha con tonos que de cerca no se parecen al color de ninguna mano.
Le gusta poder mirar así. Le gusta el trabajo incluso dentro de aquella casa, y le incomoda haberlo sentido como una pequeña deslealtad hacia sí misma.