Hoja de servicios
Elena llega con nueve copias dentro de una carpeta y una mañana libre.
El sobre, recibido el viernes, lleva todavía una señal de lluvia junto al remite.
Lo abrió de pie en el portal, separando con cuidado los bordes que la humedad había pegado; después subió a casa y extendió las hojas sobre la mesa.
Ninguna era la que buscaba. Tampoco habría sabido describir, en la solicitud de marzo, qué hoja buscaba exactamente.
A las nueve está ante la Casa de la Química, en el recinto del Alcázar.
Por el camino ha visto cómo la ciudad perdía anchura entre las fachadas y volvía a encontrarla de pronto, en un espacio desde el que la mirada podía bajar sin tropezar con otra casa.
Ahora se demora junto al borde del paseo.
Los árboles del valle tienen un verde que no ha terminado de fijarse: las hojas nuevas dejan pasar la luz y, donde se reúnen varias ramas, aparece una profundidad más oscura que el viento deshace por zonas.
Más lejos, la tierra abierta conserva parcelas de distinto color, caminos cuyo destino se pierde detrás de una elevación, una construcción blanca tan pequeña que Elena necesita volver a buscarla después de parpadear.
Le sorprende el esfuerzo que hace para recordar todo aquello a la vez.
En Madrid mira casi siempre cosas que caben en una mesa.
Las voces de un grupo llegan desde los jardines.
Alguien pronuncia un nombre para que otra persona se vuelva; una rueda pequeña traquetea sobre el suelo, se calla al levantar la maleta y vuelve a sonar unos pasos después.
Elena se abrocha la americana. Ha imaginado durante el viaje una sala de piedra, pero la confirmación de la cita la dirige a otro edificio, más bajo, y el documento que debe enseñar es el mismo que usa para recoger un paquete. Busca el DNI antes de entrar.
Dentro comprueban la reserva. Lleva consigo la copia de su solicitud, sellada al registrarse, y el correo en que le confirmaron que podía consultar el expediente completo.
Le indican dónde dejar el bolso. Cuando vuelve con el cuaderno, el lápiz y el ordenador, pregunta por un enchufe; explica que la batería ya no funciona y la persona que la atiende señala un puesto sin pedirle el resto de la historia.
El expediente está repartido en tres carpetas. Se las servirán sucesivamente. Elena anota la referencia de la primera antes de abrirla.
Carlos de Silva y Alcázar.
El nombre ocupa menos que el de un informe suyo.
Debajo empiezan otros datos, otros tamaños de letra, un conjunto de hojas que ha crecido durante casi sesenta años sin que ninguna mano previera el volumen del final.
Elena ve dobleces a los que se ha acomodado la suciedad, márgenes limpios porque otra hoja los protegía, un sello que no consiguió dejar entero el círculo.
La documentación empieza en 1873. Al pasar de una pieza a la siguiente comprueba la foliación y escribe los intervalos; necesitará las otras carpetas para cerrar la cuenta.
Las nueve copias del sobre son fáciles de localizar.
Reconoce hasta la inclinación con que una esquina entró en la imagen.
Alrededor hay peticiones de licencia, traslados, comunicaciones breves, cosas que no le habrían parecido dignas de una reproducción y que ahora le obligan a variar la velocidad: un destino no empezó cuando lo menciona la hoja resumida; hubo primero una orden, después un acuse, después el documento que confirma la incorporación.
La mañana empieza a llenarse de esos pequeños desfases.
Elena mira el reloj y se arrepiente: no ha venido a demostrar que puede leer deprisa.
En la carpetilla matrimonial encuentra el nombre de María de la Concepción Zúñiga y Bassecourt. Lo conoce de un árbol familiar en el que las mujeres tienen una línea más corta porque nadie anotó sus empleos. Aquí la línea se abre en varias páginas.
Real licencia para contraer matrimonio. Genealogía de la futura esposa. Una relación de bienes aportados como dote.
Elena sigue un apellido por la rama materna y tiene que volver al comienzo para distinguir a dos mujeres que se llaman igual.
Son nombres que nunca ha oído durante una comida, aunque los haya visto impresos; por primera vez una de aquellas personas le exige algo más que situarla junto al marido.
Hay una certificación, una fecha de expedición, un lugar al que debió de escribir alguien.
La boda de 1887 está rodeada de preparativos que no se parecen a los que Elena recuerda de las bodas familiares, y sin embargo reconoce la distribución del esfuerzo: personas que mandan papeles, otras que esperan, una fecha posible que depende de que llegue lo que falta.
La dote le retiene más tiempo. Busca una descripción de objetos y encuentra cantidades, rentas, una forma de disponer de la casa futura antes de que la casa exista.
Se descubre calculando cuánto habría tardado ella en reunir una garantía semejante y deja la cuenta sin terminar.
No tiene sentido convertirlo todo en meses de sueldo.
Lo hace incluso cuando sabe que las cantidades no son comparables, del mismo modo que, al entrar en un edificio hermoso, tarda poco en preguntarse quién paga la calefacción.
Ha dejado de oír el teclado del puesto cercano.
Recuerda, sin querer, las ocasiones en que ha ocultado una preocupación económica a alguien de la familia: contestar que seguía trabajando, sin precisar que estaba esperando un ingreso; llevar a una comida una botella que había elegido mirando primero el precio; salir de allí con comida envuelta y sentir a la vez gratitud y una rabia que no sabía contra quién dirigir.
Conoce esa mezcla y desconfía de ella. Su casa está pagada.
Puede perder un contrato sin perder inmediatamente la habitación donde duerme.
Hay compañeras que no disponen de esa diferencia, y Elena se ha acostumbrado tanto a no hablar de ella que a veces consigue olvidarla durante una conversación entera.
Ante la relación de dote, el olvido se le hace más difícil.
Pasa la hoja con un cuidado que ya no procede solo del papel.
María de la Concepción vivió hasta 1940; en la última carpeta habrá documentos de su pensión, posteriores a la muerte de él.
Elena ha visto el nombre siempre debajo de un retrato, reducido a esposa de alguien que llevaba uniforme.
Quiere saber cómo firmaba. Busca una firma entre las certificaciones y encuentra, por ahora, las de quienes dicen cosas sobre ella.
Cuando devuelve la primera carpeta tiene el cuello rígido.
Se levanta para dejar descansar los ojos y vuelve sin haber salido de la sala.
Una persona trabaja dos puestos más allá; ha formado un pequeño montón con las virutas de su lápiz sobre un papel aparte.
Elena mira su propio lápiz, todavía demasiado largo para la mano que lleva toda la mañana sosteniéndolo.
La hoja de servicios correspondiente a 1898 aparece en la segunda carpeta.
El impreso tiene columnas que obligan a cambiar de dirección al leer; la escritura llena unas con comodidad y se aprieta en otras.
Primero los destinos. Después las campañas y los hechos de armas.
Elena reconoce palabras que, copiadas en una biografía, se convierten en una marcha sin interrupciones.
Aquí tienen encima otra casilla y al lado una raya.
Transcribe un extracto, dejando fuera lo que no ha comprobado aún contra las hojas contiguas:
HOJA DE SERVICIOS CORRESPONDIENTE AL AÑO DE 1898
Don Carlos de Silva y Alcázar.
Destinos: Ejército de Filipinas. Estado Mayor.
Campañas y hechos de armas: El 13 de agosto asistió a la defensa de la plaza.
Recompensas: Sin variación.
Madrid, 1899.
Bajo el texto hay una firma del jefe y un sello del cuerpo.
La tinta del sello ha cargado más en un lado.
Elena vuelve a la fecha final: el documento que reúne aquel año se elaboró después, en Madrid, con los antecedentes remitidos para formar su historial; no ha encontrado un viaje de Carlos que lo llevara allí en 1899.
Anota esa diferencia antes de olvidar dónde ha visto el lugar.
El trece de agosto ocupa una línea. No hay hora ni posición dentro de la plaza.
Tampoco nombres de quienes estuvieron al otro lado.
La frase permite imaginar a un hombre en innumerables lugares durante un día entero, y Elena advierte cuánto ha estado dispuesta a hacer ella sola para colocarle un cuerpo: le ha dado el uniforme del retrato, una postura, hasta una calle que el documento no nombra.
Aparta el lápiz. Siente fastidio, no contra quien redactó la hoja, a quien todavía no sabe qué pedirle, sino contra aquella facilidad propia para completar una escena con lo que conoce de las películas, de los cuadros y de las conversaciones de Navidad.
Si Kavi estuviera sentado enfrente, tendría que explicarle primero la procedencia de cada detalle.
Le gustaría hacerlo. También le gustaría que por una vez él dijera que ya bastaba, que podían levantarse y salir a comer algo sin reservar una parte del pensamiento para comprobarlo después.
Vuelve dos años atrás.
En un estadillo de efectos de 1896, entre líneas pautadas de la misma altura, hay un espejo. Elena no lo ve al principio: ha buscado bronce, nácar, plata, palabras que la habrían detenido antes de terminar el renglón. Lo encuentra al empezar de nuevo.
«Un espejo de metal, de uso particular».
La letra no cambia al nombrarlo. Tiene a ambos lados otros efectos del equipaje del oficial que parte para Filipinas.
Elena copia la línea, relee las vecinas y acerca su cuaderno para comprobar que no ha añadido el artículo que esperaba.
Metal. No dice cuál. No hay medidas, marcas ni descripción de la guarnición.