17 · Quiebra #3
También recuerda la noche en que ella lo dejó quedarse.
Llegó hablando del mar, de lo que ocurría en un puerto donde Josefa nunca había estado, hasta que ella le apoyó una mano en el brazo y le preguntó si traía hambre.
Hablaron mientras comían. Después él ayudó a retirar los cuencos y se quedó de pie, sin saber si recoger ya sus cosas, mirando un rincón donde ella había colgado la ropa que tendría que devolver por la mañana.
Josefa lo llamó por su nombre. Cuando se acercó, le puso las manos en la cara y lo besó sin permitirle terminar la frase con que pretendía disimular su turbación.
Recuerda haberla querido tocar y haberse detenido, por una timidez que le parecía impropia de sus años; ella le tomó la mano, lo acercó, y en la quietud que vino después pudo sentir el peso de su cuerpo junto al suyo, el calor retenido entre ambos, la respiración que cambiaba cuando uno de los dos se movía.
Afuera continuaron pasando personas. En algún momento Josefa se echó a reír porque él había intentado levantarse para cerrar mejor la ventana, dando un golpe en la madera.
Lo hizo sentarse otra vez. Lázaro conserva aquella risa con una nitidez que no encuentra al buscar el color de la habitación.
Por la mañana ella tuvo que trabajar. Él la miró recoger el canuto y entendió que haber dormido allí no le daba derecho a prolongar la noche durante el día entero.
Volvió otras veces, antes de marcharse. Ahora, al mandar dinero, quisiera incluir una pregunta que no dependiese de la buena memoria de un tercero; pero le cuesta encontrar palabras que Josefa pueda recibir sin tener que responder también a la pena de él.
Pregunta por la salud de ambas. Añade que espera volver.
El corresponsal lo mira hasta que él deja de hablar.
A veces imagina a Dominga con una cara que cambia según la persona que acaba de cruzarse.
Le inquieta esa facilidad. Para ella él será, si hablan de él, un hombre contado; y cuanto más trata de pensar en lo que podría llevarle, más claramente recuerda las veces que se ha quedado en un puerto esperando a que un cobro hiciese posible el viaje siguiente.
Ha comenzado a ahorrar el pasaje. Tiene que gastar parte de lo apartado cuando pierde varias jornadas por dolor en la pierna. No deja de hacer la cuenta.
Macao · 1796
En abril oye que Munqua ha muerto, que se ha quitado la vida.
Lo dicen delante de unos fardos, mientras esperan a quien tiene las llaves.
Uno de los hombres empieza a calcular qué ocurrirá con las deudas; otro le pide que espere.
Lázaro no interviene. Hace tiempo que nadie le habla de cobrar su letra.
Las partes prometidas a Huang por el reloj y al funcionario dependían de un beneficio; no hay nada que repartir.
Las fiebres empiezan semanas después. Al principio todavía sale, apoyando una mano en la pared cuando la calle se inclina.
Después permanece en el cuarto que ocupa cerca del bazar chino.
Hay una estera, una tinaja y un hueco bajo la puerta por donde entra luz aunque la cierre.
Oye pasar a quienes llevan agua y reconoce el esfuerzo antes de escuchar los pasos: el líquido golpea el recipiente, una mujer se detiene para cambiar el peso, alguien le abre sitio.
Le traen comida. Un vecino avisa a la Misericordia.
El hombre que viene le pregunta cuánto hace que está así y si puede beber; Lázaro contesta, pierde el hilo, vuelve a empezar.
Le avergüenza no haber lavado la camisa.
Cuando se la cambian, siente alivio en la espalda y se queda dormido mientras aún están hablando.
El capellán Jerónimo de Sequeira se sienta cerca de la puerta.
Anota primero la fecha y luego le pregunta el nombre.
Lázaro se lo dice despacio. Ve que la pluma se detiene; el capellán debe levantarse para dejar pasar al hombre del agua y apoya la hoja sobre su rodilla. Lázaro no alcanza a leer lo escrito.
Una tarde puede incorporarse. Desde la estera ve la pared de enfrente, los cercos que ha dejado la humedad y, más arriba, una franja de claridad que dura poco.
Extiende la mano para calcular un peso. Recuerda el platillo de Nagore: el espejo cerrado con su mango de bronce, su cobre y su concha; la guarnición de plata estaba aparte.
Unos doscientos treinta gramos. Levanta apenas la palma.
—¿Qué buscas? —pregunta el vecino.
—Nada.
El hombre le acerca el cuenco. Lázaro lo sostiene con las dos manos y bebe. Después le cuesta volver a acomodarse; el vecino mueve la estera, arrima un paño bajo su cabeza y se queda hasta que lo oye respirar con regularidad.
La tinaja pierde agua por una grieta. Han puesto debajo un plato que alguien vacía cada mañana.
En una de esas mañanas Lázaro ya no despierta.
Los hombres de la Misericordia llegan mientras el vecino recoge la ropa que estaba tendida junto a la puerta.
El corresponsal recibe la noticia del vecino y la incluye en una carta a Josefa.
Binondo · 16 de septiembre de 1787
En la parroquia de Binondo, a dieciséis de septiembre de mil setecientos ochenta y siete, yo, don Tomás Pérez, presbítero, con licencia del cura, bauticé solemnemente y puse los santos óleos a Dominga de la Cruz, nacida el día doce del corriente, hija natural de Josefa Tongco, mestiza de sangley de esta feligresía, y de padre no conocido.
Fue su madrina Inés Limco, a quien advertí el parentesco espiritual y las obligaciones que contraía. Y para que conste lo firmé.
Tomás Pérez, presbítero.