El reflejo de Oriente. El espejo Makyo 17 · Quiebra #2
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17 · Quiebra #2

Por la Rua Central sube despacio, con tiempo para oír conversaciones que cambian de lengua en una misma puerta.

El aire húmedo hincha las maderas; un postigo se ha quedado abierto porque su dueño no consigue encajarlo, y desde la calle se ven una jofaina, el respaldo de una silla y una mancha de sol sobre el suelo.

En otra casa leen cerca de la ventana. Lázaro no distingue la cara del lector, solo la mano que vuelve las hojas y las sujeta por abajo.

Ha vivido en lugares donde cada ruido anunciaba una orden, una maniobra que debía aprender o una discusión en la que convenía no participar; esta tarde le agrada pasar sin ser llamado, permitir que las habitaciones continúen su vida mientras él desciende hacia una calle que aún no conoce.

Al volverse ve, entre dos tejados, las torres de una iglesia sobre el azul pálido del aire.

Se queda mirando hasta que un cargador le pide paso.

Una tarde encuentra a un marinero de Manila que conoció a Josefa Tongco.

Lo aborda por el nombre de ella y escucha las noticias en mitad de una calle demasiado angosta para quedarse quietos.

Josefa sigue en Binondo. Tuvo una niña después de que él se marchara a China, en 1787; se llama Dominga.

El hombre ha dado por supuesto que lo sabía.

Lázaro le pide que vayan a un sitio donde puedan sentarse.

No consigue averiguar mucho más. La niña está con su madre; el marinero la ha visto en la puerta de la casa.

A las preguntas que Lázaro prepara demasiado deprisa responde con cosas menores: una cesta que llevaba, un vecino que pasó, el calor de aquella mañana.

Lázaro procura escucharlas. Quiere encontrar a su hija dentro de esos detalles, imaginarle una manera de sostener la cesta, y comprende que ni siquiera ha preguntado si la llevaba ella o Josefa.

En otoño acompaña a Rajan hasta el embarcadero.

El capitán vuelve de pasaje hacia la costa de la India.

Han comprado comida para el trayecto y pasan una parte al cesto pequeño, el que podrá tener cerca sin molestar a los otros pasajeros.

Rajan desata el nudo porque Lázaro ha dejado dentro una cuchara.

—Ponla arriba.

Lázaro la coloca entre dos telas. Esperan a que acerquen el bote. El anillo se mueve en la mano de Rajan cuando recoge el asa; Lázaro le toma el cesto y lo baja primero.

—Te han arreglado mal la suela —dice Rajan.

—Es el otro zapato.

Rajan lo mira, vuelve a mirar sus pies. Lázaro se ríe y el capitán le pide que se aparte, que no lo deja bajar. Suben el equipaje. Cuando el bote se mueve, Rajan está buscando un lugar donde acomodar las piernas.

Macao · 1792 a 1795

Los cuarenta y ocho taeles continúan en los papeles del negocio.

Rajan pagó los préstamos con el precio de la nave; después Lázaro entregó el espejo para pagar el pasaje.

Huang no puede reclamarle de nuevo aquellos treinta y seis ni el dinero de la prenda.

Lázaro sabe distinguir esas cuentas. Lo que aún busca es su participación en la venta de los cuatro cofres.

Le muestran una letra y la firma de una casa que debe pagarla.

Después le muestran otra anotación en que la fecha ha cambiado.

Para entender por qué su dinero depende ahora de hombres con quienes nunca habló, tiene que sentarse y oír una explicación que empieza mucho antes de su propia compra.

Las mercancías se vendieron; el producto de la venta entró en otras cuentas, quedó respaldado por un papel y ese papel espera dinero que no llega.

En las conversaciones reaparece Eequa, quebrado en 1790.

Lázaro ha oído su nombre como se oyen los nombres de lugares donde se retrasa un barco; ahora pregunta por él y recibe historias que no permiten saber cuánto queda para los acreedores.

En 1794 empiezan a hablar de Gonqua con la misma prisa por separar lo que cada cual arriesga.

Un año después siguen corrigiendo las cantidades.

El hombre que lleva su cuenta ya no promete una fecha.

—¿Y mi parte?

El hombre toca la letra.

—Está aquí.

Lázaro mira la mesa. La hoja tiene una mancha de humedad en una esquina. Le gustaría exigir otra respuesta; sabe, sin embargo, que el hombre puede repetirle la misma hasta que se haga de noche.

Al salir se queda cerca del Senado, junto a la columna del pelourinho.

El edificio es nuevo todavía para quienes recuerdan el anterior; a él le importan la sombra que alcanza el pavimento y un banco donde puede apoyar el pie dolorido.

Por la plaza pasan cestas, recados, hombres que no van al mismo sitio aunque anden juntos.

Más arriba está São Paulo, con su iglesia entera sobre la pendiente y voces que bajan con quienes salen.

Lázaro sigue con los ojos a dos muchachos que transportan una tabla larga y no se ponen de acuerdo para girar.

Al tercero que les grita cómo hacerlo le entregan un extremo. Se ríe antes de darse cuenta.

Encuentra trabajo acompañando a cargadores que no entienden a quien los ha contratado; limpia un almacén, lleva mensajes, remienda las envolturas que otros han abierto con demasiada prisa.

Hay semanas buenas. Come pescado frito apoyado en un muro y se quema los dedos porque no quiere esperar.

Un vecino le presta una aguja gruesa. Él le devuelve la aguja y arregla también el cierre del saco donde la guardaba.

Empiezan a reservarle sitio cuando se sientan al anochecer.

De lo que gana separa pequeñas cantidades para Binondo.

Un corresponsal que despacha encargos a Manila las recibe y hace llegar razón a Josefa; Lázaro le da el nombre de la calle, vuelve para preguntar si salió la embarcación y oye, cuando llega una respuesta, que el dinero fue entregado.

Algunas veces puede mandar poco. En otras no puede mandar nada y demora la visita, avergonzado de una ausencia que solo él ha convertido en cita.

Recuerda a Josefa en diciembre de 1786, sentada junto a la ventana mientras termina una costura.

El canuto de la aguja queda cerrado antes de que ella atienda a quien llama.

Guarda las monedas en un extremo del pañuelo, aprieta el nudo y vuelve a recoger la tela; si falta dinero en el pago, el trabajo tampoco está terminado.

Lázaro aprendió a no ofrecer por ella un descuento.

Una tarde lo hizo, queriendo ser agradable con la clienta, y Josefa esperó a que se marchara para explicarle cuánto había tardado en coser aquello.