El reflejo de Oriente. El espejo Makyo 17 · Quiebra
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17 · Quiebra

A la mujer que cuece arroz junto al embarcadero se le ha roto un asa de la olla. Lázaro la ve sujetarla con un trapo doblado, apartar con la cadera a un hombre que quiere ayudarla y dejarla sobre dos piedras antes de volverse hacia él. Le señala su cuenco. Ha pedido comida, no trabajo.

El arroz conserva el calor mientras Lázaro busca sitio para sentarse.

Detrás del puesto sube una calle desigual, hecha de tablas sobre el barro en los tramos bajos y de tierra apisonada donde las casas comienzan a ganar altura; las techumbres se encajan unas detrás de otras, sujetas por piedras, reparadas con materiales de distinto color, y entre ellas quedan abiertos corredores por los que se ve la ladera, tan próxima que en algunos lugares parece entrar en las viviendas.

Del monte baja una humedad fría que no desaparece a mediodía.

A cierta distancia las cumbres se borran dentro de una nube; debajo, donde vuelve la claridad, hay árboles separados cuyas ramas se distinguen hasta la última hoja.

El viento mueve una prenda tendida, levanta polvo de una tabla seca y deja inmóvil, a sus pies, el agua gris de un charco.

Ha llegado semanas atrás con Liang Baofu.

Le han permitido desembarcar y buscarse alojamiento.

El espejo ha quedado a bordo, dentro del cofre que el capitán hizo cerrar después de recibirlo.

Algunas mañanas Lázaro reconoce el junco entre los demás y aparta los ojos antes de encontrar la parte de cubierta que conoce.

Le pagan por llevar bultos desde la playa hasta unos cobertizos y por devolver al agua las cestas vacías.

A veces ayuda a dos hombres que cosen velas.

Sabe hacer bastante para que le confíen un borde; cuando intenta explicarles cómo lo hacían en la nave de Rajan, le ponen delante otra pieza sin levantar la cabeza.

Aprende dónde venden la comida menos cara, quién permite llenar un recipiente y a qué hora conviene subir por una calle antes de que la carga de madera la cierre.

Ese conocimiento le permite acostarse sin pensar todo el tiempo en el día siguiente.

El bazar se agranda con cada llegada. De una embarcación salen hombres que buscan alojamiento; de otra, mujeres con fardos propios que discuten el precio antes de consentir que un cargador los toque.

Hay cajas marcadas, cofres a los que han arrancado un herraje, paños que conservan los dobleces de una tienda distante.

Lázaro ha visto descargar armas y llevar a tierra hombres heridos.

En la casa donde duerme, un muchacho se despierta gritando y se calma cuando otro le pone una mano en la espalda.

Por la mañana ese mismo muchacho se pelea por un lugar cerca del fuego.

Entre los cobertizos trabajan quienes hacen habitable todo aquello: un carpintero ajusta la pata de una mesa sin quitar de encima los platos, una mujer desarma un cesto y escoge las tiras que todavía se pueden aprovechar, un vendedor remueve el fondo de un tarro antes de ofrecerlo otra vez.

Lázaro se queda mirando el cuidado con que la mujer separa las fibras enteras.

Tiene una rodilla bajo la barbilla y mantiene la otra pierna extendida para que nadie pise su trabajo.

Cuando él se aparta, ella ocupa con las tiras el espacio que ha dejado.

Al otro lado de los talleres, donde termina el suelo afirmado, una marea baja descubre raíces, troncos hundidos y el vientre de las embarcaciones que han varado para repararlas.

Los hombres trabajan debajo con una paciencia que a Lázaro le resulta familiar: primero esperan a que escurra el agua, después a que seque la madera; cualquier prisa trae de vuelta el trabajo mal hecho.

Desde allí puede mirar el asentamiento entero sin que una puerta le corte la vista.

El humo de las cocinas se pega a la ladera y, cuando cambia el aire, desciende entre los tejados hasta ocultar a quienes pasan.

La primera vez le costó encontrar la casa donde dormía.

Ahora distingue el alero reparado con una estera, la escalera que suena bajo el pie izquierdo y una ventana donde ponen cada mañana a secar tres cuencos.

Hay días en que vuelve hacia ellos con hambre y sin miedo.

A comienzos del nuevo año lo llaman para mover unas cajas.

El junco ha vuelto al embarcadero y en una habitación próxima están separando lo que ha de viajar de nuevo.

Liang habla con dos hombres; uno escribe, otro comprueba las piezas que depositan sobre esteras.

Hay rollos de tela, vajilla envuelta, pequeños paquetes que hacen sonar antes de abrir.

El escribiente manda repetir una cuenta y el hombre encargado de ella protesta, aunque vuelve a empezarla.

Lázaro sostiene una caja para que puedan sacar el cofre de debajo. Reconoce la tapa.

Cuando lo abren, el espejo aparece entre otros objetos, acostado sobre un paño.

La guarnición dorada tiene la misma sombra en la juntura del mango; una esquina de la envoltura se ha metido bajo el disco, y Lázaro siente el impulso de retirarla, de dejarlo bien apoyado.

El hombre que cuenta levanta el espejo, comprueba el reverso y lo pasa a quien dispone la carga. Nadie busca una pared.

—¿Adónde va eso? —pregunta Lázaro.

Un marinero que entiende su portugués señala la caja mayor.

—Al tributo. Phú Xuân.

Lázaro pide que repita el nombre. Ha oído hablar de aquella ciudad; no sabe cuánto camino hay desde aquí.

Ve acomodar el espejo junto a unas piezas de plata y espera que el encargado lo vuelva para guardar la cara hacia dentro.

El hombre lo hace. Sujeta el paño, baja la tapa y se sienta encima mientras otro trae la cuerda.

Lázaro aún sostiene la caja que le han dado. Tiene las manos entumecidas.

Durante la comida se descubre enfadado con el hombre que se ha sentado sobre la tapa.

Después, al recordar la facilidad con que él mismo se sentaba sobre las cargas de otros, el enfado le pierde fuerza, aunque no desaparece.

Le queda la imagen del mango, visto entre cosas que no reconoce, y el deseo absurdo de haber dicho algo que obligase a manejarlo de otra manera.

Si hubiese contado lo de la figura, quizá lo habrían hecho esperar hasta que hubiera sol.

Piensa en esa posibilidad durante un rato, imaginando una demora que no habría cambiado el destino del envío pero le habría permitido permanecer allí, sujetar una vez más lo que ya había entregado.

Al caer la tarde vuelve al puesto de arroz. La olla tiene un asa nueva, demasiado grande. La mujer nota que la mira y la sacude con fuerza para mostrarle que aguanta. Lázaro levanta su cuenco.

Macao · Mayo de 1791

Regresa con dinero ganado en las faenas del invierno y un sitio convenido en una embarcación de comercio.

El viaje tiene esperas, desembarcos breves, jornadas en que la costa parece no cambiar.

Llega a Macao después de haber decidido muchas veces, mientras no podía hacer otra cosa, que regresar era lo razonable.

Ha sabido por un hombre procedente de Cantón que el comercio se reanudó tiempo atrás.

También que un marinero declaró haberle pedido que apartara el cajón, cerrado todavía; eso confirma una parte de lo que él dijo.

El hombre no trae una resolución sobre su nombre.

Lázaro le ha hecho repetir la noticia y preguntado quién se la contó, hasta que la conversación se volvió desagradable.

Ahora la conserva con sus dudas. Se queda en Macao; no se presenta en Cantón ni supone que estas calles lo protejan de una nueva reclamación.

Rajan lo recibe en un cuarto alquilado. Tiene cerca el equipaje con que bajó del barco vendido.

Le pregunta por el viaje y después por los zapatos, que Lázaro ha dejado junto a la puerta porque la suela se está desprendiendo.

Los examina, llama a alguien desde la ventana y averigua dónde pueden arreglarlos.

A Lázaro le sorprende el cansancio que siente al sentarse: durante meses ha dormido junto a hombres a quienes debía explicar quién era; aquí puede quedarse un momento sin añadir nada.

Macao se le ofrece por pendientes. Al bajar hacia la Praia Grande, el agua va apareciendo entre las casas, primero una lámina elevada al fondo de una calle y luego la curva entera de la orilla, con los fuertes de São Francisco y Bom Parto cerrando sus extremos.

En las fachadas que reciben el sol quedan manchas de un blanco deslumbrante; bajo los balcones, la cal se oscurece y las ventanas abiertas descubren habitaciones donde las figuras tardan en separarse de la sombra.

Huele a ropa mojada, a comida, a las aguas que corren por las cunetas.

Desde un piso alguien sacude una estera; el polvo cae despacio y permanece un instante sobre la cabeza de un hombre que no lo advierte.

En el Porto Interior la ciudad se estrecha contra las embarcaciones.

Los juncos y las lorchas ocultan la orilla por tramos; para llegar a un bote hay que pasar por otro, pedir sitio, aguardar a que termine una discusión cuyo sentido Lázaro solo comprende cuando le enseñan el cabo que quieren quitar.

Le gusta esa dificultad pequeña y resoluble.

Sostiene una carga, la devuelve, recibe una indicación.

Al acabar el día sabe qué parte del cansancio ha servido para algo.