El reflejo de Oriente. El espejo Makyo 16 · Rescate #3
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16 · Rescate #3

Lo vuelve despacio. Hay un resto de hilo prendido en la envoltura; lo retira y lo deja sobre la mesa. El tendero le pregunta si falta algo. Lázaro dice que no. Saca el papel antiguo, reúne los dos números pagados y busca sitio para el otro recibo.

Huang reclama después los gastos del camino. Rajan abre la bolsa.

Nagore, 1798. Dictado.

La primera noche después de la venta creí oír que estaban achicando.

Me levanté hasta quedar sentado y esperé la voz del hombre de guardia.

Era agua vertida en el patio de la casa donde dormía.

Volví a acostarme, pero ya sabía que podía perder el sueño por un barco al que no tenía derecho a subir sin permiso.

A la mañana siguiente fui a ver cómo cargaban otra nave.

Conocía al que llevaba las cuentas. Me ofreció asiento y me preguntó por un comprador; terminamos discutiendo una calidad de tela que yo no pensaba adquirir.

Estuve allí hasta que dejó de hacerme falta estar ocupado.

Cuando salí, llevaba una noticia para Lázaro y algo de comida que se enfrió por el camino.

No le pedí que escribiera una deuda a mi nombre.

Había días en que deseaba pedírsela: sobre todo cuando lo veía callar y empezaba a imaginar que no había comprendido cuánto me costaría vivir sin mi barco.

Otras veces quería que hablara menos, porque al agradecerme volvía a poner la venta delante de mí.

Dejé ambas exigencias sin pronunciar. No siempre pude evitar que las notara.

El kanakkupillai ha vuelto una hoja. Le pido que espere. Conservo aquí la cuenta del precio, los jornales y lo que recibió Huang; cuando vuelva a leerla, necesitará saber por qué hay un espacio sin cantidad después del nombre de Lázaro. Que lo deje como está. Todavía queda la salida.

Macao · La víspera y el amanecer

El junco ha dejado Lark’s Bay y aguarda fuera del abrigo del puerto.

En tierra recogen las últimas provisiones.

A Lázaro le indican dónde embarcará cuando empiece a clarear; Rajan lo acompaña esa tarde para terminar el trato.

Huang sube con ellos. Queda viento, pero aún no el que Liang quiere para bajar hacia Giang Bình.

En la cámara del capitán, un hombre lee un papel antes de guardarlo.

Liang le hace esperar. Se quita el tubo de bambú de la ropa, saca su nombramiento y lo despliega sobre la tapa de un arcón.

El papel amarillento conserva los pliegues.

Bajo las líneas hay una impresión roja, cuadrada, que ha perdido color junto a uno de los bordes.

Lázaro solo retiene los fragmentos que Huang le señala y traduce:

敕 — mandato del soberano.

授總兵 — se le confiere el mando de tổng binh.

光中三年 — tercer año de Quang Trung.

El año presente, le aclara. El lector menciona después recaudar provisiones y vigilar los mares.

Lázaro piensa en la lanza bajo el toldo; ha oído también a Huang llamar piratas a esos hombres y no encuentra en lo que le traducen una palabra que le permita preguntar dónde termina un trabajo y empieza el otro.

—¿Ese papel sirve si vienen a buscarme? —pregunta a Huang en voz baja.

El tendero niega. Liang y Rajan siguen precisando lo convenido; Huang tiene que volverse hacia ellos para traducir la respuesta. Lo llevarán hasta Giang Bình. El nombramiento es del capitán y no le promete nada a Lázaro.

Rajan está sentado cerca de la entrada. Tiene el anillo vuelto hacia la palma y la bolsa apoyada entre los pies. No interviene cuando Lázaro deja el bulto sobre el arcón.

El capitán espera a que retiren por completo la tela. Pone el espejo en la palma y lo sube y lo baja dos veces. Examina el oro del bisel, vuelve el reverso hacia la claridad de la entrada y sigue con el pulgar el borde del nácar sin levantarlo. Habla con el hombre que ha leído el documento.

—Pesa menos de lo que parece —traduce Huang.

Lázaro mantiene la envoltura abierta. Podría decirle lo que hace el espejo, buscar una pared y alargar aquella tarde hasta que alguien quisiera conocer otra cosa.

Liang ya ha llamado a un marinero. Entre los dos abren un cofre donde hay paquetes pequeños, piezas envueltas y una copa metida en una tela que apenas la cubre.

—Para el tributo —dice Huang.

El capitán acepta. El espejo pagará el pasaje convenido. Lo acomoda al lado de la copa y aparta del cierre una punta de tela. Antes de bajar la tapa, Lázaro alcanza a ver el mango entre los paquetes.

Al amanecer ha entrado el nordeste. Las voces de los hombres se oyen desde el muelle y las velas empiezan a recibir una fuerza que modifica la inclinación del junco.

Rajan espera junto al bote. Lázaro baja con su hatillo; no tienen nada nuevo que convenir.

Rajan le indica dónde poner el pie para no volcar el borde, y él hace lo que le dice.

Cuando el bote se aparta, Rajan sigue en el mismo sitio, con la bolsa sujeta ante las rodillas. Detrás suben los primeros cargadores por el muelle. Lázaro lo ve moverse para dejarles paso.

A bordo, busca con la mano el lugar de la faja donde llevaba el mango. Encuentra los papeles. Los empuja hacia dentro para que no se humedezcan y se agarra a la borda mientras el junco toma viento.