16 · Rescate #2
Cerca del borde hay un taco de madera clavado para sujetar una ligadura.
Lázaro lo puso allí una mañana de lluvia, después de resbalar dos veces en el mismo lugar; recuerda el enfado, el agujero hecho a destiempo y a un compañero riéndose mientras le buscaba el clavo.
Lo había olvidado hasta verlo junto al pie del comprador.
Se agacha, comprueba con los dedos que no se mueve y se incorpora avergonzado de una tarea que nadie le ha encargado.
En esta cubierta ha pasado temporadas deseando llegar a cualquier sitio.
Ahora podría recorrerla a oscuras y le duele pensar que esa destreza va a quedarse sin lugar donde usarse.
Mira hacia la costa, donde un perro corre tras el bote de su dueño hasta que el agua le alcanza el pecho.
Liang señala a los hombres que permanecen al otro lado.
Rajan responde antes de que Huang acabe de traducir.
Los jornales se pagarán hasta el término acordado.
Si alguno quiere contratarse con el nuevo dueño, hablará su paga con él; quien tenga que regresar recibirá lo que se le debe para hacerlo.
Liang escucha y vuelve a las velas. Uno de los marineros pide que cuenten delante de él una cantidad. Otro se marcha a recoger sus cosas.
Lázaro aparta a Rajan junto al toldo.
—Puedo ir por mi cuenta. Hablaré con otro.
Rajan aguarda a que continúe. El ojo izquierdo queda hacia el agua; Lázaro se mueve un poco para entrar en su campo de visión.
—No tienes que venderlo por mí.
—El barco es mío; tú, no. Por eso lo vendo.
Sobre la tela del toldo cae un cabo. Un hombre tira desde arriba y el extremo empieza a arrastrarse, dejando tras de sí una línea de polvo. Lázaro lo recoge antes de que roce la cara de Rajan y lo pasa por fuera del soporte.
Vuelven a la mesa. Han dispuesto las piezas de plata sobre una estera corta.
Huang comprueba la balanza, hace separar una cuya ley discuten y espera a que traigan otra.
El sonido de los pesos se oye entre las voces de cubierta.
Lázaro había imaginado la venta como una cantidad pronunciada, una negativa posible; ahora ve la mano que retira un peso pequeño y comprende que están terminando.
Al desembarcar, Rajan lleva sus hojas entre las tapas de madera, el punzón y una bolsa.
Lázaro se ofrece a cargar las hojas. El capitán se las da después de ajustar el cordón.
Queda a bordo una tinaja que habían querido bajar, porque vaciarla y moverla les llevaría un tiempo del que ya no disponen.
Desde el bote, Lázaro ve beber de ella a un hombre que nunca ha trabajado con ellos.
Nagore, 1798. Dictado.
Pagué los jornales. Hubo que volver a sumar, como te he dicho, y el hombre al que yo pretendía convencer se quedó sentado hasta recibir la diferencia.
Hizo bien. Después separé lo necesario para mis propios días en Macao y para un pasaje de regreso cuando pudiera tomarlo.
El anillo siguió en mi mano. Liang había mirado la madera que compraba; no le ofrecí otra cosa por vergüenza de conservar algo.
Huang recibió treinta y seis taeles por el préstamo comercial de Lázaro.
En julio habían acordado esperar, sin añadirle un interés nuevo: seguían pendientes los mismos treinta y seis.
Quedaba además la prenda. Huang llevaba anotados los pagos anteriores y dos cuotas sin satisfacer, treinta y seis centésimas cada una.
Aparté doce taeles y setenta y dos centésimas para el rescate; él debía comprobar la cuenta en Virtud Compartida antes de retirar el espejo.
Los gastos de su viaje quedaron separados.
No sabía aún todo lo que Lázaro había hecho con los cuatro cofres.
Me lo contó sentado en el cuarto donde acabábamos de dejar mis cosas.
Al llegar a la parte del reloj se detuvo, y yo tuve la crueldad pequeña de obligarlo a continuar sin ayudarlo con una pregunta.
Había prometido partes de una ganancia que todavía no existía; los cuarenta y ocho de su inversión seguían en el negocio, aunque yo estuviera pagando el dinero que había tomado para entrar en él.
Comprendí las diferencias. Lo que tardé más en admitir fue mi enojo por no haberlas conocido antes.
Huang había oído declarar a Lázaro, lo había acompañado una vez y le había explicado una pregunta.
Entre las declaraciones que había escuchado, ninguna decía que Lázaro hubiese disparado.
Eso me dijo. Quería recuperar su préstamo y evitar que la garantía de la prenda continuase trayéndole recados.
También había buscado para Lázaro un sitio donde dormir.
Pude aceptar esas razones juntas sin pedirle que me entregara una más limpia.
Macao · La espera
Huang sale hacia Cantón con la plata, la papeleta 1689 y el encargo escrito para retirar la prenda. A Lázaro le queda la antigua, la del número 1237, con su marca de cancelación. La abre esa tarde sin saber qué espera encontrar distinto. Después dobla el papel por sus pliegues y lo guarda.
La habitación está encima de un lugar donde reparan cestas.
Por las mañanas oye humedecer las tiras y arrastrar los manojos sobre el suelo; a veces una fibra salta contra el techo y él levanta la cabeza como si hubieran llamado desde abajo.
La ventana da a un tejado bajo. Entre las tejas, en una depresión donde se han juntado tierra y hojas, crece una planta pequeña que el viento inclina siempre hacia el mismo lado.
Más allá hay un muro encalado y un trozo de colina. Para ver el agua tiene que salir.
Camina por calles que suben tan despacio que solo al volver comprende cuánto se ha alejado de la orilla.
Los muros guardan un calor distinto según la hora; bajo algunos aleros persiste el olor fresco de la noche, y en los peldaños más gastados una franja clara señala el paso de los pies entre costados oscurecidos por el agua.
De las cocinas llegan golpes de cuchillo.
Una mujer sale con una fuente, llama a alguien sin verlo y se queda esperando con el peso apoyado en la cadera.
Lázaro la mira lo suficiente para que ella le pregunte si busca una dirección.
Dice que no. Compra comida más abajo y la lleva al cuarto de Rajan.
Durante los primeros días pregunta por el regreso de Huang antes de sentarse.
Al cuarto se sorprende llegando con hambre.
Los dos comen junto a las hojas del capitán, que ha empezado a ponerlas en orden porque ahora nadie le exige que deje esa tarea para mirar una vela.
Lázaro encuentra un error en una suma. Rajan la rehace, se enfada con el hombre ausente que la escribió y luego descubre su propio apunte en el reverso.
Tacha. Lázaro tiene que levantarse para que no lo vea sonreír.
Por la noche el miedo vuelve entero. Piensa en la firma que no ha puesto, en lo fácil que sería desear haberla puesto si alguien lo llevase mañana de nuevo a Cantón.
Se reprocha ese deseo y después se cansa del reproche; no puede mantenerse valiente durante todas las horas que otros tarden en decidir qué harán con él.
Aún le importa que los muertos tengan una declaración cierta.
Recuerda la mano del barquero cerrándose en su manga.
Querría contar lo que sabe ante alguien que pudiera oírlo sin haber calculado ya el precio de esa voz.
En el quinto día llueve. El tejado inferior empieza a sonar por partes y la plantita se pierde detrás de una cortina de agua. Lázaro pone un cuenco bajo una gotera que no había visto; lo vacía dos veces antes de bajar. Huang todavía no ha vuelto.
Un empeño no se pierde el día en que vence, sino el día en que se deja de contar los meses.
Huang los ha contado por él. Regresa al día siguiente, con barro seco encima de los zapatos, y lo primero que pide es que le acerquen dónde sentarse.
Ha tenido que esperar una salida y luego aguardar en el río.
El paquete viene envuelto contra la lluvia.
Lázaro lo reconoce por el largo del mango antes de que el tendero deshaga el nudo.
Virtud Compartida ha recibido los doce y las dos cuotas pendientes.
Las anteriores constaban pagadas; el plazo de dieciocho meses no había terminado.
Huang pone delante de él la papeleta 1689 cancelada y la cuenta del rescate.
Aparte deja el recibo de los treinta y seis.
Lázaro trata de agradecerle sin atropellar las preguntas que necesita hacer.
—¿Lo abrieron?
—Lo desenvolvieron para comprobarlo. Yo estaba delante.
Huang levanta la tela. Lázaro ve el cerco dorado, las señales de la cara, el nácar entero.
Lo toma. Al cerrar la mano en el mango encuentra una familiaridad tan inmediata que durante un momento deja de recordar para qué han ido a buscarlo.
El cuerpo se acomoda al peso antes de que él pueda impedir esa alegría.