El reflejo de Oriente. El espejo Makyo 16 · Rescate
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16 · Rescate

—En la cuenta de la venta había una cantidad equivocada. Empieza por corregirla.

El kanakkupillai busca entre las hojas. La puerta está abierta y entra el olor de unas semillas que tuestan en la casa vecina; llevo un rato pensando en lo que van a comer allí, mientras el hombre que me escucha cree que estoy reuniendo mis recuerdos.

Tiene el punzón suspendido. Le señalo la partida de los jornales.

Había dejado fuera una jornada, y al repartir el dinero faltó precisamente lo que yo aseguraba haber separado.

Yo también esperé demasiado. Tenía un flete por cobrar, otro que no acababa de convenirse, y un barco al que cada demora añadía gastos.

Cuando Lázaro venía, lo hacía sentarse junto al trabajo que yo no quería interrumpir.

Me gustaba que confiase en mí. Me molestaba lo que aquella confianza podía pedirme al día siguiente.

Lázaro se sienta en la popa del bote, frente a Rajan.

Han salido de Macao con Huang Qishun; el tendero tiene un encargo propio en el fondeadero y ha aceptado acompañarlos hasta el junco.

Lleva los zapatos envueltos en una tela sobre las rodillas.

El remero, que se ha metido en el agua para empujar, le pregunta cuánto le han costado.

Huang le responde con una cifra que hace reír al otro y guarda el bulto más lejos de las salpicaduras.

La costa se descubre por entrantes. Un lomo de tierra oculta el siguiente, el canal parece cerrarse y luego ofrece una extensión de agua donde las barcas diminutas, vistas un momento antes contra las laderas, recobran de pronto sus hombres y sus remos.

Sobre Hengqin, a la que los portugueses llaman Ilha da Montanha, la luz resbala por la hierba seca de las pendientes y deja en las hondonadas un verde más oscuro; cerca de la orilla hay rocas que parecen limpias hasta que el descenso de una ola muestra la franja de limo, y el agua, al retirarse, demora un brillo en cada hueco.

Lázaro sigue esas retiradas con una atención que no puede mantener en tierra.

Allí cada paso que se acerca a una puerta lo obliga a escuchar.

Antes de bajar a Macao ha vuelto a la casa del sobrecargo.

Le tenían preparado un papel. Según la traducción, debía declarar que había recibido del artillero un cajón de pólvora y lo había llevado hasta la pieza que disparó.

Él solo había movido el cajón cerrado junto a la escotilla.

El escribiente de la casa le dijo que las palabras se arreglarían después; hacía falta su firma para que los otros relatos dejaran de contradecirse.

—Entonces arréglelas antes —pidió.

Apartaron el papel. Nadie lo amenazó allí. Le dijeron que no podían seguir enviando un hombre con él a cada diligencia, y uno de los presentes, a quien conocía desde hacía meses, empezó a ordenar sus asuntos sobre la mesa antes de que Lázaro hubiera terminado de hablar.

El lingüista le llevó después noticia de otra citación.

Querían confrontar las declaraciones. Podían retenerlo mientras aclaraban por qué un marinero lo situaba al lado de un cañón donde él no recordaba haber estado.

Aún podía presentarse y repetirlo todo; durante dos noches se acostó convencido de que eso haría, porque marcharse le parecía conceder a los otros un relato del que ya no sabría regresar.

Al amanecer de la segunda, sin haber dormido, buscó a Rajan.

Huang había dado su nombre y su dirección cuando los hombres del Namhoi fueron a la tienda. Se lo dijo después, mientras apartaba mercancía para hacerles sitio en un banco.

—Si digo que no sé dónde encontrarte, vuelven por mí.

Lázaro esperaba otra explicación. Lo había oído hablar muchas veces de garantías, de personas que respondían por otras, y le costaba aceptar que aquel mismo hombre pudiese señalar la puerta donde dormía para evitar que lo buscaran a él.

Le preguntó qué más les había contado. Huang enumeró las preguntas y las respuestas; no había dicho que Lázaro hubiese disparado ni sabía quién lo hizo.

Había dicho dónde encontrarlo. Después le ofreció acompañarlo a declarar.

Había aceptado aquella ayuda en una de las primeras diligencias.

Durante el camino sintió una gratitud que no alcanzaba a quitarle el resentimiento, y esa mezcla seguía molestándole ahora que veía al tendero sentado en el bote, protegiendo sus zapatos.

Hubiera querido confiar en él con la facilidad de antes; también habría querido que no hubiera nadie más a quien pudieran llevarse en su lugar.

En Macao sigue volviendo la cabeza al oír su nombre.

Nadie le ha prometido que una calle portuguesa lo ponga fuera del alcance de una reclamación.

Ha encontrado una cama y unos días para decidir; cada vez que sale de la habitación mira dónde ha dejado la estera, procurando retener una posición que después le permita saber si alguien ha entrado.

El bote dobla una punta. En Lark’s Bay hay una lorcha con los costados manchados y varias embarcaciones menores pegadas a ella.

Pasan cofres de opio llegados de la India; un hombre sostiene una estera sobre la escotilla para ocultar la faena desde el agua abierta, aunque quienes cruzan cerca pueden ver los brazos que aparecen debajo.

Más lejos, un junco lleva una vela a medio recoger.

Entre los pliegues se mueve un muchacho, sacando con cuidado un cabo atrapado.

Un golpe hueco llega del barco de Rajan, fondeado dentro de la ensenada: alguien prueba una tabla.

A medida que se aproximan, la ensenada pierde la quietud que parecía tener desde fuera.

Una mujer aclara ropa entre dos rocas, manteniendo un pie sobre la prenda que espera turno; detrás, en la orilla, un muchacho ha tendido peces abiertos sobre una armadura baja, y el agua de sus manos cae sobre la arena antes de que alcance a secárselas.

Entre los barcos se oyen órdenes que no producen de inmediato ningún movimiento.

Lázaro busca al que las da y encuentra a un hombre esperando que otro acabe de comer.

Ese retraso pequeño, familiar, lo reconforta.

Al levantar la vista distingue, bajo un portillo, la boca oscura de un cañón.

La embarcación cabecea y vuelve a ocultarla.

Al capitán del junco lo presentan como Liang Baofu.

Huang añade el nombre con que lo llaman los hombres de Annam, Lương Bảo Phú.

Fue pescador en Suixi, dice. Lázaro mira primero el botón del tocado, después el tubo de bambú lacado.

Cuando el hombre apoya la mano derecha en la regala, ve los dos surcos entre el pulgar y el índice.

Es el de la recepción de junio.

Liang lo reconoce un instante después. Se toca el oído y tararea dos notas iguales. Huang pregunta algo; el capitán contesta sin dejar de mirar a Lázaro.

—Se acuerda del reloj.

Lázaro asiente. Desde el junco le llega olor de comida y ropa que se seca. Hay una lanza sujeta bajo el borde de un toldo, puesta de modo que no estorbe el paso.

Nagore, 1798. Dictado.

Había preguntado a otros compradores. Uno quería el casco sin las velas; otro ofrecía pagar una parte cuando yo ya no pudiera seguirlo.

Liang envió hombres que sabían dónde mirar.

Me irritó que descubrieran tan pronto la costura que más trabajo nos había dado.

También preguntaron por lo que funcionaba bien, y entonces empecé a creer que de verdad querían comprar.

La madera conservaba fuerza. El dinero que yo conseguía hacerle ganar, cada vez menos. Podía haber vendido antes; podía haberme quedado con ella hasta que nadie quisiera pagarme lo suficiente para bajar a tierra. Entre esas dos posibilidades pasé años llamando prudencia a decisiones contrarias.

El pasaje de Lázaro no entraba en el precio.

Liang iba a Giang Bình con sus hombres y sus cargas; llevar a otro hombre, cuyo nombre podían preguntar en Cantón, requería un trato distinto.

Yo sabía qué hacían aquellos barcos cuando encontraban uno más débil.

Procuré averiguar también si cumplían los acuerdos de pasaje.

Un mercader me habló de un hombre que había llegado; otro quiso cobrar por darme un nombre.

No reuní una seguridad que pudiera mostrar a Lázaro.

Él propuso el espejo. Liang preguntó por el metal y por el nácar antes de preguntar dónde estaba.

Tuve que pedirle a Huang que repitiese despacio la condición: recibiría el objeto por llevar a Lázaro, además de comprarme el barco.

Si no aceptaba el espejo al verlo, el pasaje seguía sin convenirse.

Quedamos en esperar el regreso de Huang antes de darlo por hecho.

Lark’s Bay · La venta

Los hombres de Liang bajan a la bodega con una luz protegida.

Uno vuelve con la rodilla mojada y señala hacia abajo.

Rajan se agacha ante la abertura; Lázaro oye su respuesta y el golpear que le contesta desde dentro.

Conoce ese lugar. Ha pasado allí noches sacando agua, sin que desde cubierta pudiera distinguirse cuánto esfuerzo necesitaba mantener el fondo como lo querían encontrar por la mañana.

Liang delibera con el hombre que pondrá al mando del casco.

Huang traduce las objeciones; Rajan pide que traduzca también cuánto valen las velas que acaban de ver extendidas.

Hablan de un repuesto, de los aparejos y de una barca que no se incluirá.

Lázaro espera junto al palo. La cubierta que pisan lleva señales de sus pies, pero son otras, una escotadura y una reparación más clara, las que consigue reconocer.

Le asombra cuánto puede mirar sin que ninguno necesite preguntarle nada.