15 · Salva #3
Lázaro espera que el sobrecargo repita el motivo de su visita al barco.
El inglés está alisando una esquina del papel.
Cuando al fin habla, le aconseja que no complique las respuestas.
Luego explica a los otros que no es empleado de la Compañía, que el hecho de hablar castellano no compromete a la factoría y que no hay un cónsul español sentado allí para tomar ese asunto como propio.
Hasta ahora nadie ha propuesto entregarlo.
Lázaro se pregunta si alguno necesita decirlo en voz alta.
Ve la facilidad con que su nombre pasa de la relación de un recado a una conversación sobre lo que cada casa está dispuesta a perder, y siente un miedo que al principio no reconoce porque se parece demasiado a la vergüenza.
Querría recordarles cuántas veces han necesitado que estuviese en dos lugares durante la misma mañana, las discusiones que ha resuelto y los hombres a quienes ha esperado bajo la lluvia.
Sabe que se acordarían. Ese es el pensamiento que lo deja sin palabras: pueden recordar todo y seguir hablando de él del mismo modo.
Cuando pregunta por el dinero, el inglés señala hacia la puerta.
—Ahora no sale nada.
Lázaro permanece un instante delante de la mesa. Luego recoge su gorra.
El lingüista que estuvo a bordo lo encuentra junto a un muro de la factoría. Ha sabido que lo buscaron otra vez. Todavía no hay una acusación contra él, le dice; deben separar lo que cada hombre hizo y lo que cada testigo puede afirmar.
Lázaro pregunta qué ocurrirá al que declaren responsable.
El otro tarda en contestar. Empieza por las penas, quizá porque necesita llevarlo hasta la respuesta por un camino que no parezca escogido solo para asustarlo.
Abre una mano y va cerrando los dedos: golpes con bambú ligero, con bambú pesado, trabajo penal, destierro, muerte.
Dentro de cada castigo hay grados. No corresponde al escribiente que tomó su nombre escoger uno sobre la marcha; una pena de muerte debe subir para su confirmación, salvo los casos exceptuados.
—¿Y si dicen que no quiso matar?
El lingüista explica que causar una muerte puede seguir teniendo pena aunque no se haya querido.
Tendrán que averiguar qué se hizo, quién dio la orden, qué peligro se aceptó.
Lázaro vuelve a pensar en el cajón cerrado.
No encuentra alivio en una distinción que depende de que los otros quieran hacerla bien.
—¿La muerte cómo?
El hombre menciona el corte de la cabeza y la estrangulación.
Para esta última junta las manos, separa un poco los dedos, muestra el lugar de una cuerda alrededor del cuello y tuerce las muñecas para indicar cómo se tensa con el reo sujeto a un poste.
Lo hace deprisa; al advertir que Lázaro no aparta los ojos, baja los brazos.
El cuerpo queda entero, añade. Por eso se considera una pena menos infamante que la decapitación.
Lázaro sigue mirando aquellas manos ya vacías. El lingüista debe volver a decirle que no le está anunciando una sentencia.
De un memorial remitido aquel verano; copia con la rescripción recibida después
El nombre del remitente se omite en esta copia.
奏摺
臣某某跪奏
Vuestro súbdito, arrodillado, informa de las diligencias abiertas por las muertes de dos barqueros causadas por disparos de una nave extranjera.
Se han requerido declaraciones y se exige la presentación del responsable.
Los mercaderes garantes han recibido orden de cooperar; las diferencias entre las naciones de los comerciantes no deben impedir el esclarecimiento ni prolongar la suspensión del trato.
En cuanto a las noticias de hombres de mar que muestran nombramientos del reino de Annam para amparar depredaciones, se perseguirá a los bandidos que fingen títulos. La recepción dispensada al enviado de aquel soberano no modifica las órdenes contra el robo en nuestras costas.
伏乞皇上聖鑒
Humildemente suplico el augusto discernimiento de Vuestra Majestad.
Rescripción añadida en bermellón tras la remisión a la corte:
知道了
Enterado.
Cantón · Al atardecer, durante la suspensión
Lázaro cruza el square cuando empiezan a arriar las banderas.
Se ha levantado algo de aire y las telas tardan en caer; una se engancha en su propia driza, se abre de golpe y vuelve a plegarse mientras el hombre de abajo recoge el cabo.
Frente a las puertas cerradas quedan grupos que hablan sin apartarse para dejar paso. Lázaro los rodea.
El río sigue ocupado. Hay luces en las barcas, humo sobre una cocina, un remo que se alza y deja caer unas gotas visibles contra la última claridad. Busca, sin querer, la gabarra de las verduras entre los bultos oscuros. Recuerda la chaqueta que el joven había doblado antes de trabajar.
Al otro extremo de la plaza baja la bandera española. Lázaro se detiene lo suficiente para verla desaparecer detrás de la barandilla. Tiene que avisar a Rajan de la nueva citación. Se lleva la mano a la faja, toca los dos papeles doblados y la retira.
Cuando vuelve a andar, el mástil está desnudo.