El reflejo de Oriente. El espejo Makyo 15 · Salva #2
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Va a una nave de comercio que ha llegado de la India.

Lleva una relación de portes y debe recoger una respuesta para el sobrecargo con quien entró en el negocio de los cuatro cofres.

Las cuentas de aquella operación siguen sin cerrarse.

Cada explicación trae un lugar nuevo donde el dinero se ha detenido, y Lázaro ha empezado a desconfiar de su propio alivio cuando comprende una demora.

En julio tendrá que devolver a Huang los treinta y seis taeles.

Faltan semanas. El interés de la nueva prenda continúa por su lado.

Antes de subir, ve llegar una gabarra con cestos de verduras y un rollo de cabo.

Uno de los dos barqueros tiene la camisa recogida en la cintura; el otro, más joven, aparta con el pie una hoja que obstruye el lugar donde quiere apoyarse.

El mayor le dice algo y se ríe cuando el muchacho responde sin dejar de remar.

Lázaro reconoce al primero: le ha llevado más de una vez de un barco a otro, siempre protestando al recibir una moneda que acaba por guardar.

Le levanta la mano. El hombre hace el gesto de contar con los dedos y señala a su compañero, como si advirtiese que esta vez hay dos a quienes pagar.

El joven salta al borde de la gabarra, se afirma y entrega un cesto.

Debajo de las verduras ha puesto su chaqueta, doblada con un cuidado impropio del agua que entra por las juntas.

La recoge, sacude una hoja adherida a la manga y vuelve a acomodarla más arriba.

Lázaro espera a que acaben de pasar la carga para alcanzar la escala.

En cubierta lo hacen aguardar junto a unos cajones.

Un marinero anota su nombre y pregunta por la casa que lo envía; Lázaro da el del sobrecargo.

Está acostumbrado a que lo escriban de maneras distintas y repite el apellido cuando el hombre levanta la pluma.

Después le indican dónde debe esperar. Desde allí ve una franja del río, un bote que se aparta y el extremo de la gabarra, todavía amarrada mientras los dos hombres ajustan la nueva carga.

Se prepara una salva para saludar a un buque de otra nación.

Un marinero protesta: después de unas muertes ocurridas años atrás, las casas habían prohibido esos honores en Whampoa.

El hombre que lleva la orden contesta que el capitán quiere saludar.

Lázaro oye pasos apresurados y el golpe de algo que ruedan por debajo.

Le piden ayuda para mover un cajón; lo dejan junto a otro, lo bastante lejos de la escotilla para que los marineros puedan pasar.

Cuando vuelve hacia la borda, ha perdido de vista al que debe traerle la respuesta.

El primer disparo le cierra los oídos.

Aún tiene la mano sobre la madera cuando ve levantarse una parte del costado de la gabarra.

Un cesto cae al agua. El humo baja entre las dos embarcaciones y durante un instante no consigue distinguir si el barquero se ha agachado o ha desaparecido.

Suena otro golpe. Alguien grita una orden que otros repiten.

Lázaro corre a la borda.

El hombre mayor está doblado sobre un banco. La camisa, suelta ya de la cintura, se le ha enganchado en una astilla. El joven no está donde lo vio. Sobre el agua flotan hojas enteras, un trozo de cesta y la chaqueta desplegada; una manga se llena despacio y arrastra consigo la tela.

—¡Un cabo!

No sabe quién lo ha pedido. Tiene uno a sus pies y lo lanza, aunque nadie abajo parece capaz de cogerlo. Un marinero desciende por la escala, otro salta a un bote. El humo se deshace dejando un olor caliente sobre el olor del río.

Sacan al mayor de la gabarra entre tres hombres.

Lázaro ayuda a recibirlo. El cuerpo ofrece menos resistencia de la que espera y debe cambiar la mano de sitio para que la cabeza no golpee el canto.

El barquero abre la boca. Parece que intenta expulsar algo, pero no sale ninguna palabra.

Una mano se cierra en la manga de Lázaro y permanece allí hasta que consiguen tenderlo.

El otro aparece junto a la popa, sostenido por un hombre que lo ha alcanzado desde un bote.

Traen ambos cuerpos a cubierta. El joven tiene un pie descalzo; alguien busca dónde apoyar el otro para estirarle la pierna, como si aún importara evitarle una mala postura.

Lázaro se queda de rodillas junto al mayor.

Le aparta de la boca un hilo mojado de la camisa.

Espera un movimiento que ha creído ver y después comprende que lo ha producido él al retirar la tela.

Preguntan quién ha disparado. Hay respuestas que no entiende, hombres que señalan la escotilla, otro que insiste en que se estaban dando los honores.

Lázaro mira hacia los cañones. Desde donde aguardaba no ha visto quién cargaba ni quién aplicaba el fuego.

Sabe dónde estaban los dos barqueros. Puede decir eso.

Durante un rato nadie le pide la relación de portes.

Los primeros que llegan hacen apartar a los curiosos y preguntan por los muertos.

Un hombre de otra barca los conoce; habla largamente mientras un escribiente toma nota.

Lázaro oye dos nombres que no consigue retener juntos.

Se los hace repetir al lingüista, pero entonces llaman al capitán y la respuesta se pierde entre órdenes de bajar, esperar, no tocar todavía lo que ha quedado sobre el banco.

Le preguntan a qué hora ha subido, quién lo ha mandado llamar, qué ha hecho cerca de la escotilla. Cuenta lo del cajón. Le preguntan si contenía pólvora. No lo sabe. La pregunta vuelve después con palabras distintas y siente que su ignorancia, al tener que repetirse, empieza a parecer una elección.

—Estaba cerrado. Me pidieron moverlo.

El lingüista traduce. El escribiente levanta la vista, espera otra respuesta y continúa escribiendo. Le indican que debe estar disponible si vuelven a llamarlo. La lista de quienes han entrado en el barco queda junto a las declaraciones.

Cuando por fin puede irse, busca a Rajan en su nave. Lo encuentra bajo el toldo, con una pieza de cabo entre las rodillas y un hombre esperando que decida si puede seguir usándose. Lázaro empieza por decir que han muerto dos barqueros. Solo después habla de la lista.

Rajan escucha hasta el final. Le pregunta por los cajones, por el lugar donde estaba y por lo que han escrito. Lázaro se irrita al oír otra vez las mismas preguntas, aunque reconoce el esfuerzo del capitán por no poner en sus labios una respuesta más cómoda.

—No digas que lo viste si no lo viste.

—Eso he dicho.

Rajan asiente. Le hace traer agua. Durante unos minutos se quedan bajo el toldo sin hablar; al otro lado, el hombre del cabo sigue esperando, y Lázaro comprende que su miedo ha interrumpido una jornada que para los demás todavía contiene cosas que reparar.

Quiere pedirle a Rajan que vaya con él. Quiere también marcharse antes de que el capitán tenga que decidir qué trabajo abandona para acompañarlo.

No desea que lo vean otra vez buscando amparo junto a ese hombre, pero le avergüenza más descubrir que, aun ahora, le importa cómo lo vean.

El agua está tibia. Bebe despacio para quedarse allí el tiempo que tarda en terminarla, oyendo al capitán hablar con el marinero del cabo, una conversación que entiende casi sin atender y en la que sabe qué respuesta vendrá después.

Le gustaría que siguiesen discutiendo un poco más.

Si Rajan le preguntara por el dinero, podría contarle al fin lo que ha hecho y dejar de sostenerlo solo; el capitán, sin embargo, vuelve la cabeza para comprobar si quiere otro vaso, y Lázaro niega.

Le dice dónde podrán encontrarlo. Rajan repite la dirección de China Street y le pide que mande aviso en cuanto sepa algo. Lázaro bebe el resto del agua. Deja el vaso en un lugar donde no pueda volcarse.

La orden de suspender el comercio llega después, con los avisos y las protestas.

En Cantón cierran operaciones que por la mañana parecían a punto de terminar; los hombres vuelven a las factorías llevando papeles que ya no pueden despachar.

El magistrado de Nanhai reclama que se entregue al responsable de las muertes.

Los mercaderes que garantizan la nave son llamados a responder por su conducta; las exigencias de las oficinas, los derechos detenidos y las reclamaciones de los extranjeros pasan de una puerta a otra por manos de intérpretes que cada vez tardan más en volver.

Lázaro oye decir que todo acabará pronto.

Quien lo dice tiene mercancía que sacar antes de que el retraso le cueste más.

En el río, junto a las factorías, preparan botes armados; un hombre comprueba el cierre de una caja, otro cambia de hombro un mosquete mientras espera embarcar.

Nadie explica a Lázaro qué esperan conseguir con ellos.

A la entrada de una casa ve discutir a dos comerciantes que hasta el día anterior se saludaban con una inclinación de cabeza.

Ha venido a buscar al sobrecargo. Necesita saber cuándo se cerrará su cuenta y quién responderá si vuelven a citarlo. Las dos preguntas, que traía separadas, se le mezclan antes de alcanzar la mesa.

El inglés está con otros dos hombres. Le hace esperar a un lado, pero lo bastante cerca para oír. Hablan de la nave, del artillero, de un hombre al que una casa poderosa no quiere dejar solo. Después uno señala la lista. Lázaro reconoce su apellido antes de que lo miren.

La conversación pasa al inglés corto que usan para los tratos, con palabras repetidas y huecos donde una mirada termina de explicar lo que falta. El artillero tiene una casa que reclamará por él. De Lázaro preguntan quién responde.

—¿La española?

—Hace recados.

—¿Un Hong suyo?

El sobrecargo niega. El garante del barco tiene obligaciones que todos conocen; ninguno de los presentes se ofrece a sostener por su cuenta lo que diga Lázaro. Vuelven a señalar la lista.

—Subió. Movió una caja.

—No cargué ningún cañón —dice él.

El hombre que ha hablado levanta las manos, como si le molestara una acusación que nadie ha pronunciado.

—Preguntarán.