15 · Salva
Los portadores desayunan junto a la entrada de la factoría española.
Algunos tienen el cuenco entre las rodillas; otros comen de pie, con las varas apoyadas en la pared y una mano libre para apartarlas si alguien necesita pasar.
Lázaro se detiene en el borde de sombra que todavía alcanza la calle.
Del río llega una corriente fresca, cargada de humo de las cocinas, y durante un momento oye el roce de las cucharas con más claridad que las voces del interior.
Entonces lo llaman. Pasa entre los hombres, levanta un pie sobre una vara y entra.
Hoy el virrey Fu Kang’an recibe allí al enviado del rey de Annam.
Los objetos que otros días pueden apartarse para dejar paso tienen ahora una posición que nadie quiere decidir por sí mismo.
Lázaro ha sido llamado para ayudar con los recados y entenderse con quienes hablan portugués o castellano; cuando llega una pregunta que no comprende, busca al lingüista, lo conduce hasta quien espera y se queda cerca por si hace falta volver a salir.
Desde temprano cruza las mismas habitaciones sin alcanzar a verlas enteras.
Las descubre poco a poco, a medida que el trabajo le permite detenerse.
Bajo las ventanas, donde la claridad entra atravesada por las varillas de las persianas, las telas tienen un color más hondo que al fondo de la sala; un borde de seda, vuelto sobre sí al cubrir una mesa, parece casi negro en el pliegue y se enciende cuando el criado pasa la palma y lo alisa.
Hay sillas que han traído de otras casas, porcelanas dispuestas de modo que una rama pintada continúe detrás de otra vasija, una alfombra cuyos extremos se ocultan bajo los muebles.
El aire apenas circula. Los hombres que llevan las bandejas han empezado a sudar antes de que lleguen los invitados, y el olor de sus ropas mojadas se mezcla con el de la madera recién frotada, las flores cortadas y una preparación de cocina que Lázaro reconoce por el aceite caliente, aunque no sepa qué fríen.
En un corredor encuentra a Agote hablando con dos hombres.
Aguarda hasta que lo miran. Hace falta llevar un aviso a la entrada y confirmar que han entendido dónde deben esperar los portadores.
Lázaro repite la orden, sale y regresa. Esta mañana preferiría quedarse en la sala: quiere ver al enviado, oír cómo se saludan quienes han venido desde tan lejos para recibir un lugar donde sentarse.
Le han contado que el emperador reconoció al rey de Annam el año anterior.
Las versiones de lo ocurrido antes no coinciden.
Un hombre habla de una guerra perdida; otro dice que no conviene llamar derrota a lo que ha terminado en una embajada.
Lázaro no ha visto aquellos campos ni conoce a los muertos.
Escucha las dos explicaciones y reconoce, en la impaciencia de quienes las dan, el deseo de que lo sucedido haya dejado de ser un asunto pendiente.
Cuando llega el virrey, la entrada queda ocupada por cuerpos que le impiden ver.
Lázaro retrocede con una jarra entre las manos y desde el corredor alcanza a distinguir el movimiento de los abanicos, una manga levantada, los pies de un hombre que espera a que otro termine de pasar.
La sala parece ensancharse alrededor de las personas que entran; quienes la han preparado se retiran junto a los muros, buscan huecos detrás de los asientos y siguen trabajando desde allí.
A él le queda sitio cerca de una puerta lateral.
El enviado se inclina. Las palabras cruzan la habitación por bocas distintas, y Lázaro ve cómo algunos rostros responden antes de la traducción, mientras otros aguardan con una cortesía inmóvil.
Agote está entre los presentes. Un criado viene a pedirle a Lázaro que acompañe a unos portadores hasta la habitación contigua.
Le cuesta apartarse, pero la jarra ya no le sirve de motivo para permanecer.
En la otra estancia colocan varias cajas y una bandeja cubierta. Al retirar la tela aparece un reloj azul oscuro.
Lázaro conoce el sol de ocho puntas que hay sobre la esfera.
Un hombre da cuerda al mecanismo; suenan las dos notas iguales, luego comienza el descenso.
Es el reloj que entregaron al submagistrado.
La música dura lo mismo que en aquel patio, pero aquí tiene que abrirse paso entre voces y golpes de puertas, y nadie se sienta para escucharla.
No sabe por qué manos ha llegado, ni si está entre los presentes que se ofrecen o entre los que alguien ha recibido.
Le gustaría acercarse para comprobar una pequeña desigualdad del borde, aunque ya no necesita comprobar nada.
Piensa en Huang, que espera cobrar su parte si el negocio da beneficio, y en el funcionario, a quien ha prometido otra porción de lo que todavía pudiera quedarle.
El reloj ha salido entero de sus manos. Lo que espera ganar continúa dividiéndose sin llegar.
La vergüenza que siente le resulta injusta.
Nadie le ha pedido aquí que explique el precio del objeto ni la razón por la que tuvo que entregarlo.
Podría disfrutar de haber contribuido a aquella música, reconocer que algo suyo —una elección, siquiera— ha alcanzado una habitación donde él solo entra llevando un recado; pero, mientras mira el sol de la esfera, vuelve a desear que el hombre del patio se hubiese contentado con mirar el espejo.
Le pesa haber querido gustarle tanto. También sabe que, si pudiera regresar a esa mañana, acaso volvería a abrir la tela.
Uno de los acompañantes del enviado se detiene ante el reloj.
Lleva un botón en el tocado y un tubo de bambú lacado sujeto a la ropa.
Al poner la mano sobre la mesa, descubre dos surcos viejos entre el pulgar y el índice derechos, allí donde un sedal tenso podría haber cortado una y otra vez.
Lázaro los mira porque ha visto manos semejantes entre los hombres de pesca.
El hombre nota su atención y recoge los dedos.
Un funcionario se acerca a saludarlo. Hablan en una lengua que a Lázaro le suena a las conversaciones de China Street; después el acompañante abre el tubo y deja ver un papel que no llega a desplegar por completo. El funcionario examina algo, inclina la cabeza y se lo devuelve.
—¿De dónde viene ese capitán? —pregunta Lázaro al lingüista cuando lo tiene cerca.
—Sirve al rey de Annam.
—Habla como los de aquí.
—Hay hombres de aquí a su servicio. Tiene nombramiento.
El lingüista debe atender otra llamada. El capitán guarda el papel con cuidado, vuelve a asegurar la tapa y se incorpora al grupo que sale hacia la sala. Lázaro ve alejarse el botón por encima de un hombro. Cuando regresa con la jarra, han cubierto el reloj.
Whampoa · Días después
El bote tarda en encontrar paso entre dos embarcaciones amarradas de costado. Lázaro se agacha para no recibir el extremo de una pértiga y ayuda a empujar, con la palma abierta, una defensa mojada. La madera deja en su mano un olor de río que permanece cuando se la limpia en el pantalón.
En el fondeadero, junio tiene un espesor distinto al de las habitaciones de Cantón.
El agua parece lisa desde lejos, pero al aproximarse se divide en corrientes pequeñas, arrastra hojas y cáscaras, golpea los cascos con una fuerza que el brillo de la superficie no deja calcular; de los desagües cae un hilo turbio, una barca de cocina suelta humo bajo las jarcias y, más allá de las naves mayores, las colinas aparecen veladas por un aire donde ya se prepara la lluvia.
Hay ropa tendida entre palos, esteras puestas de canto para secarse, hombres que remiendan una vela bajo un toldo demasiado bajo y tienen que salir arrastrándose para enderezar la espalda.
Una mujer sostiene una olla mientras el niño que lleva atado al cuerpo duerme con la boca abierta.
Los gritos llegan de todas partes, aunque el movimiento de las embarcaciones cambia a cada instante el lugar del que parecen venir.
Lázaro conoce ese trabajo repartido sobre el agua. Le gusta encontrar, entre tantas órdenes ajenas, una maniobra cuyo término puede prever. Espera a que un cabo quede flojo antes de apartarlo; el hombre de su bote lo ve hacerlo y deja de pedirle que no estorbe.
En la orilla, los cobertizos se suceden al pie de un terreno que la marea deja descubierto por partes.
Hay montones de madera, barriles bajo esteras y un sendero abierto entre la vegetación por el paso continuo de los hombres cargados; donde el sendero baja hasta el agua, las huellas se llenan antes de que llegue el siguiente hombre.
Más arriba distingue unas tumbas entre la hierba.
La distancia les quita los nombres, si los tienen, y permite ver a su lado una mata florida que desde tierra acaso quedaría oculta por un muro.
Ha mirado otras veces hacia allí pensando en marineros a quienes nadie pudo llevar de vuelta.
Hoy sigue el vuelo de un pájaro que sale de la maleza, cruza por delante de los palos y se pierde detrás de una vela recogida.
El bote cabecea al alcanzar el costado de la nave.
Lázaro se afirma sin pensarlo; le alegra comprobar que todavía conserva esa rapidez, aunque a veces, después de una jornada de caminar por Cantón, se acueste con las piernas tan cansadas que teme no poder embarcar a la mañana siguiente.
Lleva años aprendiendo a parecer útil ante hombres que solo lo conocen por un encargo.
Sobre el agua, antes de que le pregunten nada, puede hacer algo que sabe hacer.