14 · Transparente #3
La luz ha avanzado hasta la mesa. Desde donde está, Lázaro ve que una de las patas se apoya sobre una lasca de madera, oscura en la parte que sobresale, y que el tablero se inclina apenas hacia el lado donde han puesto el espejo.
Nada se mueve. Sigue oyéndose el agua del interior: alguien lava un recipiente, lo golpea contra otro sin querer y se detiene antes de acabar.
Lázaro recuerda el ruido de las tinajas a bordo, el cuidado con que un hombre debe afirmarse para levantar algo cuando el suelo puede faltarle, y le parece incomprensible estar en un patio tan quieto y no encontrar un lugar donde apoyar mejor el cuerpo.
Había sentido descanso al entrar. Ahora la hierba entre las losas le molesta, porque le atrae los ojos cuando necesita mirar la mesa, y la sombra de la rama, deshecha sobre la cal, conserva un movimiento más fácil de seguir que los gestos de quienes aguardan.
Querría sentir ira. La ira le permitiría nombrar una ofensa, responder a ella.
Lo que siente es más torpe: el deseo de deshacer una invitación que él mismo ha provocado, de regresar al momento anterior a abrir la tela sin que nadie advierta que ha vuelto atrás.
Lázaro siente una vergüenza brusca, como si fuese él quien estuviera a punto de exigir un regalo. Huang lo mira. No bastaría llevarse el objeto mientras el funcionario habla con otra persona; alguien tendría que decir por qué ha vuelto a envolver lo que el anfitrión acaba de recibir.
—El espejo no puedo dárselo —dice al intérprete.
La frase llega al otro lado más despacio de lo que ha salido de su boca. El submagistrado deja de sonreír, sin mostrar enfado. Pregunta algo.
—Quiere saber por qué lo has traído.
Porque quería que le agradase; porque durante años ha conservado una cosa que los demás podían tomar por metal usado y esa mañana necesitaba que un hombre con autoridad viese en ella lo que el tasador se negó a pagar.
No dice nada de eso. Explica que Huang ha adelantado el rescate y que él se ha comprometido a devolverle los doce taeles mediante otro empeño.
La obligación sigue en pie aunque la papeleta antigua esté cancelada.
Huang confirma el acuerdo. Lázaro oye su nombre, una cantidad, una pausa. Querría que el tendero añadiera algo que lo absolviese de haber querido impresionar a aquel hombre sin calcular lo que pediría después. Huang no añade más.
Entonces Lázaro señala el reloj.
El criado lo desenvuelve. La caja azul deja en la tela un hueco que conserva su forma; encima de la esfera, el sol de ocho puntas recibe una luz más blanca que el resto del adorno.
Huang da cuerda. Suenan las dos notas iguales, comienza el descenso, y el funcionario acerca una silla para escuchar. Lázaro espera hasta que acaba.
—Esto sí podemos dejarlo.
El intérprete habla. El submagistrado mira el reloj, después los papeles que siguen junto al espejo. Hace otra pregunta, esta vez sobre el negocio del que Huang le ha hablado. Lázaro entiende antes de que terminen de traducir y siente que el alivio empieza a retirarse.
Ofrece una parte del beneficio que todavía pudiera corresponderle, después de los compromisos ya asumidos.
Solo si hay beneficio. Huang escucha mientras precisan que esa porción sale de lo que aún quede para Lázaro: no del dinero que debe devolverle ni de la parte acordada por el reloj.
El funcionario acepta el presente y la promesa; indica al intérprete que recoja los nombres necesarios para impulsar el trámite.
No entregan ningún chop aquella mañana.
Mientras Huang habla con el escribiente, Lázaro recoge el espejo.
Espera una objeción que no llega y tarda demasiado en encontrar el borde de la tela.
El funcionario ya no lo retiene; pregunta cómo se detiene la música antes de que vuelva a empezar.
Lázaro anuda el bulto, lo aprieta contra el costado y comprueba con el pulgar que el mango sigue dentro.
Al pasar bajo el corredor vuelve a oír las dos notas.
El hombre que ha cargado con el reloj sale ahora con las manos vacías.
En la puerta tienen que esperar a que pase una carga.
Lázaro retrocede para no recibir el golpe de una cesta y oye al intérprete llamarlo desde el corredor.
Solo quiere confirmar dónde podrán encontrarlo si llega respuesta.
Huang da la dirección de la tienda. El intérprete repite el nombre, lo retiene y los deja marcharse.
Durante unos pasos Lázaro camina muy cerca del tendero; después se separan para evitar a un vendedor que despliega su mercancía en el suelo.
Cuando vuelven a juntarse, ya no encuentran sitio para andar a la par.
Ocho días después
En Virtud Compartida no les preguntan dónde han llevado el espejo.
El segundo tío comprueba la guarnición, mira la cara limpia y busca sitio para la balanza.
Lázaro aguarda junto a Huang. Ha cobrado varios recados y ya le ha devuelto las treinta y seis centésimas del adelanto; los doce que vuelven a prestarles pasan directamente a manos del tendero.
Esta vez el escribiente abre un asiento nuevo. Huang responde otra vez por la prenda. Acuerdan dieciocho meses contados desde la fecha de hoy en el calendario de la casa, al tres por ciento mensual; lo que han pagado y cancelado no les compra meses de ese nuevo plazo.
El número es distinto: 1689. Debajo, el segundo tío vuelve a escribir:
舊銅鏡一面,破爛
Huang lee la descripción, la fecha y las condiciones antes de firmar. El talón queda detrás del mostrador. No han copiado el número anterior ni escrito nada que permita distinguir ese espejo de cualquier otro bronce viejo que acepten por la misma cantidad.
Lázaro recibe el papel nuevo. Saca de la faja el antiguo, con la marca de cancelación, y lo sostiene abierto mientras dobla el otro.
Por encima del tablero ve pasar la envoltura hacia el fondo.
La mampara se cierra. Mete la papeleta nueva sobre la vieja y baja la mano para que no se levanten juntas al retirar los dedos.