El reflejo de Oriente. El espejo Makyo 14 · Transparente #2
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14 · Transparente #2

El segundo patio está detrás de una casa que el submagistrado ocupa durante su estancia en Cantón.

Han llegado a pie por calles donde quedan restos de las celebraciones, papeles rojos pisados en los lugares de paso y otros casi intactos al abrigo de un escalón.

El calor aumenta mientras caminan, aunque en las entradas todavía se siente la humedad fría de las habitaciones.

Lázaro lleva el espejo; un hombre de Huang carga con el reloj y pregunta dos veces si falta mucho.

Cuando les abren, el ruido de la calle permanece a sus espaldas durante unos pasos y después se adelgaza, hasta que se oye con más claridad el agua que alguien vierte en el interior de la casa.

No es un jardín. Hay un espacio descubierto, dos corredores y un muro en el que la cal nueva ha dejado más blanco un rectángulo irregular, sin alcanzar la zona baja, oscurecida por las lluvias.

Cerca crece un árbol de copa rala; la sombra de las ramas avanza sobre la pared con interrupciones, y en el suelo una raíz ha levantado una junta por la que asoma una hierba aplastada.

Lázaro encuentra hermoso ese pequeño desorden.

Lleva toda la mañana evitando objetos bien colocados y ahora descansa la vista en algo que no habrá que devolver a su posición cuando se marchen.

El submagistrado los recibe en el corredor.

Tiene delante un cuenco que aparta para hacer sitio a unos papeles.

Habla con Huang; un intérprete recoge después la conversación en portugués, y Lázaro responde cuidando que la impaciencia no lo haga prometer más viajes de los que puede cumplir.

El hombre quiere saber de dónde salen, con qué frecuencia vuelve y quién puede decir que trabaja para él.

Lázaro enumera encargos. Cuando nombra la factoría, aclara que lo llaman para tareas concretas.

El funcionario oye la aclaración sin felicitarlo por ella.

Pide que pongan por escrito los nombres de quienes pueden responder a esas preguntas.

No le está concediendo un puesto ni asegurándole protección fuera de aquel trámite.

Lázaro comprende, al ver cómo el intérprete vuelve sobre una palabra, que la conversación aún puede terminar sin nada.

Entonces preguntan por el espejo.

Lo desenvuelve sobre una mesa baja. El oro de Nagore conserva zonas de un brillo más vivo junto a otras que los dedos han apagado. El submagistrado mira la cara, después el reverso cubierto por el nácar, y hace una pregunta que Lázaro necesita oír traducida.

—¿Dónde está el dibujo?

Lázaro señala la pared. El hombre alza las cejas, mira a Huang y se levanta.

Es mediodía. Lázaro busca una posición donde el sol llegue a la cara del espejo y su cuerpo no interrumpa el trayecto hacia la parte sombreada del muro, a unos dos pasos.

La primera mancha cae demasiado alta, sobre una rama.

Inclina el mango. La luz baja, se abre, pierde el centro.

Se le humedece la mano y tiene que secarse los dedos en la ropa antes de volver a sujetarlo.

El intérprete se aparta creyendo que estorba.

Lázaro se lo agradece, aunque no era esa la dificultad.

Piensa en la tela con que ha quitado el residuo, en las marcas que dejó sin tocar; durante unos instantes teme haber recuperado una cosa que ya no sabe hacer lo que él ha venido a ofrecer.

Huang permanece quieto. Esa inmovilidad le permite corregir el ángulo sin que nadie llene la espera de consejos.

La raíz aparece primero, una línea que se divide y baja por la cal.

Lázaro contiene el movimiento. El tronco se junta sobre ella, el dragón enrosca el cuerpo a su alrededor y levanta la cabeza; junto al árbol se distingue entero el león, vuelto sobre sí, ceñido por el cuello.

La figura ocupa la parte limpia del muro.

Una irregularidad de la cal interrumpe una línea, pero más allá vuelve a encontrarse.

El submagistrado se acerca y ríe.

Dice algo señalando el dragón y luego el león. Lázaro mira al intérprete, que sonríe antes de repetirlo: el dragón somete al león; es un obsequio de buen augurio. El funcionario vuelve hacia ellos la cabeza, satisfecho de haber reconocido la cortesía.

Lázaro no responde. Conoce al león de una casa de Manila y del dibujo que Nicolás trató de hacerle en el polvo, con una pata borrada por el brazo y otra añadida para arreglarla. Aquí la línea está entera. El hombre que la observa no necesita que le hablen de aquella puerta.

Le duele la mano. Se cambia el espejo a la otra; la figura sale de la pared un momento y regresa más abajo. Nadie corrige las palabras que acaba de oír.

El submagistrado extiende la mano hacia el mango.

Lázaro se lo entrega para que lo examine, incapaz de encontrar una manera cortés de negar ese gesto, y de inmediato querría pedirlo de vuelta.

El hombre vuelve la cara del espejo hacia sí.

En el muro desaparece el árbol. Lo busca detrás, pasa la mirada por el nácar y pregunta otra vez si basta con alzarlo al sol.

Lázaro le indica el lugar. Se coloca a su lado, le muestra cómo inclinarlo sin tocarle el brazo.

El dragón vuelve a aparecer, algo torcido.

Al funcionario le divierte que un movimiento tan pequeño pueda deshacerlo; lo desplaza, lo pierde y permite que Lázaro lo recupere.

Cuando termina, deja el espejo sobre la mesa que han acercado al corredor.

Lo deja junto a sus papeles.