El reflejo de Oriente. El espejo Makyo 14 · Transparente
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14 · Transparente

Lázaro espera a que el criado aparte una maceta para cruzar el patio sin rozarla con el bulto.

Le han indicado una puerta del fondo; hay una mesa delante y, sobre la mesa, objetos que no debe mover.

El criado mira a uno y otro lado, como si buscara a quien ha dado dos órdenes imposibles de cumplir juntas.

Al fin tira de un extremo del tablero. Lázaro pasa de costado, cuidando el espejo contra el pecho.

En la factoría española preparan la visita de las hijas del virrey Fu Kang’an.

Un hombre subido a una banqueta limpia el polvo que se ha acumulado en lo alto de una caja de música; otro aguarda debajo, con las manos abiertas, sin decidir si le preocupa más la caja o la banqueta.

A Lázaro lo han llamado para ayudar con los objetos que prestan los comerciantes y atender los recados que vayan saliendo.

Cobra por el día. Si la visita se alarga, tendrá que llegar más tarde a su otra cita.

La mañana entra despacio entre los edificios.

En la parte del patio que aún no alcanza el sol, las losas conservan un brillo húmedo y el agua se reúne en las juntas, donde un muchacho pasa un trapo empujándolo con el pie; más allá, bajo una abertura de cielo de un azul tan pálido que parece continuar la cal de los muros, una hoja seca se ha quedado vertical contra el borde de una maceta, sostenida por un hilo que Lázaro solo distingue cuando el muchacho deja de moverse y la hoja gira sin caer.

Llegan del río golpes de remos, una voz que llama y vuelve a llamar desde un lugar oculto por las casas.

Dentro están probando una melodía. Se interrumpe antes de acabar, comienza otra vez y esta vez dura lo suficiente para que el hombre de la banqueta baje tarareando la parte que falta.

Lázaro deja su bulto en el banco que Huang Qishun le señala.

El tendero ha traído un reloj de mesa, de caja azul oscuro, con un sol de ocho puntas encima de la esfera.

Cuando le da cuerda, suenan dos notas iguales y luego otras que descienden.

Un criado se acerca para oír mejor. Huang lo deja escuchar hasta que pregunta el precio.

—¿Para ti? —le dice.

El criado se toca el bolsillo vacío de la chaqueta y ambos se ríen. Lázaro sonríe después, cuando Huang le traduce la pregunta.

Le gusta reconocer al tendero fuera de su tienda: el mismo cuidado de la uña al sostener la llave, la misma manera de no precipitarse cuando alguien espera una respuesta.

Esta mañana ha dependido de ese hombre para recuperar el espejo y todavía le cuesta mirarlo sin sentir que debería ofrecerle algo más que las palabras ya dichas.

Han ido temprano a Virtud Compartida. Llevaba más de un año pagando con sus trabajos las cuotas del préstamo, y aún quedaba plazo cuando Huang ha puesto sobre el mostrador doce taeles de principal y treinta y seis centésimas de la última mensualidad.

La casa cobra entero el mes empezado, según lo que han convenido para el rescate; hasta que reciben la plata, el interés sigue corriendo.

Después cancelan el asiento y marcan la papeleta.

El número 1237 queda en el papel que le permiten conservar, pero el espejo sale con ellos.

El adelanto de Huang dura ocho días. Entonces volverán a empeñar por doce y devolverán al tendero esa cantidad; las treinta y seis centésimas restantes las pondrá Lázaro con lo que cobre de sus recados.

No hay recargo por esos días. Lo han hablado antes de entrar, junto a una puerta cerrada donde un perro seguía dormido mientras ellos cambiaban una deuda de manos.

Al desenvolver el espejo en la trastienda de Huang, Lázaro encuentra la veladura que recuerda.

Le da miedo descubrir debajo algo que no pueda quitar.

Moja apenas una punta de tela limpia, la escurre y levanta con ella el residuo suelto, cambiando de lugar el paño para no arrastrarlo; trabaja poco a poco, sin apretar, y seca enseguida lo que ha humedecido.

Evita el cerco y la unión del nácar. La cara recupera claridad, aunque conserva señales que el agua no retira.

No intenta borrarlas. Huang aguarda a que acabe antes de darle la envoltura.

Ahora el espejo vuelve a estar junto a su rodilla, en un banco de la factoría. Puede tocarlo sin pedir que abran un armario. Esa libertad, tan pequeña y tan precisa, le ocupa más pensamiento que cuanto está ocurriendo en las habitaciones.

Va a llevárselo esa misma mañana a un submagistrado de Xiangshan que pasa unos días en Cantón.

El funcionario ha escuchado, por mediación de Huang, las dificultades de sus viajes entre Cantón y Macao; puede hacer llegar una recomendación a quien tramita el permiso de tránsito que Lázaro necesita para sus recados.

No promete el resultado. Tampoco su recomendación sustituye a los garantes de un barco o a los papeles de una carga.

Lázaro le ha hablado de una cosa que hace aparecer dibujos donde no los hay.

No necesitaba hacerlo. Quiso añadir algo cuando la conversación parecía terminada, retener un momento más la atención del hombre que había oído sus dificultades sin tener que compartirlas.

El submagistrado pidió verla. Huang le ha conseguido la cita.

—Podrías haberle hablado de lo bien que remas —dice ahora el tendero.

—Ya tiene quien reme.

Huang mira el bulto y no contesta.

Se oye movimiento en la entrada. Lázaro se levanta con los demás, recoge una caja que estorba y la lleva adonde le indican.

Desde allí ve entrar a las hijas del virrey con su acompañamiento; tiene que apartarse antes de distinguir las caras, porque dos hombres transportan un objeto que hasta entonces permanecía cubierto.

El patio cambia sin que nadie levante la voz.

Quienes hace un momento cruzaban por el centro se quedan junto a los muros; una puerta que llevaba toda la mañana abierta se cierra y otra deja ver una habitación iluminada.

Agote recibe a las visitantes. Lázaro reconoce algunas palabras, pierde otras y procura adelantarse al gesto del hombre que ordena acercar una silla.

Una de las mujeres señala el asiento y luego el objeto que van a mostrarles: quiere otra posición para verlo.

El criado mueve la silla; ella le indica todavía un poco más.

Cuando por fin se sienta, la madera ha dejado dos líneas claras sobre el pavimento húmedo.

Traen un autómata. Lázaro solo ve por encima de un hombro el comienzo del movimiento, una figura que se inclina y vuelve a incorporarse mientras algo gira debajo; el mecanismo produce un ruido pequeño, insistente, que la música tapa a intervalos.

Una de las visitantes se inclina para seguir el gesto hasta el final y dice algo que hace sonreír a quienes la entienden.

Piden que lo pongan otra vez. El hombre de la llave parece aliviado de que lo único que le soliciten sea repetir lo que ya ha salido bien.

Lázaro siente un placer que no esperaba.

Le gusta ver cómo la sala entera aguarda el regreso de una mano diminuta a su sitio, cómo el encargado olvida por un instante la dignidad de su trabajo para acompañar con los labios la música.

Piensa en el brazo de aquel hombre haciendo lo necesario para que nadie tenga que pensar en él.

Cuando le piden agua, se mueve demasiado pronto y tropieza con el borde de la alfombra; logra sostener la jarra y oye una risa breve que lo incluye, sin herirlo, en el entretenimiento de la mañana.

Vuelve al patio con la jarra vacía. El sol ha alcanzado las losas que estaban mojadas, y las líneas dejadas por la silla se distinguen cada vez menos; bajo el alero, en cambio, permanece una franja fresca donde la humedad oscurece la piedra hasta darle una profundidad que le recuerda los fondos visibles junto al casco de un bote.

Se detiene allí. Tiene calor en la cara, frío en los pies y una alegría leve que no quisiera someter todavía a ninguna cuenta.

Durante meses ha entrado en estas casas preguntándose qué podrían pedirle, qué palabra ignorada lo haría parecer menos útil de lo que era, y esta mañana ha podido interesarse por algo sin calcular de inmediato la respuesta que esperan.

La risa no ha sido una orden. Le basta recordar ese instante para que le resulte más fácil volver a entrar, aunque junto a la puerta ya haya un hombre buscándolo con la mirada.

Antes de acudir, deja que la corriente que llega del río le enfríe el cuello.

En la abertura entre los edificios ve pasar, despacio, una punta de vela; sigue su movimiento hasta que la tela desaparece y solo queda el cielo.

Huang le ayuda a recoger una gota del borde con el paño que lleva al hombro. Después le pregunta qué va a hacer si el submagistrado quiere quedarse el espejo.

Lázaro mira hacia el banco.

—Enseñárselo no es dárselo.

—Eso lo sabes tú.

Aún pueden escoger otra cosa. El reloj azul está allí, entre los objetos que Huang espera vender.

El tendero admite cederlo a cambio de una parte de lo que Lázaro obtenga para sí cuando termine el negocio de los cuatro cofres.

Hablan apartados, cerca de la puerta por la que entraron; desde el banco llega la música de otro mecanismo y Lázaro debe pedir que le repita la condición.

—Si no gano, no tengo con qué pagar otro reloj.

—No habrá otro precio después.

Huang señala la caja azul. La entregará por esa parte eventual, no por una nueva suma que vaya a reclamarle.

Es un trato distinto de los treinta y seis taeles que siguen debiéndose en julio.

Lázaro acepta, pero no sabe si agradecerle más la propuesta o lamentar que la haya hecho necesaria.

Le pide que lleven el reloj con ellos, por si acaso.

Huang llama al criado que había preguntado el precio y le encarga una tela para envolverlo.