El reflejo de Oriente. El espejo Makyo 13 · Prenda #3
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13 · Prenda #3

Traen dos papeles distintos. Uno lleva arriba 借據.

Huang explica que es el reconocimiento del préstamo: figura él como quien recibe la plata, la suma, el interés, la prenda y su obligación de responder.

El escribiente prepara los ejemplares, los junta para poner una señal que pueda reconocerse entre ambos y hace sitio para el nombre del intermediario.

Lázaro observa el movimiento del pincel.

No podría comprobar por sí solo si lo que acaba de oír es lo que permanece en el papel.

El otro es una tira con el nombre de la casa, 同德押, que Huang le traduce como Virtud Compartida. Bajo el número 1237 queda la fecha:

乾隆五十三年十二月初八日

舊銅鏡一面,破爛

Octavo día del duodécimo mes del año cincuenta y tres de Qianlong.

Un espejo de bronce viejo, deteriorado. Huang lee también la suma y el plazo; la escritura de la descripción se aprieta hasta hacer de varios trazos algo que Lázaro tomaría por uno solo.

El sello rojo alcanza un espacio donde todavía se ve blanco el papel.

El talón queda con los asientos de la casa.

—No está roto —dice.

Huang se lo repite al empleado. El hombre levanta el espejo para mostrar un roce del borde, pero no borra nada. No han escrito el león, las letras, el oro de Nagore ni la figura que acaba de aparecer en el patio.

Huang firma: 黃啟順. Lázaro se acerca un poco más, esperando un lugar que el pincel no deja libre para él.

El segundo tío prepara la prenda para guardarla.

Moja apenas un poco de ceniza fría, trabaja la guarnición con un paño y, al pasar a la cara, extiende sobre el metal una veladura gris; luego retira con tela lo que queda suelto.

El brillo se hace más opaco. Lázaro reconoce el olor tenue de la ceniza humedecida y piensa en la plata negra que limpió después de sacarla de la tierra, mucho antes del oro.

Esta vez el paño ha pasado por donde él evitó tocar.

El empleado comprueba que no quede humedad junto al cerco, envuelve el espejo y lo lleva hacia el fondo. Nadie vuelve al patio.

La plata del préstamo sale a la mesa. Huang comprueba la cantidad y guarda lo que irá, con su adelanto, a completar la cuota. Lázaro recibe la papeleta. No tiene que levantar los brazos para alcanzarla.

Febrero de 1789

Al cumplirse el primer mes, el dinero que esperaba sigue dentro de cuentas que otros no han cerrado.

Ha cobrado recados y los ha gastado en comer, en el cuarto, en pequeños pagos que, cuando los hizo, parecían incapaces de vaciar una bolsa.

Huang le recuerda la fecha con dos días de anticipación.

Lázaro le dice que lo sabe y pasa la noche calculando a quién puede cobrar antes de que abra la casa de empeño.

Regresa con el peso columnario.

Huang lo acompaña. El segundo tío busca el asiento, despliega la papeleta y dice la cantidad del interés.

Lázaro la oye traducida: treinta y seis centésimas de tael.

Mira la superficie del mostrador; antes de meter los dedos en la faja, pasa por encima el canto de la mano. El empleado sigue el gesto.

Huang le traduce la nueva pretensión: medio punto más en las cuotas siguientes.

Antes de que Lázaro responda, interrumpe al empleado, acerca la papeleta y señala lo escrito.

Hablan deprisa. Lázaro no entiende las frases, pero oye repetirse la cantidad y ve que el tendero no le devuelve el papel hasta que el otro aparta el pincel.

—Tres —le dice al fin—. Lo que acordamos.

Lázaro saca la moneda. Durante un instante quedan escondidas entre sus dedos las columnas que ha protegido tantas veces.

Piensa que aún podría pedir otro adelanto a Huang; la vergüenza de pedir no basta para detenerlo, pero sí la certeza de que el tendero está viendo lo que tiene y espera a que lo use. Extiende la mano.

El segundo tío recibe el peso, lo mira por ambas caras y lo hace sonar contra la piedra.

El golpe levanta el sonido del yunque de Tondo. Nicolás sostiene una moneda semejante junto a la palangana; el mango del martillo ocupa las dos manos del niño y sigue pesando demasiado. Lázaro oye el final del sonido sin retirar los dedos. No es la mano de su padre la que recoge ahora la plata.

El empleado la pesa y hace una cuenta. Descuenta por el desgaste y por recibirla para el cambio; lo aceptado todavía supera el interés.

Huang comprueba ambas cantidades, y de un recipiente salen sapecas que el hombre va acercando hasta completar la diferencia.

Lázaro las recoge. El peso columnario ha quedado al otro lado, junto a piezas que no sabría distinguir de lejos.

Anotan la mensualidad pagada. Al recibir la papeleta, Lázaro la dobla en cuatro, buscando que el sello quede dentro; en uno de los pliegues, el papel ofrece una resistencia breve y después cede.

Mete el cambio en el lugar de las monedas menudas.

La tira va más adentro, donde estaba el peso, y al retirar la mano encuentra una esquina que se ha quedado levantada contra la tela.

Vuelve a introducir un dedo y la aplana.