El reflejo de Oriente. El espejo Makyo 13 · Prenda #2
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13 · Prenda #2

Huang vuelve a mirar la hoja. Pregunta quién ha puesto el precio de venta esperado, cuánto debe aportarse antes de la remesa y qué ocurre si esta se retrasa. Son preguntas parecidas a las que Lázaro ha hecho, pero el tendero las formula sin necesitar que ninguna respuesta lo tranquilice.

—Es poco lo que falta —dice Lázaro.

—A ti.

Detrás del mostrador hay una puerta entornada.

Un niño asoma la cabeza, pregunta algo y recibe una respuesta que lo hace marcharse protestando.

Huang escucha los pasos hasta que se alejan, deja el cuenco y empieza otra vez por el principio de la lista.

Lázaro siente vergüenza de haber querido resolver el trato antes de que el otro acabara de comer.

No es la primera vez que le trae una prisa que solo a él le pertenece.

Huang puede adelantar treinta y seis taeles.

Los recuperará, junto con la parte del resultado que convengan por su intervención, al liquidar la operación; si la liquidación se demora, hay una fecha final que quiere escrita: julio de 1790.

Lázaro repite el mes. La distancia lo alivia y lo inquieta: nunca ha tenido que imaginar durante tanto tiempo una cantidad que aún no está en sus manos.

Faltan doce. Huang no quiere adelantarlos también.

Lázaro pone el espejo envuelto sobre el mostrador.

El tendero abre la tela, deja ver el borde y no intenta encontrarse la cara.

Lo levanta un poco, lo vuelve a apoyar y pregunta si es oro por dentro.

Lázaro niega. Le explica la plata, el trabajo de Nagore, lo que hay debajo; procura que su explicación no suene a una reducción del precio que todavía nadie ha dicho.

—¿Cuánto dan?

Huang recoge la tela por las esquinas.

—No lo decido yo.

Conoce una casa que acepta prendas. Podría acompañarlo, pedir los doce y responder por lo que la prenda no cubra.

Al decirlo, vuelve a alinear las piezas de plata que había dejado ordenadas antes de comer.

Lázaro mira esa repetición. Querría oír una condición más, algo desagradable y claro, para dejar de pensar que aún no le han dicho lo que costará.

—El trato conmigo es uno —añade Huang—. La casa querrá cobrar cada mes.

Lázaro pregunta si podrá pagar cuando llegue la remesa. El tendero levanta la vista de las monedas.

—Cada mes.

Entonces habla de papeles. La casa conoce su tienda, su domicilio, a quienes negocian con él.

Tomará el préstamo a su nombre; él tendrá que responder si Lázaro no lleva el interés, y la prenda quedará allí hasta que se pague lo convenido.

Lázaro comprende que no le ofrece su nombre por cortesía: de otro modo, tendría que reclamarle el dinero a un hombre capaz de embarcar antes de que abran las tiendas.

Lázaro oye la desconfianza sin discutirla. Le gustaría mostrar que no piensa huir, pero el espejo está sobre el tablero y cualquier promesa que haga tendría que explicar también de dónde lo trajo. Se limita a preguntar si podrá recuperarlo él mismo.

—Conmigo —dice Huang.

De la calle llega un golpe, luego dos voces. El niño regresa corriendo por la trastienda, toca la manga del tendero y señala hacia fuera. Huang aparta el brazo con suavidad y señala hacia la entrada. También él ha estado mirando la calle.

Lázaro envuelve el espejo. Antes de levantarse, pide que le repitan por separado lo que deberá al tendero y lo que habrá de llevar a la otra casa. Esta vez no llama poco a ninguna de las dos cantidades.

Cantón · Enero de 1789

La casa de empeño tiene una mampara detrás de la puerta.

Al entrar, Lázaro debe seguir a Huang por un lado estrecho y pierde la calle antes de ver el mostrador; durante dos pasos solo distingue madera, una sombra que cambia con su propio cuerpo y la parte baja de una caja apoyada contra la pared.

Después se abre un espacio donde hay sitio para esperar, pero no para mirar por encima del tablero.

En lo alto, un murciélago tallado sostiene una moneda.

Han pasado días desde la conversación en la tienda. Lázaro ha vuelto a hacer las cuentas, ha preguntado por la remesa y ha demorado esta visita hasta que el sobrecargo le ha enviado un recado. Mientras esperaba, deseaba que el negocio se deshiciese por una razón ajena a él. Sigue en pie.

El hombre del mostrador se inclina hacia Huang.

Huang lo llama segundo tío. Hablan unos instantes; Lázaro reconoce su nombre entre palabras que no entiende y, cuando el empleado extiende la mano, eleva el espejo envuelto hasta una altura que le obliga a despegar los codos del cuerpo. El bulto desaparece detrás del tablero.

Quiere decir que lo vuelvan a poner donde pueda verlo. No lo dice.

Se oye la tela deslizarse, un roce de metal y el golpe breve de una pesa.

El segundo tío levanta el espejo, lo sostiene por el mango y lo hace oscilar un poco antes de devolverlo a la balanza.

Examina la plata dorada con una lupa, acercándose a las señales que han quedado bajo la hoja de oro; en un lugar asoman letras separadas, GOSA, más allá LEZ.

Lázaro las había visto sin necesidad de saber lo que demostraban.

El hombre mira después el nácar. No introduce ninguna herramienta en el borde antiguo.

Huang le hace una pregunta. El tasador frota una pequeña parte de la guarnición contra la piedra de toque, vuelve al punto rozado y busca allí la diferencia entre el oro de encima y la plata que sigue debajo.

No toca con la piedra la cara del espejo.

A Lázaro le molesta ese cuidado preciso: no puede acusarlo de estropear lo que, aun así, desea quitarle de las manos.

La oferta por la prenda sola queda muy por debajo de lo que necesita. Mira a Huang. El tendero no se ha movido de su sitio.

—Es más que el metal —dice Lázaro.

El segundo tío aguarda la traducción y alza ligeramente el mango, esperando que le muestren esa parte que no ha encontrado.

Lázaro pregunta si hay sol en el patio.

El empleado abre una puerta. Más allá, la luz cae sobre una franja de suelo entre dos construcciones desiguales; junto a una pared hay una tinaja y varias tablas levantadas para que no cojan la humedad del pavimento.

Al mediodía el aire sigue frío en el corredor, pero en la zona descubierta se siente calor sobre el dorso de las manos.

Lázaro recibe el espejo, avanza hasta el sol y busca una pared lateral que conserve la sombra.

Tiene que inclinarlo dos veces antes de recoger la claridad en un lugar donde no la interrumpa la tinaja.

Aparece el árbol. Luego puede seguir el cuerpo del dragón, la vuelta alrededor del tronco y, más abajo, el león. El segundo tío se aproxima al muro, se retira y dice algo que Huang traduce para Lázaro: luz que pasa. Es el nombre de esos espejos.

El empleado vuelve a examinar la cara. La sostiene ante sus ojos, gira el objeto para mirar por detrás y se lo entrega de nuevo. Lázaro recupera la figura. Espera a que los dos hombres terminen de verla.

—Ahora sabe que funciona —dice Huang—. Sigue ofreciendo lo mismo.

El dragón tiembla porque a Lázaro empieza a cansársele la mano.

Le gustaría alzar la voz, exigir que expliquen cómo puede permanecer igual una cantidad después de haber visto algo que no estaba delante de ellos al calcularla; pero el segundo tío ya se dirige al corredor y él siente, por debajo del enfado, una vergüenza más antigua.

Había querido cobrarles también el momento en que dejasen de considerarlo un hombre que había traído una cosa vieja.

Vuelve a envolver el espejo. El tendero lo detiene antes de que cubra el mango.

—Doce, si respondo yo.

Habla después con el empleado, que consulta a alguien en la habitación del fondo.

Lázaro oye abrirse un cajón. Puede marcharse todavía: tiene la tela entre los dedos, el bronce apoyado en la otra mano, el peso entero de lo que no ha entregado.

Si vuelve a su cuarto, al día siguiente tendrá que buscar otros recados.

Piensa en el asiento que el inglés le ha dejado junto a la mesa y advierte, con rabia hacia sí mismo, cuánto le importa haber podido ocuparlo.

Afloja la tela.

Huang repite las condiciones antes de que empiecen a escribir.

Doce taeles de principal, tres por ciento cada mes, dieciocho meses de plazo.

La cuenta de la casa sigue sus meses de calendario; en cada visita habrá que comprobar lo pagado y lo que aún falta.

El tendero responderá por el préstamo. Lázaro debe llevar el interés, aunque no haya llegado la mercancía, aunque no haya cobrado su parte.

—Un mes. Vuelvo el primero.

—Cuando venza —corrige Huang, y señala la fecha que está poniendo el escribiente—. Este día del mes siguiente.