13 · Prenda
En la mesa del sobrecargo hay una fecha que llega antes que el barco. Lázaro pregunta si han contado los días de travesía. El hombre señala otra columna: sabe cuándo se espera la remesa; lo que le está mostrando es cuándo necesitan el dinero.
Por la ventana de la habitación entra una claridad que se detiene en los objetos más cercanos.
El resto de la mesa queda en sombra, con una jarra de agua, un vaso donde se ha posado algo que aún mueve las patas y papeles sujetos por un trozo de hierro.
Desde allí se ve una parte de Macao: tejados que descienden hacia el puerto, paños puestos a secar sobre una barandilla, el extremo de una calle que desaparece detrás de un muro y reaparece más abajo, ya ocupada por hombres que se detienen para dar paso a una carga más ancha.
Lázaro reconoce el ruido de una carga que arrastran.
Hasta hace poco habría bajado a preguntar si necesitaban otro brazo.
Ha aprendido a ganarse el día sin esperar a que una sola casa se lo dé entero.
Por la mañana lleva una respuesta; a mediodía acompaña a un hombre que no entiende el portugués de su comprador; por la tarde encuentra la cuerda que otro necesita y cobra menos de lo que había imaginado, porque han contado como favor la parte del trabajo que hizo antes de hablar del precio.
Cuando sube a una habitación como esta, se quita la gorra.
No siempre consigue que le indiquen dónde sentarse.
Al sobrecargo se lo han presentado como hombre de la antigua casa de Cox y Reid.
Ha visto a Lázaro deshacer una discusión que él mismo había empeorado repitiendo las palabras más alto, y desde entonces lo llama cuando quiere tratar con ciertos hombres de Manila.
No le pregunta por su padre ni por la clase de casa en que nació.
Le basta con que los otros entiendan que habla castellano y lo escuchen hasta el final.
Al principio Lázaro encuentra descanso en esa falta de preguntas; después empieza a desear que alguna le permita contar algo que no sea un precio.
Aquel otoño de 1788 sus recorridos unen los almacenes y los muelles de Macao con las calles de comercio de Cantón.
Hay días en que pasa más tiempo buscando a quien debe responder una carta que el que habría necesitado para llevar la carta de una ciudad a la otra, si las aguas le hubiesen dejado; aprende a sentarse donde no lo expulsen, a conservar la comida para más tarde y a no mostrar hambre ante un hombre que todavía no ha convenido su paga.
La chaqueta se le oscurece en el lugar donde la gorra roza el costado.
En el cuarto que ocupa sobre una tienda, los pasos de abajo llegan a través del suelo antes que las voces, y alguna noche se despierta preparado para una maniobra que ya no le corresponde.
Rajan sigue teniendo cargas que contar, hombres que pagar y un barco al que no le faltan motivos para retrasar una salida.
La paga de aquel viaje quedó saldada. Lázaro acepta nuevos encargos del capitán y busca otros por su cuenta; guarda lo que cobra sin extender primero la mano para que Rajan compruebe la cantidad.
Le cuesta más de lo que esperaba. Puede contar bien y, sin embargo, desear que alguien le confirme que ha contado.
El sobrecargo aparta ahora una lista y le deja sitio junto a la mesa.
—Aquí hay más que recados.
Lázaro se sienta. La silla está tan próxima a la pared que debe escoger de qué lado pone las rodillas. Mira otra vez la fecha.
El inglés quiere un hombre que pueda recibir una entrega, discutirla y presentarse ante sus contactos de Manila sin que él tenga que explicar cada vez por qué hace el trato fuera de los negocios de la casa.
Lázaro pondrá su nombre en recados y recibos particulares, llevará instrucciones, acompañará al que vaya a reconocer la mercancía.
No le ofrecen una plaza. Si pregunta por algo que no corresponda a su encargo, seguirán diciéndole que espere al otro lado de la puerta.
Pero esta vez puede tener una parte.
El sobrecargo le muestra una hoja de cuentas y después una caja abierta sobre unos caballetes.
La mercancía viene de Patna. Dentro, las bolas de opio ocupan alojamientos separados; sus envolturas de hojas secas, apretadas hasta formar una corteza, tienen en los bordes pliegues que podrían deshacerse si alguien tira para ver lo que hay debajo.
Cuenta cuarenta. El hombre levanta una con las dos manos y la vuelve a dejar con más cuidado del que ha empleado para mover el vaso.
Lázaro reconoce ese cambio de atención: sabe por el modo de sujetarla que aún no le pertenece ninguna parte.
El olor llega despacio, encerrado hasta entonces entre las divisiones de la caja.
Cerca de la ventana, donde hay aire, parece perder fuerza; cuando Lázaro vuelve a inclinarse, lo encuentra otra vez en la madera y en las hojas.
Piensa en los productos del bosque que ha transportado desde Kedah, en las resinas cuyo peso aprendió antes que su nombre.
Ha visto vender opio. Sabe que unos lo buscan para aliviarse y otros vuelven a buscarlo cuando ya no parecen tener otra ocupación.
El hombre de la mesa no le habla de ninguno: señala cantidades que saldrán de aquí y dinero que debería llegar de allá.
La operación comprende cuatro cofres. La cuota que le proponen cuesta cuarenta y ocho taeles; con ella entra en una fracción del trato, no compra las cajas. Las ganancias que el inglés calcula dependen de un precio que nadie ha pagado todavía.
—¿Y si pagan menos?
El sobrecargo acerca la hoja. Vuelve a hacer la cuenta con otra cantidad, lo bastante despacio para que Lázaro pueda seguirlo. El resultado sigue siendo bueno. Le molesta sentir alivio tan pronto: el otro ha escogido también la segunda cifra.
—¿Quién recibe?
Le dan un nombre que conoce de los recados y otro que no ha oído.
Pregunta de nuevo por el primero. El inglés se impacienta y luego cambia de tono; necesita su dinero, poco en relación con el conjunto, y necesita que haga de buena gana trabajos por los que hasta entonces le habría pagado sin enseñarle el beneficio.
Lázaro lo comprende. También comprende que puede levantarse.
Se queda sentado.
Cuando regresa a su cuarto, encuentra una gotera antigua marcada en el techo por cercos que se tocan sin coincidir.
Lleva meses mirándolos y esa noche descubre otro, más débil, que solo aparece al acostarse del lado de la pared.
Una escama de cal, desprendida por un lado, se levanta con cada corriente que entra por la ventana y vuelve a pegarse al techo sin acabar de caer.
De la calle suben voces que ya no le piden nada, el roce de una escoba y una discusión interrumpida para dejar pasar a alguien; después oye el agua vertida de una sola vez, con el golpe lleno que hace al alcanzar un recipiente vacío.
Le gusta estar a salvo de todos esos encargos.
Descalzo, con la chaqueta colgada de un clavo, podría pasar la noche sin que nadie supiera en qué ocupa el tiempo.
Sin embargo, recuerda el lugar que le han dejado junto a la mesa, la lista vuelta hacia él, la impaciencia con que aguardaban su respuesta; acostado aquí, donde puede hacer cuanto quiere y apenas tiene qué hacer, empieza a echar de menos esa espera.
Rajan habría escuchado sus preguntas, habría descubierto una dificultad que él no supo encontrar.
Tiene ganas de ir a verlo y contarle lo ocurrido.
Teme que lo disuada; le da más miedo que lo deje decidir sin decirle qué haría en su lugar.
Hace sus cuentas con las monedas sobre la estera.
Hay dinero para el alojamiento, para comida y para deudas pequeñas que podría dejar de pagar unos días; incluso reuniéndolo todo, tendría que comenzar el negocio debiendo lo que necesita para seguir vivo hasta que acabe.
Debajo de la ropa guarda el espejo. Lo toca por encima de la envoltura y retira la mano para recoger una moneda menuda que ha rodado hacia la rendija.
Al terminar 1788, Lázaro lleva la propuesta a la tienda de Huang Qishun, en China Street.
En la calle, los hombres con cargas avanzan siguiendo huecos que se cierran en cuanto han pasado; las cestas obligan a inclinar el cuerpo, un aguador deja una franja oscura y quienes salen de una puerta tienen que aguardar antes de poner el segundo pie.
Lázaro conoce un lugar bajo el alero donde puede esperar sin que le pidan apartarse.
Desde allí ve el mostrador. Dos puertas más allá está la escalera por la que sube al cuarto que alquila en la misma calle.
Huang ordena unas piezas de plata por el canto.
Los ingleses lo llaman Shunqua; él responde sin interrumpir la cuenta.
Tiene la uña del meñique derecho más larga que las otras y, cuando empuja una pieza, la aparta para no golpearla.
En el canto de la mano se le ha formado una dureza que Lázaro ha visto moverse sobre el ábaco muchas veces, aunque todavía no sepa distinguir, por la rapidez de los dedos, una cuenta favorable de una mala.
Hay parientes suyos en Binondo. Allí el apellido se dice Ong.
Cuando lo supieron, los dos comenzaron a nombrar calles y puestos, rectificándose con la alegría prudente de quienes encuentran una lengua común en la que tampoco conviene fiarse de todo.
El hokkien de Lázaro guarda palabras del mercado; no le sirve para entender las conversaciones cantonesas que entran desde la trastienda.
Con Huang vuelve al portugués cuando necesita que una cantidad no admita dos respuestas.
Esa mañana el tendero está comiendo algo de un cuenco pequeño. No lo retira al escuchar la propuesta. Acaba de masticar, pide ver la lista y se limpia los dedos antes de cogerla.
—Te pagan por llevarla —dice.
—También puedo entrar.