El reflejo de Oriente. El espejo Makyo 12 · La medición #3
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12 · La medición #3

No ha enseñado una partida ni le han pedido que pruebe una genealogía.

Ha puesto en la mesa un apellido que lleva años unido a la historia de lo suyo, y la pluma se mueve.

Le sube un calor por el cuello; esperaba miedo, y lo que siente primero es una alegría que lo avergüenza, como si lo hubieran dejado entrar por una puerta reservada para otros sin obligarlo a agacharse.

Sigue de pie. No se atreve a acomodarse la gorra entre las manos hasta que el factor acaba.

Le entregan un recado. La explicación es más larga que el trayecto que tendrá que hacer, y Lázaro escucha sin interrumpir, deseando que la cantidad, el nombre del proveedor y la hora prometida permanezcan en el mismo orden cuando salga.

Empiezan a fiarse de él. Todavía no hay una paga fija, pero su nombre está en un cuaderno de la casa; por primera vez la diferencia le parece algo que puede resolverse esperando.

Del cuaderno de Manuel de Agote. 4 de diciembre de 1787.

Se me ha presentado cierto sujeto que dice llamarse Lázaro de Silva, español de Manila.

Habla portugués y la lengua de los moros de la costa; en las voces que se usan aquí para el trato menudo tiene práctica, aunque él mismo distingue lo que entiende de lo que necesita preguntar.

Ha venido otras veces en compañía del agente de las telas y ofrece servir en los recados a los tenderos.

Le tomo para ese trato cuando haya ocasión.

No se le ha señalado plaza ni sueldo de la Compañía; los recados que se le encarguen se ajustarán por sí, con noticia de lo que se pidió y de la respuesta que trajere.

Para las cuentas del despacho se acudirá al conducto acostumbrado, sin confundir el oficio de un hombre con la licencia de otro.

Ojo: no fiarle dinero.

La relación de piezas queda en poder del agente, que ha de volver con la razón de las ventas.

Conviene que las mermas se reconozcan antes de separar las partidas, y que lo recibido a cuenta no se dé por ajuste de lo restante.

Se han puesto juntos los papeles de esta negociación; las noticias de los navíos van en otro lugar del cuaderno, para poder hallarlas sin deshacer las cuentas.

Macao y Cantón · 1788

Al acabarse la operación de las telas, Rajan liquida con él la parte de flete convenida.

Lázaro comprueba las cantidades y cobra.

Para los trabajos que sigan harán otro arreglo.

Bajan a Macao con el barco; allí paga alojamiento cerca del bazar y sigue acudiendo a bordo cuando el capitán lo necesita, pero algunos días consigue recados que ya no pasan por Rajan.

La diferencia se hace visible en el dinero que puede guardar después de comer.

El invierno tiene mañanas claras y otras en que la humedad entra en la habitación antes de que abran la puerta.

En la calle se mezclan lenguas que no suenan igual que río arriba; Lázaro vuelve a preguntar palabras que había dado por aprendidas y descubre que una misma cantidad puede discutirse con una cortesía nueva.

A ratos echa de menos el cansancio sencillo de una carga.

Al terminar un recado aún lleva en la cabeza lo que dijeron los dos hombres, la parte que no ha sabido trasladar y la sospecha de que alguno le pedirá cuentas de ella.

Se duerme repitiendo una respuesta, no por encontrar la mejor, sino por asegurarse de que al día siguiente recordará la que dio.

Rajan mantiene sus tratos y cuida el casco.

Lázaro lo ve con menos frecuencia sin dejar de saber dónde encontrarlo; esa distancia elegida le da un placer que le costaría confesar, porque podría parecer que se alegra de librarse de quien todavía busca cuando una cuenta se le enreda.

Al visitarlo lleva noticias útiles y procura no pedir ayuda antes de haberlas contado.

El capitán distingue el orden. Un día lo deja llegar al final de todas y pregunta a quién necesita ver.

Lázaro se ríe. Esta vez empieza por el nombre.

Con la nueva temporada vuelven a subir. Reconoce la pagoda antes de que alguien la señale, el sitio donde tuvieron que aguardar y una casa cuya pared, reparada durante su ausencia, lo hace dudar de la calle.

Retoma el alojamiento en China Street. Las factorías conservan sus entradas, pero ahora sabe ante cuál puede detenerse sin fingir que ha venido por otra cosa.

Cantón · 24 de agosto de 1788

La bandera española empieza a subir mientras Lázaro espera junto al frente del río.

Hay otras banderas, otras casas, hombres que siguen con su trabajo; el paño nuevo se recoge un momento contra el asta y después se abre, dejando ver los colores por encima de la gente.

Alguien a su lado se quita el sombrero. Él tiene la gorra en la mano desde antes.

Ha traído una respuesta para un encargo. La guarda doblada de manera que no se manche donde su chaqueta conserva el sudor; al mirar hacia la puerta, una voz llama al español y él se vuelve antes de comprobar a quién buscan. El hombre le hace una seña. Era a él.

En el padrón de Tondo estaba junto a su padre, indio.

Aquí le basta apartarse de la pared para responder por otro nombre.

Siente orgullo al ser reconocido y, debajo, un temor tan pequeño que puede seguir andando sin atenderlo: si la voz deja de llamarlo, tendrá que decidir por su cuenta quién entra por aquella puerta.

En la habitación de China Street, el espejo continúa envuelto dentro del fardo. Lázaro no ha necesitado sacarlo.