12 · La medición #2
Rajan permanece a bordo. Hay telas que deben bajar, cuentas que comparar y una costura que Sulaimān quiere examinar antes de permitir que se cargue de nuevo aquel lado; no necesita acompañar cada recado, pero quiere saber dónde estará Lázaro y quién podrá traerlo si hace falta.
Al principio Lázaro vuelve a dormir al barco.
Después, cuando las idas le consumen más horas que el trabajo, alquila sitio sobre una tienda de China Street y conviene los días en que regresará a Whampoa.
Paga por el sitio y por la comida. Le gusta que la puerta pueda cerrarse desde dentro, aunque deba compartir la habitación.
El trayecto río arriba le muestra una ciudad que no empieza en sus edificios.
Mucho antes de alcanzar los almacenes se juntan embarcaciones con techos, cocinas que dejan salir humo entre las telas y niños que saltan de una tabla a otra con una seguridad que lo obliga a retirar los pies para dejarlos pasar.
Hay pequeñas manchas de tierra trabajada entre brazos de agua; más allá, las casas se multiplican hasta que sus fondos impiden ver el terreno en que se apoyan.
Lázaro mira las puertas abiertas al río, los peldaños que terminan debajo de la superficie, las cestas suspendidas para que una mano pueda recibirlas sin que su dueño desembarque.
Puede reconocer los usos y seguir sin saber a quién dirigirse.
Al pasar cerca de una embarcación amarrada, ve un cuenco que alguien ha puesto a secar boca abajo sobre el tejadillo, y debajo, a través de la abertura, una mujer que corta una tela con unas tijeras pequeñas; cada vez que inclina la cabeza, el reflejo del río le recorre el cuello y sube hasta las varillas del techo, donde la luz se quiebra sin que ella interrumpa la línea que sigue con el corte.
Un muchacho mantiene tensos los extremos.
La tela se vence de un lado y ella le pide que la levante, con un tono que Lázaro entiende antes de entender una sola palabra.
Alguien remueve el agua entre las dos embarcaciones.
La abertura se aparta, queda oculta por una cesta y vuelve a mostrarse cuando ya no permite ver las manos.
Lázaro descubre que se ha inclinado hacia allí; el borde del bote le aprieta las costillas y tiene que enderezarse para dejar trabajar al remero.
Le gustaría haber permanecido hasta que acabaran de cortar, saber para quién era la tela, oír el nombre con que la mujer volvería a llamar al muchacho.
Envidia la tranquilidad de aquella corrección, la certeza de que ambos seguirán allí después de equivocarse.
El remero le indica que recoja un pie. Lo hace despacio, tratando de conservar en el cuerpo la quietud de lo que acaba de ver.
En las factorías, frente al agua, las fachadas ordenan una parte de aquel movimiento.
Algunas tienen galerías donde un hombre puede caminar sin abandonar la sombra; las ventanas de arriba dejan ver techos, un paño, la figura de alguien que desaparece antes de que él decida si lo estaban mirando.
Por abajo se suceden entradas, cargadores y dependientes que cruzan de una casa a otra llevando papeles contra el pecho.
Detrás de esa primera fila hay patios estrechos, muros que guardan el calor y pasajes donde dos hombres con carga deben decidir cuál retrocede.
El río, tan ancho al llegar, queda reducido desde allí a la claridad del fondo de una calle.
Lázaro aprende los recorridos con un gasto pequeño en cada error: una comida que se enfría mientras busca la puerta, una vuelta innecesaria, un pago que debe repetir porque ha entendido mal lo que incluía el primero.
Habla portugués con unos, con otros usa las pocas palabras inglesas aprendidas en los muelles; el habla común del comercio cantonés se le forma por trozos, y no intenta traducir de una vez lo que todavía tiene que comprobar señalando.
Cuando comprende una broma antes de que se la expliquen, se ríe demasiado pronto.
Le alegra durante toda la tarde haber sido uno más, aunque haya empezado por reírse de sí mismo.
En Hog Lane encuentra hombres a quienes ese aprendizaje no les parece necesario.
Beben, piden más, levantan la voz y aguardan a que el otro entienda.
Una tarde, un marinero rompe de un golpe el borde de una taza y el vendedor lo sujeta por la manga.
El compañero del primero cree que le están robando; se mete entre ambos, empuja una tabla y consigue que caigan dos recipientes que hasta entonces estaban fuera de la disputa.
Lázaro tiene sitio para apartarse. Se queda porque el vendedor ha usado una palabra que conoce y puede explicársela al hombre del barco. Al empezar, el marinero le pregunta de qué lado está. No esperaba tener que escoger un lado para decir cuánto se ha roto.
La gente se aproxima sin cerrar del todo el paso.
Hay manos que recogen mercancía antes de que la alcancen los pies y otras que buscan separar a quienes siguen agarrados; desde una puerta, una mujer levanta un cesto y se lo entrega a un niño, que lo recibe con una expresión más airada que asustada.
Lázaro ve el sitio por donde podría salir con el cesto en la cabeza y, durante un instante, le parece que va a hacerlo él.
Llega un comprador conocido por los marineros.
Habla con el tendero, manda al segundo hombre recoger la tabla y pone dinero en una mano que Lázaro no alcanza a ver entera.
Después paga las piezas rotas y hace callar al que todavía quiere discutir su precio.
Alguien ha pronunciado Namhoi, el nombre con que anuncian al magistrado o a sus hombres; el comprador mira hacia la salida de la calle y todos encuentran de pronto una razón para moverse.
Lázaro ayuda a recoger. Le agradecen una cosa que no ha llegado a resolver.
Al irse comprende que el pago ha comprado también la posibilidad de contar lo ocurrido de otra manera, y le produce alivio saber que no habrá que explicarlo ante nadie.
Ese alivio le dura hasta que encuentra al niño sentado junto al cesto, esperando que le digan dónde puede dejarlo.
Durante la temporada llegan noticias de una rebelión en Formosa.
Unos hablan de los caminos cerrados; otros, de hombres enviados a combatir y de arroz que se ha vuelto más caro.
Lázaro oye el nombre de Lin Shuangwen de formas tan distintas que tarda en saber que hablan del mismo hombre.
No pregunta por una sociedad secreta. Quiere averiguar qué cargas van a retrasarse y si el barco que esperan ha conseguido entrar.
En noviembre llega la Santa Florentina .
Trae a Manuel de Agote, de la Real Compañía de Filipinas, y arroz.
Lázaro ve bajar sacos, hombres que cuentan y otros que no pueden esperar a que acabe la cuenta para empezar a trasladarlos.
La noticia de una casa española le llega por el agente de la consignación; aún no significa que haya un trabajo para él.
Se ofrece a acompañarlo cuando tenga que llevar papeles.
El hombre acepta, y Lázaro pasa dos mañanas cuidando que no se note cuánto espera la tercera.
Del cuaderno de Manuel de Agote. 29 de noviembre de 1787.
Por la relación que se ha traído de Whampoa, se concluyó la medida de un navío inglés entrado estos días.
Continúan los Hoppomen a sus costados. Se ha pagado lo acostumbrado y queda por ajustar una diferencia con el mercader que responde del despacho.
La cuenta distingue la medida de los demás derechos; después añade pequeñas partidas que no venían en la primera relación, y es preciso preguntar a quién se entregó cada una antes de asentarlas.
Ojo: apuntar por separado lo que se da de mano en mano, pues lo que los unos llaman regalo los otros lo ponen como gasto, y no por cambiarle el nombre deja de salir de la bolsa.
Han venido con los papeles de las telas un agente de Manila y un hombre que lo acompaña.
Este entiende el portugués de los que traen los recados y se vuelve hacia ellos antes de que se acabe de hacer la pregunta.
Ha permanecido de pie, aunque la conversación duró más de lo previsto.
Dice conocer el modo de tratar con hombres de la costa de Coromandel.
Noticias recibidas de los ingleses: se sigue hablando de la guerra de Formosa. No concuerdan las relaciones en el número de gente ni en lo que habrá de durar. Se guardan las noticias con su fecha y procedencia, para no tomar por nueva una que ya vino por otro conducto.
El cuatro de diciembre, Lázaro entra con la gorra en la mano.
Agote tiene un cuaderno abierto y una relación de mercancías al lado.
Cerca de su codo hay espacio suficiente para apoyar ambas manos; Lázaro mira ese espacio más que la letra, porque le recuerda cuánto tiempo lleva haciendo cuentas en lugares que después debe dejar libres.
El factor le pregunta qué sabe hablar. Él enumera lo que puede usar y, al llegar a las palabras de Cantón, reduce por sí mismo la promesa: para los tenderos, para pedir, para llevar un recado; todavía no para discutir cualquier papel.
—¿Y cuánto pide?
—Hablo. Cobro por cargar, no por hablar.
La frase le sale demasiado deprisa. Ha querido parecer útil sin hacerse costoso y, apenas termina, comprende que necesitará cobrar también las horas que pase hablando.
Agote vuelve al papel y le indica una cuestión que debe aclararse con un proveedor.
El agente interviene: cada recado tendrá su cuenta; no se está contratando un dependiente para la casa.
Lázaro asiente. Aceptaría empezar con menos de lo que ha venido a pedir, pero prefiere que no se lo pongan por escrito de ese modo.
Le preguntan su nombre.
—Lázaro —dice.
Tiene tiempo para añadir de la Cruz. Durante la pausa siente el peso de aquella respuesta conocida, la facilidad con que podría decirla y seguir siendo el mismo hombre al salir. Mira el cuaderno, el sitio que aguarda junto a la pregunta.
—De Silva. Español de Manila.