El reflejo de Oriente. El espejo Makyo 12 · La medición
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12 · La medición

El agente devuelve la carta sin doblarla por donde estaba. Lázaro recoge primero una esquina y después la otra, procurando que el hombre no advierta cuánto le incomoda llevarse un papel que ha venido a entregar.

—La carga, sí. El barco es otra cosa.

Están en un cuarto abierto al calor de la rada.

Desde la ventana se ve parte de un fondeadero, una punta de costa y, más cerca, ropa tendida entre dos casas que impide seguir con la vista el recorrido de un bote; cuando el aire levanta las prendas, la embarcación ha avanzado tanto que Lázaro necesita buscarla otra vez.

En el puerto hay barcos para los que aquella espera es un regreso y otros cuyos hombres miran hacia tierra como él.

Ha cumplido cuarenta y dos años. Sigue disgustándole que puedan reconocer a un recién llegado antes de que abra la boca.

La casa de Manila acepta las telas en consignación bajo las condiciones que han ido y venido con las cartas.

Su agente puede recibirlas y tratar su venta en Cantón; para que suba la nave necesita un mercader hong que responda por ella.

El hombre lo explica en castellano y después repite en portugués las palabras que Lázaro quiere transmitir a Rajan.

No da por hecho que tener una respuesta firmada convierta las otras preguntas en preguntas contestadas.

Rajan acude con sus hojas. Durante la reunión siguiente, el agente habla con un lingüista autorizado, este con el enviado del comerciante chino, y Lázaro devuelve al tamil lo que ha conseguido entender.

Hay momentos en que una frase termina tres veces sin que por ello estén más cerca de aceptarla.

Al comerciante le interesa la carga; quiere saber qué parte de su venta quedará disponible para los derechos y quién responderá si alguno de los hombres provoca un daño.

Rajan aparta una hoja y hace calcular de nuevo el anticipo.

El lingüista escucha la rectificación sin impaciencia, pero no retira de la cuenta el trabajo que le corresponde cobrar.

Al salir, Lázaro lleva en la cabeza una frase que ha traducido mal y ha tenido que reparar delante de todos.

La equivocación quedó resuelta. Sin embargo, continúa oyéndose decirla, con aquella seguridad de quien cree haber entendido lo suficiente, y teme que Rajan vaya a hablarle de ella cuando se queden solos.

El capitán pregunta dónde pueden comer. Lázaro tarda en comprender que no habrá otra corrección.

Vuelven con el dinero convenido. El agente comprueba el recibo; el garante acepta responder por los derechos y la conducta de la nave, se tramita la autorización y, por fin, les indican a quién han de esperar a bordo.

El pase que Rajan guarda de viajes anteriores permanece en su envoltura.

No ha servido para abreviar ninguno de estos movimientos.

El piloto sube con un hombre que le acerca sus cosas antes de saltar.

No examina las velas con la curiosidad de quien visita un barco: pregunta por el calado, mira hacia proa y hace cambiar de sitio un cabo.

Sulaimān le responde sin entregar el gobierno de sus propios hombres.

Lázaro busca al que lleva el chop de subida, el papel sellado que tendrán que mostrar, y deja de ofrecerse para cada orden en cuanto advierte que su ayuda puede entorpecer una conversación que los otros ya saben mantener.

Salen de la rada. La costa se fragmenta en islas que, vistas desde el agua, unas veces parecen unirse y otras dejan entre sí un paso donde solo había oscuridad; el viento trae olores de tierra que cambian antes de que cambie su aspecto, y en las hondonadas el verde se espesa hasta ocultar las casas.

Más adentro, cuando el río se estrecha en la Bocca Tigris, aparecen fortificaciones a los lados del paso.

Los hombres que vienen a comprobar sus papeles no miran las mismas cosas que el piloto.

Lázaro tiene tiempo de reconocer esa diferencia mientras espera que devuelvan el permiso.

Suben dos oficiales de aduana. Uno se queda cerca de la carga; el otro habla con el lingüista, que los acompaña en una embarcación menor.

El piloto señala por dónde continuar. Ante ellos, un barco mucho mayor avanza tirado por numerosos botes: las líneas tensas van a encontrarse en un casco cuyo movimiento parece demasiado pequeño para justificar tantos cuerpos inclinados.

Lázaro deja de mirar el buque y sigue una de las cuerdas hasta las manos de quienes tiran.

Se pregunta cuánto pagarán por aquel tramo.

En las barras esperan la marea. Hay una pagoda que sirve para reconocer la segunda, elevada sobre una orilla en la que todo lo demás parece crecer sin orden; sus pisos van disminuyendo contra el cielo, y una nube que se mueve detrás da por un momento la impresión de que la torre está cayendo.

Lázaro vuelve a mirarla para corregir ese movimiento.

Abajo el agua conserva corrientes distintas, una superficie tersa junto a otra arrugada que el piloto no deja atravesar por cualquier sitio.

La espera no tiene aquí el aspecto de una demora: todos vigilan algo.

Whampoa se anuncia por la cantidad de barcos antes que por la tierra.

Fondean en un espacio desde el que pueden verse el Earl of Wycombe , llegado el dos de agosto, y el Nottingham , que entró el dieciséis.

Los nombres se los dice el hombre que lleva noticias entre las naves; Lázaro retiene primero dónde están.

En las orillas hay cobertizos de bambú, los bankshalls , abiertos para guardar y trabajar, y detrás empiezan arrozales cuyo verde claro se interrumpe al encontrar una loma.

Una bandera sobre el agua no basta para saber quién tiene derecho a usar cada terreno.

Un marinero les señala French Island y los enterramientos de extranjeros.

Lázaro busca cruces desde demasiado lejos.

Solo distingue claros entre los árboles, una pendiente y el lugar donde una embarcación pequeña podría acercarse.

Ha visto cementerios pegados a casas, con ropa tendida en la cerca; aquel, separado por un agua que obliga a organizar hasta el último viaje, le produce un desamparo que no esperaba.

Se vuelve al oír que lo llaman. Rajan necesita tener a mano la cuenta de los gastos.

La cuerda atraviesa la cubierta a una altura que obliga a todos a cambiar de sitio.

Un oficial fija un extremo. Otro busca desde dónde se tomará la longitud y discute con el hombre que lo ayuda, no con Rajan; los dos se agachan, apartan una pieza y vuelven a tensar.

Lázaro mira las marcas de la cuerda. No son los nudos con los que el capitán ha comparado otras distancias, y tarda en dejar de buscar entre ellas una medida que ya conozca.

Después toman el ancho. El escribiente levanta el papel para que no lo moje una gota caída de la manga de quien acaba de acercarse. Alguien pregunta una cantidad; el lingüista la repite y Rajan vuelve la cabeza hacia él, situándolo ante el ojo que ve. Su mano busca el punzón sin sacarlo del cordón.

Desde otra nave llega música. Entre una frase y la siguiente se oyen las voces de los que trabajan alrededor, el golpe de un remo contra madera y una risa que continúa después de que hayan vuelto a sonar los instrumentos.

Lázaro no sabe para quién tocan. Durante un instante, la medición de su barco parece estar ocurriendo al compás de una fiesta a la que nadie los ha invitado.

Los hombres terminan de medir, pero la cuenta no termina allí.

Hay derechos por la nave, lo que llaman regalo para el emperador, pagos menores que tienen otros destinatarios.

Rajan pide que el lingüista los separe. El hombre lo hace; separar las partidas no las disminuye.

Lázaro pregunta si el regalo puede dejarse para después.

El agente transmite la pregunta, recibe una respuesta breve y niega: en esa partida tampoco les conceden la demora que necesitan.

El capitán recibe la relación. No le gusta la suma.

Lázaro lo sabe por el tiempo que pasa antes de que mande buscar el dinero, no porque haya levantado la voz.

Una parte sale del anticipo ya entregado, otra exige acordar cómo responderá la venta de las telas; el agente no cierra la cuenta hasta que Rajan acepta qué podrá retener.

Lázaro ha venido a facilitar esas palabras y siente, al pronunciarlas en la lengua del capitán, que también está ayudando a que le cuesten más.

Los Hoppomen se instalan en dos sampanes, uno a cada lado de la popa.

Al caer la tarde encienden luces. Entre ellas se acercan lavanderas, aguadores, vendedores que levantan lo que ofrecen antes de haber llegado al costado y un barbero capaz de discutir un precio mientras busca dónde apoyar su recipiente.

Una mujer pregunta por ropa sucia. Lázaro le muestra una camisa y ella descubre un roto que él no había considerado parte del negocio; lo señala para que después no pueda reclamárselo.

Compra comida a un bote donde un niño sostiene la tapa contra el viento.

Otro vendedor trae samshu . El marinero que le habló del cementerio le aconseja no probarlo: asegura que algunos lo rebajan con agua y lo fortalecen con arsénico.

Lázaro no sabe de dónde ha sacado lo segundo.

Aun así, devuelve el cuenco antes de beber.

El vendedor protesta, se sirve de él y toma un trago que tampoco consigue devolverle la sed.

Cantón · Septiembre–diciembre de 1787